Por Roberto Liñares.

No es este un estudio enjundioso de la obra de Leónidas Lamborghini, ni siquiera de un aspecto de ella. Es apenas un par de trazos suaves de la actitud literaria de L.L. llevada a la vida y vuelta a la literatura.

De ese Leónidas que se obstinó (y quizás se siga obstinando) en no ser arrancado de las sombras, al punto que Ricardo Piglia en una reciente serie de charlas televisivas sobre el monstruo sagrado de Borges, al referirse a la gauchesca y a la parodia, elementos saturados de análisis por Lamborghini, ni siquiera lo menciona como al pasar, olvidándose de algunas palabras elogiosas, seguramente dichas en ámbitos más reducidos y menos comprometidos que el televisivo, donde sólo cabe el panteón broncificado.

Vamos al grano; como diría el dermatólogo. Hace algunos años atrás, en el Centro Cultural Recoleta, cuando estaba bajo la dirección de Miguel Briante, Leónidas dirigía un taller de poesía, donde íbamos, desde poetas jóvenes, con algunas cosas en curso, Néstor Colon, Fernando Molle, David Wapner, Santiago Vega (todavía no se había fabricado Washington Cucurto), Marcos Cesarsky, Patricia Sibar y quien les habla, hasta viejos combatientes del tedio que venían a engrosar su curiosidad, de muy variada calidad literaria.

En un clima de placentero caos, se sucedían las noches. A manera de ejemplo, una vez por error, se ocupó para otra actividad el lugar donde nos reuníamos. Fuimos con Leónidas al despacho de Briante a plantearle la situación y Miguel la arregló muy fácil: “Quédense en mi despacho, me voy a tomar un vino y después vuelvo”. Y fue que tuvimos la reunión en el despacho del Director. Y el Director en el bar.

Lamborghini se obstinó (y quizás se siga obstinando) en no ser arrancado de las sombras.

En ese clima un día llegó una persona muy singular a integrarse al taller de Lamborghini. No daré el nombre, para evitar cualquier problema. Sólo permitiré una pequeña y misteriosa pista: su origen era de prosapia y era pariente de un importante médico argentino, cuyo apellido lleva un hospital de la Ciudad de Buenos Aires. ¿En qué consistía su singularidad? En que estaba con alguna patología mental pronunciada y entretenida. Tenía un muy buen pasar económico. Le gustaba relatar cómo lo trataba su personal (“el niño”). Y cada tanto venía a las reuniones con papelitos arrugados descuidadamente, tanto como su ropa, y quería leerlos a toda costa. No le agradaba si no eran leídos. Sus ojos desorbitados y su hablar baboso lo delataban. Y delataban su misoginia. Pero un día empezó a leerlos y aquí empieza la genialidad de Leónidas Lamborghini.

En otros casos, este personaje hubiera sido objeto de alguna discriminación, aunque más no sea leve. Los talleres literarios suelen ser antros de formalidad de SADE (five o’clock tea) o de presunción de vanguardia (ombliguismo). Sin embargo, Lamborghini, a partir de esa primera lectura, durante largo tiempo, una y otra vez lo ponía en el centro del trabajo, analizando su obra y dejando que un silencio cómplice y pícaro se adueñara del instante.

Había encontrado al “loco”, el que no vuelve, para confirmar mucho de lo que quería decir él, “loco” que iba y volvía. Perturbó a todos. Algunos se alejaron. Otros llegamos a prolongar, después del taller, la presencia con este singular personaje, que era todo un espectáculo tomando helado y hablando de su impresión de las atrevidas chicas de secundario, para lo cual en ambos temas sacaba la lengua cerca de quien lo estuviera escuchando. Los más atrevidos, llegamos a incluir un reportaje a su persona para el primer número de una revista literaria (ESTANISLAO del campo literario), que como corresponde al canon de una publicación de estas características, no salió nunca.

Había encontrado al “loco”, el que no vuelve, para confirmar mucho de lo que quería decir él, “loco” que iba y volvía.

Pero, años después, Lamborghini fue el más atrevido de todos sin duda, no sólo por poner comunitariamente y en vida encarnada alguna de sus obsesiones literarias, sino porque a este poeta, sin poner su nombre real, lo incluyó en uno de sus libros, no importa mucho cuál (sería exquisitez literaria, pero es verdad) y transcribió un fragmento de uno de aquellos poemas que se analizaban en el taller.

Nada de teoría, ni desde el “yo lírico” ni el de la “lagrimita sentimental”. Navegamos la locura desde una creación rara, comprometida en una excursión a un abismo creativo, del cual volvimos hacia nuestras parejas, nuestra sopa y nuestro vino.

No sé qué posibilidades creativas podrá tener Leónidas Carlos Lamborghini en el lugar donde está, pero si lo dejan debe estar conversando con San Pablo de la locura de Dios, tema que ya tenía en esta tierra.

Lo dije. Un par de trazos suaves. Tan suaves que presuponen un conocimiento más profundo de L.L., al que se invita. Lo que importa es el indicio de una conducta literaria y vital. Una pista. Y que no se agote.

Escuchá a Leónidas Lamborghini leyendo su poema “Villas”, click aquí.

Survenires - Lamás Médula

Roberto Liñares

Roberto Liñares

Colaborador

(1955, Buenos Aires) Poeta. Sus obras han sido publicadas en distintas revistas, y formado parte de numerosas antologías. Ha recibido varios premios (Biblioteca Belisario Roldán, Departamento de Extensión Universitaria de la Facultad de Derecho, Club Banco Provincia, Central de los Trabajadores Argentinos, Secretaría de Cultura de la Asociación Bancaria, etc.). Participa en distintos recitales y “performances”.

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