Por Sol Giles.

Agua Quemada es el nombre del primer libro de la colección “Para la libertad”, de ediciones Lamás Médula. Un oxímoron. El resultante de una lucha entre opuestos. De un lado, la sed de la energía vital. Del otro, el fuego ardiente. Esta antología es la precisa conjunción de dos elementos dando nacimiento a un tercero: una poesía en estado de ebullición.

No es casual. El autor de esta obra, Martín Bustamante, considera que él no es escritor ni poeta, sino un hombre que escribe. Pero no lo hace como cualquier otro, en un bar o mirando la lluvia caer en plena madrugada. Lo hace desde el penal de máxima seguridad de la Unidad N° 48 de San Martín.

Martín Bustamante es Agua Quemada. Es la fusión entre un mundo violento y corrompido, y ése pájaro que deja que se infiltre por la ventana.

Eso es lo que caracteriza esta nueva colección dirigida por Cristina Domenech, quien desde hace años dicta talleres literarios en cárceles e ideó esta posibilidad de impulsar publicaciones de personas presas, facilitando la impresión de su obra y otorgándoles el cincuenta por ciento de lo recaudado.

Hace unos días se presentó en la Biblioteca Nacional ante un auditorio repleto que reunió compañeros de celda, docentes de talleres literarios, guardiacárceles, lectores, amigos. El hombre que escribe estaba visiblemente emocionado. A diferencia de su primer libro, El personaje de mi barrio y otros cuentos, esta publicación es un compendio de poemas que relatan los crudos días de encierro en los que el autor vive hace ya veinte años.

En el panel de presentación, junto a Bustamante y Domenech, estuvieron la poeta María Malusardi y el editor y director de la editorial, Ture Salvatore. A su vez, el encuentro estuvo musicalizado en vivo por el flautista Vicente Graziano. “No puedo hablar mucho porque estoy muy emocionada”, expresó Domenech al tiempo que convocó a todos para que “corran la voz y compartan” esta herramienta que permitirá que otras personas en condiciones similares puedan publicar sus obras. “Hoy más que nunca hay que ayudar a abrir puertas, nuestra única condición es que haya poesía”, agregó al respecto.

“Su carrera como escritor demuestra que el espíritu, como una flor, puede crecer y florecer en el suelo más improbable.” – J.M. Coetzee, Premio Nobel de Literatura 2003

A continuación, Domenech sorprendió al autor al anunciar que el sudafricano John Coetzee, premio Nobel de Literatura, le había dedicado unas palabras para la ocasión, en las que confesaba: “He leído y admirado el libro anterior de Martín Bustamante. Le deseo mucho éxito con el nuevo. Su carrera como escritor demuestra que el espíritu, como una flor, puede crecer y florecer en el suelo más improbable”.

Por su parte, Malusardi –quien escribió la contratapa del libro- hizo referencia a la importancia del arte como salvación del ser y leyó “Mineros”, el famoso texto de John Berger. Allí el artista y escritor describe los dramas y miserias del hombre moderno y concluye afirmando que “los poderosos le temen al arte cualquiera sea su forma, y esa forma de arte corre entre la gente como un rumor y una leyenda porque encuentra un sentido que las atrocidades no encuentran, un sentido que nos une (…) El arte, cuando obra de ese modo, se vuelve un espacio de encuentro de lo invisible, lo irreductible, lo imperecedero, del valor y del honor.”

Para finalizar, Martín Bustamante tomó el micrófono, extendió su mirada en los presentes, dejó que transcurran los segundos y como susurrando, con una media sonrisa, dijo: “Y el mundo sigue vivo…”.

Ante el aplauso y la emoción que revoloteaba por la sala, Bustamante recordó que –paradójicamente- fue una mujer del Servicio Penitenciario la que le insistió para que escribiera. Luego conoció a su maestra, Cristina Domenech, y “las palabras empezaron a salir solas”.

“En un sólo lugar encontré la libertad, y era donde la policía no lograba entrar y yo encontraba nuevos amigos”, expresó refiriéndose a cómo transformó su vida la literatura. “El encierro es tan doloroso que escribir me salvó de la locura. Por eso de lunes a viernes voy a estudiar a la universidad. Así le llamo yo, ésa es la figura que me construí para no volverme loco”, agregó.

En ese sentido, contextualizó el drama vivido por “quienes no tuvimos la posibilidad de elegir, pero hoy sí sabemos cuál es nuestro lugar”. “La cárcel es una mierda y te hacen mierda. Algunos estamos más que locos porque queremos empezar un laburo, a pesar del viento, por eso acá estamos”, dijo y contó que durante sus salidas transitorias también colabora para que “no haya un pibe más en cana”.

“El encierro es tan doloroso que escribir me salvó de la locura.”

Este hombre de pocas pero filosas palabras da la sensación de haber encontrado el exacto equilibrio entre el silencio y la poesía. Quién pudiera acaso encontrar la belleza en medio del dolor, siendo cobarde el que de su realidad escapa y valiente quien la enfrenta y construye algo distinto. Ése es Bustamante: capaz de describir sus días entre roedores, pasillos y lejanos silbidos, el silencio y los fantasmas, el hambre y el abismo, la soledad y los pájaros, el desgarro y los sueños, el tiempo y la distancia, el frío, la locura y los verdugos.

La poesía de Agua Quemada es el relato en primera persona de una realidad única y concreta a la que el lector puede acercarse percibiendo el laberinto material y simbólico de una cárcel, pero también descubrir sus propios encierros y carceleros, comprendiendo que nadie es completamente libre. A tal punto que es posible inmiscuirse en una asfixia existencial y rozar algo así como el calabozo de quienes en teoría gozan de libertad.

En esa búsqueda Martín es libre. Y en la provocación, su poesía se vuelve pájaro.

“Darle vida al encierro” escribe en el último párrafo de uno de sus poemas, sin saber que en esa brevísima frase se encuentra la síntesis del libro de un hombre verdaderamente libre.

Sol Giles

Sol Giles

Colaboradora

(Libertad, 1986). Periodista, poeta, artista visual y militante política. Peronista, bostera y kirchnerista. Su mejor libro es el que aún no publicó, pero escribe, escribe y escribe compulsivamente aunque aún no sabe a dónde va a parar todo eso.

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