Por Maria Cecilia Angaramo.

Tango y filete definen cierta identidad porteña, comparten un alma. El tango es su música, el filete su trazo. Las dos artes parecen fusionarse, como si los sensuales movimientos del baile y  las líneas esbozadas por el ir y venir de los cuerpos dieran vida a cada curva del pincel del artista.

La relación no es casual, ambos parten de una misma necesidad: crear formas de expresión en una ciudad. Una ciudad surgida del mestizaje cultural en el que se vieron inmersos nativos e inmigrantes, a principios de siglo XX.  Una ciudad, que en esos días albergaba a miles de hombres y mujeres, muchos de ellos con el deseo de plasmar en el arte sus alegrías, tristezas y melancolías.

El fileteado comparte con el tango su raíz popular. Así como para el tango, el arrabal es la musa inspiradora, el lugar de pertenencia que no se debe abandonar, traicionar, ni olvidar; el fileteado es fiel a sus temas originarios. Flores, volutas, hojas de acanto y cintas argentinas; motivos clásicos que con líneas curvas de diferentes grosores se van fusionando con temas religiosos y paganos. Representan escenas con personajes dispares pero siempre populares, como la Virgen María o Carlos Gardel.

Por sus orígenes alejados del arte “culto”, el fileteado fue por mucho tiempo menospreciado.

Sus formas, que evocan los rasgos del barroco, y sus colores, que recuerdan las cerámicas sicilianas, en Buenos Aires se plasmaron en carros, camiones y más tarde en colectivos. Por sus orígenes alejados del arte “culto” por mucho tiempo fue menospreciado. El tango, por su parte, a pesar de haber sido visto como inmoral, ha tenido mejor suerte en su difusión.

En la actualidad el fileteado porteño y el tango a veces comparten el mismo cruel destino: cuando logran ser valorados se ven vaciados, alejados de lo popular. En el mejor de estos casos, estas expresiones artísticas logran reconocimiento académico, mientras que otras veces solo se diluyen en lo comercial. El fileteado se vuelve una técnica sin historia y el tango un show del recorrido turístico internacional.

Ricarto Gómez, fileteador: “A mí me gusta decir que el fileteado es un pensamiento alegre que se pinta”

Sin embargo, no todo es sabor amargo y melancolía, bien propias del “dos por cuatro”. Estas artes siguen vivas. El filete resucita en los trazos de nuevas manos que recuperan el legado de aquellos hombres y sus culturas, y el espíritu del tango renace en el cuerpo a cuerpo de cada “milonga” de barrio.

Ambos siguen vivos como expresiones artísticas que plasman emociones en relación a la experiencia y la sensibilidad. El fileteador Ricardo Gómez, en el libro Los Maestros Fileteadores de Buenos Aires lo expresa con claridad  “Para Enrique Santos Discépolo el tango era un pensamiento triste que se baila, a mí me gusta decir que el fileteado es un pensamiento alegre que se pinta”

María Cecilia Angaramo

María Cecilia Angaramo

Colaboradora

(1985, Mendoza) Licenciada en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires. Cuenta con experiencia tanto en comunicación empresarial como periodística. Trabaja hace 10 años en un establecimiento de salud donde se encarga de la redacción y edición del material institucional. Colabora con artículos para diferentes diarios y revistas.

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