Por Claudia Sánchez Rod.

Apenas ha hecho frío este invierno, ha tenido demasiado sol y demasiada luz en los atardeceres. El año 2016 recién comenzó su tic tac y las calles de la Ciudad de México están tapizadas de hojas secas. Me bajo en el metro Polanco rodando mi bicicleta y tomo la Avenida Horacio hacia el Parque América. Las calles están vacías. Eso me gusta de los años nuevos: la soledad de las metrópolis. Mientras avanzo por el camellón, trato de aplastar las hojas más pardas para hacerlas saltar en pedazos, sólo por escuchar su crujido. Al paso, observo las viejas y elegantes casonas del barrio. Nunca puedo evitar preguntarme quién las habitará. Qué historias encerrarán sus aposentos. En honor a qué celebración habrán chocado las copas de vino en sus salones, o a qué corazón despedazado.

Al llegar al parque doblo a la izquierda, alcanzo la Avenida Mazarik y en ese punto la soledad se desvanece de súbito. Mucha gente va y mucha gente viene, entra y sale de las lujosas boutiques, bebe café en las terrazas de los restaurantes o lee los menús de los bares. Llego por fin a mi destino: la Cafebrería El Péndulo, en la calle de Alejandro Dumas. Aseguro mi bicicleta en una jardinera y entro a la librería.

Es una antigua mansión dividida en salas donde la luz natural se cuela por todos los resquicios, los altos estantes están repletos de libros de literatura, arte y humanidades, principalmente. Los espacios están creados para seducir al voyeur libresco, que gusta de oler las hojas al pasarlas, contemplar los detalles de las fotos de las portadas, recorrer la textura del papel con los dedos, pronunciar los títulos en voz baja para tantear su capacidad de persuasión y sopesar el grosor del ejemplar que tiene en las manos. Todo huele a café, porque en esta ‘cafebrería’ las letras y la buena mesa comparten los espacios. El rumor de los comensales que charlan mientras desayunan sube hasta los techos y se mezcla con las páginas; un maridaje perfecto, claro que sí.

Uno de los dependientes se acerca a preguntar si busco algo en especial. Quisiera saber cuáles son los títulos de literatura más vendidos de diciembre, le pregunto. Y él comienza a buscar con entusiasmo entre las pilas de libros: Svetlana Alexiévich se sigue vendiendo mucho, Voces de Chernóbil; La chica del tren, de Paula Hawkins; Slim, de Diego Enrique Osorno; De la paz al olvido, de Rafael Tovar y de Teresa; El viento de las horas, de Ángeles Mastretta, la gente los pide mucho, dice con formalidad.

Puede ser que el de Alexiévich me guiñe el ojo, pero es que yo definitivamente tengo mis reservas con los premios Nobel, por alguna extraña razón nunca los disfruto como cabría esperar. Mejor me decido por Méjico, de Antonio Ortuño, he oído comentarios interesantes sobre él.

Salgo a la terraza del segundo piso, un agradable espacio resguardado del sol por las tupidas ramas de un árbol. Le pido al camarero un café latte y abro mi libro para empezar a leer. ¿Ustedes gustan?

 

 

Claudia Sánchez Rod

Claudia Sánchez Rod

Profesión

(Ciudad de México) Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México, cursó la diplomatura “An approach to the meaning of life and death” en la Universidad de Toronto, Canadá. Se ha desempeñado como periodista y traductora. Entre sus publicaciones se encuentra el poemario El vino derramado (Barcelona), el libro de cuentos La marta negra (Barcelona) y el poemario Me dejaste puro animal inexistente (Morelos), ha participado en las antologías Ocho lenguas de Medusa (Morelos), Soñando en Vrindavan y otras historias de ellas (E.U.A.), entre otras. Actualmente se desempeña como Jefa de Redacción del sitio literario El libro de arena.

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