Por Cristian Carrasco.

El Doctor es un Señor del Tiempo del planeta Gallifrey; un ser que, al momento de morir, puede regenerarse, cambiar de cuerpo y de personalidad, y así vivir miles de años. Su nombre se desconoce, por eso el nombre de la serie es Doctor Who (“Doctor Quién?”). En compensación, tiene muchos apodos y títulos (“La tormenta inminente, El loco con una caja, El hombre andrajoso, El presidente de la Tierra”). Es el azote de cientos de razas conquistadoras a lo largo del universo. Por suerte, está de nuestro lado.

Cuando tenía cuatro años, mi hijo dibujó varios garabatos con forma de círculos más o menos llenos (como un tornado visto desde arriba, para ser gráficos), y los pegó en toda la casa: en paredes, muebles, debajo de la mesa. Se paraba al lado de uno, ejecutaba un movimiento rápido contra el dibujo y después corría hacia otra hoja pegada para hacer de cuenta que acababa de salir de ese otro torbellino dibujado.
“Zon poltalez”, explicaba. Portales.

Aprendió a imaginarlo y a decirlo antes de saber articular bien todas las letras del abecedario. Siendo hijo de un nerd que lee y mira casi exclusivamente ciencia ficción, no tenía demasiada opción. Todo ese bagaje de teorías de vanguardia de física cuántica y bioingeniería (viajes en el tiempo, agujeros negros, dimensiones paralelas, clones, cyborgs) es algo que trajo incorporado o asimiló desde muy pequeño. Portales, agujeros negros, un multiverso separado en distintas dimensiones (lo que, aunque él aún -y recalco el “aún”- no lo sepa, equivale a la teoría de las supercuerdas): todo eso estaba ya funcionando en su cabecita.

Entonces, cuando le contás que existe un extraterrestre inmortal cuyo nombre nunca se ha pronunciado, que en lugar de morir se regenera y cambia de cuerpo, que viaja por el tiempo y el espacio en una nave viva, consciente, que es más grande por dentro que por fuera, a él no se le mueve un pelo.

Y eso es lo maravilloso de Doctor Who: es la serie más longeva de la historia de la televisión, viene inoculando en la cabeza de niños, adolescentes y adultos ideas de vanguardia desde hace cincuenta años, mucho antes de que fueran de dominio público. Si a un lector curtido y crítico puede dejarlo con la boca abierta episodio por medio, me imagino lo que debió provocar en la mente de un pequeñito en los años ’60.

“Cuando elegís un nombre, estás haciendo una promesa”. Doctor Who

El tratamiento de los temas tenía sus antecedentes en la televisión norteamericana (The outher limits, The thilight zone), pero dichas series carecían de un personaje central que aunara todos los rasgos de la ciencia ficción en un solo individuo: la vida extraterrestre, el viaje espacial, el viaje por el tiempo, la inmortalidad, el saber infinito.

Y utilizo la palabra “inocular” porque la ciencia ficción puede ser muchas cosas: una crítica de la actualidad, una predicción de aquello por venir, un disparador que lleva a la imaginación hacia lugares nuevos y maravillosos (y por eso no es extraño que los tres guionistas de cómics más importantes de los últimos 30 años, Alan Moore, Grant Morrison y Neil Gaiman, hayan sido, primero, fanáticos de Doctor Who y, después, hayan escrito acerca del personaje en cómics o en la misma serie de televisión). Pero la ciencia ficción es también una vacuna contra el asombro paralizante: cuando lo increíble se materializa puede inmovilizarte su grandeza (lo que corresponde más o menos la idea de lo sublime, del Ángel Terrible) a menos que tu mente haya tenido algún contacto previo con lo imposible a través del arte.

Doctor Who fue creada en 1963 como un programa infantil educativo: el viaje en el tiempo era poco más que una excusa para mostrar diferentes épocas y enseñar a los niños de forma amena y emocionante algo de historia. Pero entonces llegó el espacio, y con él las distintas razas extraterrestres y entonces ya no se trató de explorar la historia sino a la humanidad: lo que era y lo que podía llegar a ser en determinadas circunstancias, lo que la definía desde sus mejores cualidades y las miles de formas en que podemos desviarnos y caer en extremos dañinos y peligrosos para nosotros mismos y para los demás.

El Doctor es el fan número uno de la humanidad, hace todo lo posible por ser humano, porque cree que toda la bondad y la inteligencia que hay en nosotros es algo más que destellos esporádicos. Y su defensa de la Tierra frente a seres extraños y amenazantes no es sino una metáfora de la lucha del ser humano contra la oscuridad que se esconde en cada extremo de nuestras posibilidades de acción y nuestras ideas.

Los enemigos más característicos del Doctor son desviaciones del ser humano: los Daleks son la corporeización del chauvinismo y el racismo, al punto en que creen correcto matar a todo ser que no sea un Dalek de pura cepa. Los Cybermen son el extremo opuesto, cerebros sin sentimientos dentro de un armazón metálico, que pretenden “upgradear” a los demás para lograr la uniformidad; los Sontarans son seres tontos y embrutecidos que sólo viven para la guerra; y así.

La serie tiene dos etapas: la clásica, que se desarrolló entre 1963 y 1989, y la moderna, que comenzó en 2005. Entre una y la otra tuvo lugar la Última Gran Guerra del Tiempo, lapso durante el cual el Doctor renunció a sus ideales pacifista y con ellos a su título: porque los nombres son importantes, sobre todo los que nosotros mismos elegimos. “Un nombre que elegís es una promesa que hacés”. Y aunque prefiero las traducciones literales, creo que en este caso es mejor adaptar: “Cuando elegís un nombre, estás haciendo una promesa”. Al elegir el nombre de “el Doctor”, éste ser se autoimpuso la misión de sanar al universo, salvar vidas, no dejar nunca nada peor de como lo encontró y, sobre todo, respetar un código de conducta: “Nunca comportarse de forma cruel ni cobarde. Nunca rendirse, nunca ceder”.

“Nunca más nadie va a tener que vivir así, nunca más nadie va a tener que sentir este dolor! ¡No mientras yo esté de guardia!”. Doctor Who

 

Y aunque la finalidad es siempre la misma, los métodos cambian, porque cada Doctor tiene su personalidad: a veces brusco, a veces atolondrado, a veces heroico, a veces mentiroso, pero en cada una de sus encarnaciones hay momentos definitorios que suelen capitalizarse en un monólogo. Mi preferido es el del Doceavo Doctor, el actual, una oda al pacifismo, que apunta a su dimensión lógica, racional: “Cada guerra que se ha librado alguna vez, justo acá frente a ustedes. Porque es siempre lo mismo. Cuando disparas el primer tiro, no importa cuánta razón creas tener, no tenés la menor idea de quién va a morir. No sabés los hijos de quién van a gritar y arder. Cuántos corazones acabarán rotos. Cuántas vidas destrozadas. Cuánta sangre se va a derramar hasta que todo el mundo haga lo único que debían hacer desde el principio: ¡sentarse y hablar!”

El Doctor se enfrenta a imperios galácticos muñido sólo de su destornillador sónico, no un arma sino una herramienta. Su pacifismo y su odio hacia la guerra tienen un origen íntimo, personal: como soldado cruzó límites imposibles de olvidar y de soportar. En sus mismas palabras: “¿Llamas a esto una guerra? ¿A este chistecito? Yo luché en una guerra más grande de lo que nunca vas a conocer, hice cosas peores que cualquiera que puedas imaginar jamás. ¡Cuándo cierro los ojos… escucho más gritos de los que nadie podría ser capaz de contar! ¿Y sabés que hacés con todo ese dolor? ¿Sabés dónde lo ponés? Lo apretás fuerte, hasta que te quema la mano, y decís: “Nunca más nadie va a tener que vivir así, nunca más nadie va a tener que sentir este dolor! ¡No mientras yo esté de guardia!”

Su defensa de la Tierra frente a seres extraños y amenazantes no es sino una metáfora de la lucha del ser humano contra la oscuridad que se esconde en cada extremo de nuestras posibilidades de acción y nuestras ideas.

He visto esa escena unas diez veces y, aunque no soy una persona de lágrima fácil, cada vez me ha hecho llorar. Y también cada vez analizo por qué me provoca ese efecto cuando no hay nada en la guerra que me pueda afectar emocionalmente de manera tan profunda. Pero no se trata del tema en sí, si no de lo que hay más allá. Cada uno de nosotros ha tenido, en el pasado, un momento terrible, irreversible, que lo ha marcado. ¿Y qué podés hacer con todas esas emociones negativas, con el dolor, con la pérdida, con la culpa y la desesperación? ¿Odiás al mundo, a los demás, les hacés pagar por todo lo que la vida te quitó, por todo lo que te hicieron sufrir?

Esa es una opción, claro. La opción más egoísta y, desde el punto de vista negativo, más humana. Pero desde el punto de vista del Doctor, es una reacción indigna de nosotros: lo más humano sería convertirnos en un escudo que proteja a los demás del dolor, de sus marcas, de sus consecuencias y sus venganzas, de la tristeza y la rabia, del sentimiento de futilidad, de la depresión. Nadie debería sentirse así. No mientras estemos de guardia.

Cristian Carrasco

Cristian Carrasco

Colaborador

Escritor y estudiante de Letras. Nació en 1978 en Villa Regina, Río Negro. Vive en Neuquén Capital. Fue miembro del grupo poético Celebriedades y participó en el proyecto Almacén Literario (www.almacenliterario.com).

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