Por Manuel Díaz.

“No puedes cambiar el viaje de una navaja

ni la imagen del atardecer imperfecto para siempre.”

Roberto Bolaño

La universidad desconocida

—¿Y ahora qué pasa, eh?

No teníamos idea de qué hacer. Todo empezó porque estábamos en un cumpleaños y yo me había fumado un montón de puchos, no sé cómo, pero eran como dos paquetes. En fin, el cumpleaños era de no sé quién, dudo que lo conociéramos. La cosa es que, de repente, como la fiesta estaba por demás aburrida, nos fuimos. Estábamos en algún lugar del centro y fuimos a esperar el 132 en la parada sobre Calímaco, casi esquina Tucídides, donde para por esta última calle. Nadie vino con nosotros, así que estábamos solos. Solos, ella y yo. Éramos novios, eso lo recuerdo bastante bien, porque nos besábamos a cada rato y andábamos de la mano. Estas acciones eran tan reiterativas, las hacíamos tan seguido que, pese a todo, no logré olvidármelas. Independientemente de lo que haya pasado después, en ese momento éramos novios. Creo que después nos separamos, naturalmente, y todos nuestros planes juntos se fueron por el inodoro, y es entonces cuando uno se queda con esa sensación de vacío igual a cuando estás tratando de lavarte el culo y, simultáneamente, apretás el botón para tirar la cadena (si apretás el botón no tirás la cadena, pero esto es una forma de decir, ¿no?) y toda el agua que se va por ahí, llevándose tu mierda, hace que la presión del agua que estás utilizando para el bidet disminuya y te quedás con la sensación de vacío momentáneo, esa que sentís cuando terminás una relación y los proyectos se van como soretes ya cagados por el inodoro. Tal cual.

Estábamos, entonces, esperando el 132, pero no teníamos ninguna razón para esperarlo. Fue casi como si no lo esperáramos, como si el 132 simplemente hubiera aparecido y nosotros lo tomamos por inercia, por no tener nada mejor que hacer. O, quizás, como gesto de huida, queriendo huir de las inmediaciones de ese cumpleaños pestilente en el que nos encontrábamos minutos antes. Los que nos conocían sabían que nunca durábamos más de cierta cantidad de tiempo en cualquier evento social. Apenas podíamos, o apenas lo considerábamos pertinente, nos íbamos a cualquier otra parte. Preferentemente a la cama de alguno de nosotros. Cogíamos mucho por ese entonces. Pero esta vez, no nos fuimos a coger sino que nos tomamos el 132, cuando apareció a lo lejos, subiendo por la calle Calímaco. Ella pagó los dos pasajes; yo no tenía más saldo en la tarjeta de transporte. Nos bajamos cuando terminó el recorrido, lejos, muy lejos, en el barrio Peloponeso. Las piernas se nos habían dormido en algún momento de los cincuenta minutos que pasamos sentados en nuestros asientos. Aunque, si bien los dos teníamos las piernas dormidas, dudo que a los dos se nos hayan dormido en el mismo momento. Más bien, supongo que deben haberse dormido en momentos diferentes. Pero las piernas se duermen, las muy forras, impidiéndote acertar dos pasos seguidos sin sentir ese hormigueo insoportable.

Era un barrio bastante denso, alejado de los circuitos en los que generalmente nos movíamos nosotros dos. No conocíamos ninguna calle, aunque muchas de estas ni siquiera tuvieran nombre. Más o menos una de cada cinco calles lucía un cartel con nombres como “Elegía a las Musas”, “Euriclea”, o cosas por el estilo. Nos metimos en una casa al azar, una casa medio derruida que en nada difería de las demás, una casa común y corriente como cualquiera de las de aquella zona. Primero saltamos el tapial del patio delantero, por lo que caímos, justamente, en el patio delantero. Era de tierra apisonada, sin un solo sector de césped. Tampoco había ninguna planta. Ni un solo yuyo. Nosotros no adorábamos la naturaleza ni nada de eso, pero un plantín no estaría nada mal en ese patio a medio destruir. La puerta de la casa estaba abierta y no parecía haber nadie alrededor, ni dentro ni fuera de la vivienda. Vimos que había un pequeño portón de chapa cerrado con un candado del lado de adentro. Nos llamó la atención que así fuera, pero quizás lo cerraban del lado de adentro al llegar y luego lo cerraban del lado de afuera al momento de irse. Miramos alrededor nuevamente. Nada vimos. A pesar de lo que nos pudiera llegar a perturbar el candado del portón, nos miramos a los ojos y nos hicimos mutuamente una seña con la cabeza, indicando la puerta de entrada. La única visible, por lo demás. Entramos silenciosamente. Las paredes tenían manchas de humedad y las aberturas parecían ser demasiado baratas. Todavía tenían el reborde de cemento sin pintar, que indicaba que habían sido puestas recientemente o que las paredes jamás habían recibido una mano de pintura. La habitación era bastante alargada, con una cocina destartalada, una mesa medio enclenque y unos sillones de muy mal gusto, demasiado baratos. Había algunas fotos de niños en las paredes, de esos souvenirs al estilo bautismo o primer cumpleaños, con la cara del nene enmarcada por un fondo rosa. Los bebés retratados eran francamente horribles; sin embargo, no nos fijamos demasiado en ellos. Lo único de buena calidad parecía ser la televisión, que era enorme. También, al lado de esta, había un equipo de música con unos parlantes gigantescos, pero de dudosa calidad. Eran el tipo de parlantes que mantenían algunas luces de colores encendidas cuando estaban en funcionamiento. A su lado, había una pila de discos truchos en sobres. No vale la pena siquiera mencionar el tipo de música que contenían los discos. La habitación tenía una puerta que estaba cerrada. Supusimos que conducía a un pasillo, donde probablemente estuvieran el baño y alguna que otra habitación, ya que en la que nos encontrábamos no había ninguna cama ni nada que se le pareciera. Le hice una seña a mi novia, como diciéndole que me esperara un segundo. Salí nuevamente al patio, donde había una bicicleta. Le saqué la cadena; serviría como arma en caso de necesidad.

No teníamos mucha idea de por qué estábamos haciendo esto, pero nos dejábamos llevar. No tuve ninguna duda cuando saqué la cadena de la bicicleta, engrasándome las manos y la ropa. Lo hice con total naturalidad, como quien tira la cadena o aprieta el botón mientras simultáneamente se lava el culo en el bidet. Me pregunté si esa casa tendría bidet. Seguramente sería uno espantoso, de una total dejadez, con esa aureola amarillenta tan característica. O quizás hasta todavía tuviera las calcomanías que vienen en los sanitarios, esas que indican la marca y algunas especificaciones inútiles. Seguramente los dueños mantenían los sanitarios con sus calcomanías para indicar que eran nuevos, aunque estrictamente no lo fueran. Considero nuevo algo que tiene como máximo dos semanas. Luego, ya es irremediablemente viejo.

Volví con la cadena en la mano a esa habitación alargada donde mi novia me esperaba, sentada en una de las sillas frente a la mesa, cerca de la puerta cerrada. Las sillas no eran más que sillas abyectas, de fierro, con un tapizado blanco que simulaba algo parecido a las flores. Ese tapizado que marca una especie de relieve. Esas sillas que vienen con bolsa de consorcio en la parte de atrás del tapizado. Se puso de pie, dejando al descubierto la suciedad del blanco que recubría el aglomerado con el que estaban hechas las sillas. Yo no podía terminar de darme cuenta de por qué esa gente sencillamente odiaba la madera y prefería el aglomerado o el hierro. Ella miró mis manos y mi ropa llenas de grasa y la cadena de la bicicleta apretada en mi mano derecha. Le bastó un segundo para comprender absolutamente todo. Ya no podíamos echarnos atrás; sin embargo, no sabíamos exactamente por qué lo estábamos haciendo. Teníamos que ver qué pasaba en el resto de la casa. De una patada abrimos la puerta que, hasta entonces, había estado cerrada. Hizo un ruido espantoso;z no obstante no escuchamos nada, ningún tipo de respuesta. Temimos estar solos allí. Temimos que en cualquier momento apareciera alguno de los habitantes y nos encontrara dentro de su casa. Era mucho más fácil enfrentarse a cualquiera que estuviera dentro, no podíamos tolerar la idea de que nos sorprendieran metidos en semejante escándalo. Rápidamente recordé que el candado estaba puesto desde adentro, lo que significaba que tenía que haber alguien. Eso, de algún modo, me tranquilizó.

La puerta daba, efectivamente, a un pasillo. Era un pasillo corto, con dos puertas, una a la derecha y otra al fondo. Ambas se mantenían cerradas. Había un olor a humedad francamente detestable, yo seguía sin comprender cómo alguien podía siquiera pasar un rato ahí dentro. No podía llegar a imaginar lo que sería vivir con un olor como aquel todo el día zumbándote en las fosas nasales. Mi novia me hizo un gesto igual al que le había hecho yo antes de salir al patio. Fue hasta la cocina y yo, obedeciendo su gesto, la esperé. La escuché hurgar un poco y casi enseguida volvió con un palo de amasar firmemente sujetado en sus manos finas, frágiles, unas manos que en esa ocasión tenían las uñas pintadas de azul eléctrico. En realidad, no era un palo de amasar convencional, por lo que tuve que deducir que era un palo de amasar. Era, si me pongo riguroso, un simple palo. Grueso, eso sí. Macizo, también. Para el caso servía. Avanzamos sin mucho cuidado por el pasillo y probamos con la puerta de la derecha. Conducía a un baño, cuyo piso estaba conformado por los mismos mosaicos que cubrían el suelo del pasillo, de esa especie de living y, al parecer, del resto de la casa. Como había supuesto, los sanitarios conservaban unas etiquetas a medio despegar. Quizás se hubieran despegado con el tiempo. No creo que hubieran sido despegadas a propósito, no parecía ser el estilo de los habitantes de la casa ni de los demás habitantes del barrio. El espejo tenía la madera del marco un poco podrida, quizás por la humedad constante a la que estaba expuesta. La pintura blanca se había saltado en algunos lugares. Me miré en él. Observé mi pelo desordenado y mi cara sucia de grasa. Pude ver que mis manos, sosteniendo la cadena, estaban temblando. Las apreté más, pero fue inútil: temblaban aun más que antes. Al darme vuelta vi que no había bañera sino solo una pequeña pared que separaba el sector de la ducha. Había una cortina llena de moho y hongos, una cortina que parecía no haber sido limpiada jamás. Detrás de la cortina había una pequeña ventana alargada, típica de los baños, de esas que no se abren completas sino solo apenas, como para que corra algo de aire y no se llene todo de vapor, lo cual sería una lástima ya que arruinaría aún más el espejo. Le di un golpecito a una de las paredes y sonó hueco: durlock.

Salimos del baño y me encargué de abrir la otra puerta. Era la habitación. Estaba en una oscuridad casi total, con las persianas bajas y la luz apagada. Mi novia fue hasta la ventana y subió apenas la persiana para que pudiéramos ver mejor qué había. El piso era también del mismo tipo de mosaicos, las paredes estaban casi sin revocar y había olor a encierro y a alcohol, a cerveza derramada. Pudimos ver unas tres botellas de Báltica en el suelo, dos camas, una cómoda que funcionaba a modo de ropero, una televisión chiquita, de catorce pulgadas; sobre la cómoda, muchísima ropa tirada por ahí. También vimos un cuerpo en una de las camas. Estaba dormido y supe desde el primer instante que era hombre, que estaba extremadamente borracho, o lo había estado recientemente y ahora nada podría despertarlo. Sin parar a pensar lo tomé del brazo y tiré. Su cuerpo fue a dar contra los mosaicos, cayendo arriba de algunas prendas y tumbando los envases de cerveza, de los cuales uno se rompió. Emitió un grito desencajado, sin saber qué hacer, sorprendido ante el ataque injustificado e inesperado por parte de personas que, aparentemente, no conocía. Le pegué con la cadena en el torso desnudo y gritó nuevamente. Con mi novia lo arrastramos entre los dos hasta el baño, donde lo atamos en la ducha. Lo atamos pasándole la cadena de la bicicleta alrededor de las manos y le atamos los pies con el cable del televisor, que corté con un cuchillo hallado en la cocina mientras mi novia lo mantenía inmóvil bajo la amenaza de partirle el palo de amasar en la cabeza ante el menor movimiento. Trató de pegarme cuando le até los pies, es decir, trató de sacudir un poco sus piernas a ver si, con un poco de suerte, me asestaba una patada, pero su suerte no duró mucho porque, enseguida, mi novia le aplastó la mano de un palazo. Por encima de su grito de dolor, pude oír cómo se partían los mosaicos debajo de la mano del tipo. Ante esto, yo ajusté muchísimo el cable alrededor de sus tobillos, cortándole la circulación de la sangre. Le pregunté con quién vivía. Me dijo que vivía con su hermana y su sobrinita, es decir, la hija de su hermana. Le pregunté dónde estaban y si iban a volver pronto. Dijo que no, que estaban de visita en la casa de la madre de ambos, en una localidad cercana. Me preguntó qué le íbamos a hacer y le contesté la verdad, es decir, que no sabía. Volvió a hacer una pregunta, esta vez, quiso saber qué queríamos y agregó que no tenía nada de plata. Le pegué una patada en la cara por la ofensa. Solo que no le dije que no buscábamos nada de eso; no dije absolutamente nada al respecto.

Salí del baño y fui a buscar uno de los pedazos de vidrio en los que se había transformado una de las botellas de Báltica. Volví al baño con el vidrio oscuro en la mano mientras mi novia le presionaba la pija con la punta del palo de amasar. Le levanté cuidadosamente la remera sucia y manchada que tenía puesta y le practiqué una incisión en el abdomen con el objeto cortopunzante. Brotaron algunas perlitas de sangre, pero me aburrí casi al instante. Volví al cuarto y junté algunas de las prendas que estaban tiradas. Me puse una tanga roja que, supuse, era de su hermana, una de esas tangas que tienen calados por todos lados, que son, básicamente, tela calada con elástico. Me la puse directamente sobre el pantalón y se rasgó un poco. Después me puse una remera que me quedaba sumamente apretada, también de mujer. Busqué ropa de hombre, pero encontré muy poca. Unos calzoncillos todos agujereados y una remera con la insignia de una fábrica metalúrgica. Llevé todo nuevamente al baño. Saqué mi encendedor y, después de prender un cigarrillo, quemé las prendas en la pileta. No sé qué estaba haciendo mi novia, pero estaba inclinada sobre él. Cuando me estiré un poco para ver, pude apreciar que le había desabrochado el pantalón, bajándoselo hasta las rodillas, y que le estaba besando los testículos. De algún modo, eso me excitó, por lo que también me desabroché el cinto y me bajé el pantalón, sacándome la tanga. Me acerqué a ponérsela a ella en la cabeza. Empecé a masturbarme mientras la pija ensangrentada de él se iba parando. No entendía cómo podía aún tener una erección en la situación en la que se encontraba y habiendo sufrido la presión del palo, pero de todas formas ahí estaba, irguiéndose. Mi novia se la metió íntegra en la boca, mientras yo acababa en la cara del tipo. Luego le pisé el cuello y comencé a ahogarlo. Se sacudía mucho, aún con mi novia sobre él, lamiéndole la poronga. En algún momento dado, supongo que mi novia se hartó de hacerle favores y se incorporó. Todavía la tenía parada, por lo que ella le pegó una patada, como si estuviera jugando con un punching ball. El tipo pegó un grito ahogado, pero saqué el pie y automáticamente volvió a gritar de dolor y nos preguntó qué mierda queríamos. Mi novia le volvió a pegar una patada diciéndole que no debía referirse a nosotros en esos términos. Parecía estar fuera de sí. Me encantaba  cuando se ponía así de agresiva porque resultaba sumamente excitante. Si no fuera porque teníamos que ocuparnos de él y cuidarnos de que no se desatara ni nada, la hubiera llevado a una de las camas de la habitación.

Procedí a alzarlo y, sujetándolo del torso, le di la cabeza reiteradamente contra la pared de durlock, la cual comenzó a hundirse. Los azulejos se partieron en muchos pedacitos, produciéndole cortes en el cuero cabelludo. El piso se empezó a llenar de sangre; también la pared, pero en menor cantidad. Era más la sangre que salpicaba el suelo y, paulatinamente, se iba cubriendo de trozos de azulejos desprendidos y partidos. Lo puse de pie y lo empujé contra el pedacito de pared que antes mencioné, el que separaba la ducha del resto del baño. Se tropezó y cayó sobre el inodoro y el bidet, rompiéndolos. Seguía preguntando, cada vez con menor fuerza, cada vez más resignado, qué era lo que queríamos. Nosotros, inmutables, le decíamos que no sabíamos. Tomé el palo de amasar, que había quedado apoyado contra la pared, y le empecé a pegar en los brazos, hasta que se los fracturé. Pude sentir cómo se partían los huesos con cada golpe, cómo, con minuciosidad, yo seguía golpeando y cómo, con cada golpe, se rompía una nueva porción de hueso. Le pegué también un golpe en la mandíbula, para ver si, con un poco de suerte, dejaba de gritar. Funcionó. Giró la cabeza y escupió algunos dientes ensangrentados. Entonces, mi novia tomó el vidrio que yo había olvidado en el piso. El tipo todavía tenía el pantalón bajo. Ella hurgó un poco en su entrepierna y el vidrio brilló a la luz de la bombita. Lo sumergió en el escroto y en un segundo abrió la piel que resguardaba sus testículos, extrayéndolos cuidadosamente. Se los metió en la boca. Se paró y me besó, nos besamos largamente, cobijados por los gritos deformes de dolor del que tenía la mandíbula rota de un palazo. Pude sentir que mantenía las bolas del tipo en la boca, y me las pasó durante el beso, como en ocasiones también nos hemos pasado caramelos. Los saboreé un rato y luego le pasé uno. Nos tragamos uno cada uno y volvimos a la tarea. Ella rebanó su pija y también se la fue comiendo. Para ese momento, el baño ya era una especie de laguna de sangre y cerámica partida. Desde lo alto de los sanitarios destruidos, yo le pegaba palazos en las costillas. También pude sentir cómo se fracturaban. Puede que algún pedazo de hueso se le hubiera incrustado en un pulmón, o en ambos, porque empezó a hacer un ruido horrible, como si le costara muchísimo trabajo respirar. Desde donde me encontraba, salté sobre su cara, aplastándole el tabique. Mi novia, desde su entrepierna, fue abriendo un tajo con el trozo de vidrio, subiendo por su estómago y por su pecho, yendo a parar a su barbilla. La cantidad de sangre que estaba perdiendo era incalculable. Nos miramos y dimos por concluido el trabajo. El tipo estaba inconsciente, o había muerto, no importaba. Probablemente hubiera muerto.

—¿Y ahora qué pasa, eh?— dijo ella, como si saliera de un trance.

No teníamos idea de qué hacer. Pensamos en irnos, en volver al cumpleaños, pero ya debía haber terminado y nosotros estábamos llenos de sangre ajena. Nos lavamos un poco en la ducha y buscamos ropa en la habitación. No encontramos mucho, pero nos vestimos con algunas cosas que nos quedaban francamente ridículas. Yo tenía un buzo de la misma empresa metalúrgica y unos pantalones cortos de un equipo de fútbol. Ella tenía una pollera cortísima de algo que parecía ser jean y una pupera violeta. Temimos que llegara la policía en cualquier momento, alertada por algún vecino que hubiera oído los gritos, las súplicas del tipo. Con el durlock nunca se sabe. Arrastramos el peso muerto nuevamente hasta la cama, donde lo dejamos acostado y tapado hasta la cabeza. Estaba impresentable. Nos fuimos, pero antes de salir sacamos del living las fotografías de los niños, esas fotografías espantosas como de bautismo o primer cumpleaños. Encontramos sobre la mesa la llave del candado, por lo que no nos fue necesario saltar nuevamente el tapial. No sé muy bien cómo pudimos dar con el camino de vuelta hasta la parada del colectivo, pero ahí estaba, el cartel que indicaba que el 132 terminaba allí su recorrido en la esquina de Anacreonte y Lotófagos. Lo esperamos un rato largo. Cuando llegó, una mujer joven con una bebé descendió por la puerta delantera. Mi novia volvió a pagar ambos pasajes. Después que avanzamos unas cuadras, vimos pasar un patrullero.

Ciudad Arritmia. Febrero de 2013.

Manuel Díaz

Manuel Díaz

Escritor

(Rosario, 1993). Publicó los relatos Intimación y Monoambiente en Rosario/12, la micronovela Inquilinos por Trópico Sur Editores (Maldonado, Uruguay), y el fanzine Venta fraccionada por Bicéfalo (Paraná, Argentina). Escribió las novelas Asperger (2012, Mención del Concurso de Novela Lamás Médula), que saldrá publicada este año por El Ombú Bonsái (Rosario), Milton (2013), La novela termina cuando no queda nadie (2013, en coautoría con Beatriz Vignoli), La caspa del punk (2013), y CntrlC-CntrlV (2013). Cursa la carrera de Letras en la Universidad Nacional de Rosario, y toca en RastaURSS (AfroRusia Tribute).

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