Por María Cecilia Angaramo.

La narradora Ana Cuevas Unamuno nos relata cómo es contar historias con el cuerpo, con la voz y con el público. Gracias a su rica y ecléctica formación como terapeuta corporal, bailarina, astróloga y escritora nos propone pensar, y sobre todo sentir los cuentos y sus símbolos como una forma de trabajar la conciencia, un despertar distinto.

Lamás Médula: Siendo escritora y narradora, ¿qué encontras en la narración oral que no haya en la escritura?

Ana Cuevas Unamuno: Son actividades muy distintas a pesar de que están relacionadas a partir del uso de la palabra. El acto de escribir es un acto más intimista: uno con uno y su universo. Un momento donde no existe más nadie, donde estas expresando lo que necesitas expresar. En cambio el narrar es lo contrario, es un movimiento hacia los otros, hacia afuera. Es llevar la palabra, para que se sostenga en el viento y nunca deje de transitar. Me parece tan importante la narración porque vivimos en una humanidad que pierde la palabra. Y cuando se pierde la palabra se pierde el sentido. Se achica la posibilidad de autoconciencia. Entonces cuando llevas las palabras y estimulas a que el otro sepa que tiene para narrar, para narrarse, se le está devolviendo la posibilidad de mirarse, de saberse, de estar en el mundo de una manera diferente. Antes la palabra era lo que unía, junto al fuego o en la cocina. La palabra tenía que ver con esa transmisión de la memoria, del clan, de la familia que permitía a los individuos saber de dónde venían, con qué venían y por tanto quiénes eran. Ahora la gente va a constelaciones familiares para ver si recupera todo eso, antes estaba directamente ofrendado. Y en esta circulación que tiene la palabra en lo íntimo habilita el vínculo, el encuentro.

Yo suelo decir “Se me vino una historia de los huesos” porque hasta yo me pregunto ¿Dónde estaba?

LM: ¿Crees que la narración oral configura una cercanía, mientras que la escritura mantiene una distancia? ¿O en el acto de lectura también puede crearse una cercanía entre el escritor y el lector?

ACU: Lo que creo que sucede es que el lector tiene cercanía con la historia. Pero es un proceso del lector individual, con un elemento. Donde no hay sonido más que el propio, ni corporalidad, ni contacto, ni mirada. Y donde por sobre todo, yo como escritora no me entero. Son actos individuales, tanto su momento de leer, como mi momento de escribir. En cambio en la narración hay un estar, hay una existencia que está sucediendo, y algo energético que está pasando en ese momento, algo poderoso.

LM: ¿Entonces podemos pensar que la magia de la narración oral pasa por la interacción?

ACU: Claro. Y es por eso que no me gusta contar en teatros a oscuras, necesito ver a la gente, sentirlos. Me pasa por ejemplo que voy a un lugar con determinada historia pensada pero llego allí y cuento cualquier otra. Porque de pronto sentí que la gente que estaba ahí necesitaba otra cosa. Yo suelo decir “Se me vino una historia de los huesos” porque hasta yo me pregunto ¿Dónde estaba? Porque hacía años que ni siquiera la recordaba. Y después veo que tenía sentido. Alguien de allí la necesitaba. Para mí son momentos de mucha plenitud, muy mágicos y por eso los respeto muchísimo. Hay algo de lo sagrado que para mí funciona en el momento de la narración.

LM: ¿Que sentís al transformarte en herramienta para vehiculizar la historia, al poner tu cuerpo a disposición del cuento?

ACU: A mí lo que me pasa es que me voy al interior de la historia, me pierdo. Presto una tremenda atención a todo lo que está pasando, pero espontanea, no mental. Y yo estoy en la historia, la historia esta pasándome. Las historias se trabajan muchísimo para apropiarlas. Me cuesta mucho encontrar historias que me conmuevan y cuando me tropiezo con una, yo me apropio de ella o ella se apropia de mí, como amantes y allí la trabajas. Hay un desarrollo de oficio, un entrenamiento que se va dando durante todos los años de trabajo. Pero yo siento que es la historia la que mueve el cuerpo, la que mueve la voz.

Hay algo de lo sagrado que para mí funciona en el momento de la narración.

LM: ¿Qué tipos de historias o géneros preferís a la hora de narrar?

ACU: Las leyendas, lo tradicional, los cuentos populares porque tienen un poder muy grande. Porque también hay mucha literatura muy bonita pero es muy racional, llega solo a la cabeza. En cambio la leyenda, el mito, el cuento de hadas van al inconsciente directamente y están cargadísimos de simbología que no importa que con el intelecto alguien no lo comprenda, su inconsciente sí.

 

LM: Los cuentos orales están muy presente en la niñez. ¿Qué pasa luego?

ACU: Cuando cuento a adultos siempre les digo: les voy a contar un cuento de hadas pero Uds. están confundidos, creen que los cuentos son para irse a dormir y yo quiero contarles cuentos para despertar. Los cuentos originalmente eran para todos. Todo el mundo podía escuchar todas las historias. Yo creo que nos empezamos a dañar el alma cuando dejamos de escuchar y contar cuentos. Es maravilloso cuando tenés un público adulto y esta boquiabierto. Le ves todo ese espíritu vital que tenía de niño de vuelta allí. Personas que quizás llevan años sin recordar ese espacio, ese momento.

LM: ¿Y qué sucede con el público infantil o adolescente?

ACU: Los chicos son geniales porque son verdaderos humanos. Están ahí, son verdad, te dicen de verdad, son espontáneos. ¡Y eso es fantástico! El adulto tiene miedo de ser verdad. Entonces deja de ser creíble la palabra y hay que mirarle el cuerpo que dice todo lo contrario. Sinceramente le cuento a todas las edades pero prefiero el público adulto. Más cuando quedan sacudidos, cuando se produce toda una conmoción. Me encanta lograr que aflojen las resistencias y se abran. Eso es maravilloso. También me pasa con adolescentes donde de entrada hay un gran rechazo y terminamos en encuentros riquísimos. Yo soy desafiante y con los pibes me animo mucho más. Y al final me dicen ¿cuando volvés? Y es lo más lindo. Trabajo con chicos de lugares complicados rodeados de violencia y de carencias. Adictos, presos. Que suelen ser seres sumamente hambrientos de contacto humano. Necesitan la palabra desaforadamente. Y sobre todo descubrir que la poseen. Muchos se van a resistir pero siempre a alguno le hice un click que algo modificó. Y estos son los tesoros que yo guardo.

Es maravilloso cuando tenés un público adulto y esta boquiabierto. Le ves todo ese espíritu vital que tenía de niño de vuelta allí.

LM: ¿La narración de cuentos estuvo muy presente en tu niñez?

ACU: Yo me crié con mi abuelo que era muy narrador, básicamente era un gitano charlatán. Y todo te lo decía con historias. Entonces para mí las historias eran parte de la realidad. Y por otro lado también mi cabeza se la pasaba armando historias porque lo necesitaba. Cuando era chica agarraba a cualquiera y le contaba una historia. ¡Tremendas fábulas! Y cuando el otro me dudaba yo seguía hasta que me creía. Y recién ahí le decía: ¡es un cuento! De chica me aburría mucho, la escuela no era muy afín a mí. Entonces había que volverla más amena, aunque sea en mi cabeza. También leía muchísimo, me refugiaba en la lectura, en la fantasía y en la escritura. Era muy solitaria, entonces ese era mi universo. Y el contacto con el otro universo era bastante más complicado. Me llevó y me lleva años aprender cómo. Por eso también me surge la necesidad de la narración para lograr el vínculo.

LM: ¿Crees que la narración oral puede ser un incentivo a la lectura?

ACU: Creo q sí. Si tu fin es que el otro se ponga a leer, lo podes intrigar. Yo he hecho un trabajo con un grupo de gente de una villa, en el que estaba la cuestión de que nadie quería leer. Entonces un día les empecé a leer un libro narrándolo hasta que llegué a un momento cúlmine. Lo cerré y les dije: “Chicos, me voy, dejo el libro acá así si a alguien le interesa saber qué paso se fija”. Y cuando volví la otra semana descubrí que lo habían leído. Pero decían que preferían cuando lo hacía yo. Entonces les pedí que ellos leyeran y yo los paraba en una oración y los hacía imaginar cada situación que leían. Creo que lo que mata el gusto por la lectura es la escuela. Porque si lees libros aburridos y sobre ellos haces análisis sintáctico es normal que básicamente odies la lectura. Además hay que pensar que estamos en un momento en donde predomina lo auditivo y visual, y a mucha velocidad. Que es una excelente técnica para que todos quedemos desconectados. Por eso me parece que tiene tanto valor llevar la palabra y también los libros.

Las historias aportan vida, son como un alimento.

LM: La narración oral además de vincular con las historias y con la lectura ¿Pensás que da valor al acto de oír, de prestar atención, de darle importancia del otro?

ACU: Sí, claro. Es súper importante porque realmente en lo cotidiano no escuchamos. Estimular la escucha es importante. Por eso cuando cuento genero espacios para interactuar con los otros. La idea es que interactuemos y construyamos en conjunto. Están perfectas las interrupciones mientras uno cuenta. Los que más se animan son los chicos, los adultos tienen muy poquito coraje para la sinceridad y mucha dificultad de escucha. Hay que poner muchísima energía para sujetarlos. Y cuando algo interrumpe, suena un celular, tocan un timbre, alguien tose… hay que hacerlo parte de la historia. Esas cosas que pasan en la vida, pasan en las historias y éstas se modernizan.

LM: A modo de conclusión, sean orales o escritas ¿Qué es para vos lo mágico de contar historias?

ACU: Las historias aportan vida, son como un alimento. Me han enseñado a crecer, me han enseñado a conocerme, me han enseñado a ser consciente y a descubrir esos otros mundos, que están acá en este mundo y que pasamos por alto.

Fotografía por Reyki1
María Cecilia Angaramo

María Cecilia Angaramo

Colaboradora

(1985, Mendoza) Licenciada en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires. Cuenta con experiencia tanto en comunicación empresarial como periodística. Trabaja hace 10 años en un establecimiento de salud donde se encarga de la redacción y edición del material institucional. Colabora con artículos para diferentes diarios y revistas.

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