Por Felipe Herrero.

Un poeta te lleva a otro poeta, y si este poeta es Horacio Salas lo que se abre es una puerta a un salón con una extensa exposición de pinturas que sucede a otra sala y a otra… Como si fuese un cuento borgeano: un eterno ouroboro de arte y conocimiento.

Antes de despedir la madrugada
busco, revuelvo entre los trastos viejos,
y encuentro una palabra,
la desarmo,
le abro su panza de aserrín,
vuelvo a coserla igual que un minucioso cirujano
y escribo mi poesía.

HORACIO SALAS

Hace aproximadamente dos años, luego de presentar en el Centro Cultural de la Cooperación el poemario La rosa encendida (Melón editora, 2014) del destacado poeta paraguayo Jacobo Rauskin, el propio Jacobo me invitó a cenar en el restaurant La opera ubicado en Callao y Avenida Corrientes para brindar por su nuevo libro editado en Buenos Aires.

Como es habitual en dos personas abocadas a las letras, nuestra conversación ancló en varios puertos artísticos, entre ellos, en el hombre que había reseñado la contratapa de su libro: Horacio Salas. Inmediatamente Jacobo ubicó a Horacio como a un hombre brillante y nostálgico, una persona abocada al acto de rememorar y recordar historias y anécdotas. Entonces Salas ―sólo presente en mi memoria de librero como el autor del ensayo famoso El tango (Editorial Planeta, 1995)― empezó a formar en mi cabeza la imagen de una puerta que se abría a un salón con una extensa exposición de pinturas que sucedía a otra sala y a otra… Como si el Horacio en mi cabeza fuese un cuento borgeano, un eterno ouroboro de arte y conocimiento.

Días más tarde, se me ocurrió buscar ―luego de la reafirmación de Jacobo (“¡Leé la poesía de Horacio Salas!”);― al poeta en Wikipedia y me remití a la bibliografía que allí aparecía. El tiempo insuficiente era el primero de sus títulos de poesía, editado en el año 1962. Copié y pegué en Mercado Libre y saltó una única opción de compra. Cuando el libro llegó a casa desenvolví el paquete y el tiempo se reveló en mis manos. Ahí estaba la primera poesía de Horacio. Se trataba de un ejemplar pequeño, de tapas simples y amarillas que notaban el transcurso del tiempo. Un poema llevó al siguiente, al siguiente y al siguiente. Esa primera incursión de un Salas joven me impactó sobremanera, ya que el libro expone una ternura con la que nunca me había encontrado en un poemario. Lo terminé y lo releí varias veces. Inmediatamente después empecé a pasar esos poemas a la máquina, fue un acto automático y frenético. Tal vez por la necesidad de sentir esos versos más desde adentro, transcribir un poema a la máquina es como experimentar una súper-lectura del mismo, la lectura se profundiza aún más.

Esa primera incursión de un Salas joven me impactó sobremanera, ya que el libro expone una ternura con la que nunca me había encontrado en un poemario.

Al día siguiente llamé a Horacio y le propuse editar El tiempo insuficiente por la Serie Egeo de la Editorial Lisboa, serie que tiene el objetivo de revivir poemarios olvidados. Si bien se sintió halagado por mis palabras no le convenció la idea de reeditar aquellos primeros poemas que había publicado hacía mas de 53 años, cuando era apenas un pibe enamorado de su Graciela, cuando aún tantas cosas faltaban suceder. De todas formas persistí en la idea e ideamos un tomo que juntase El tiempo insuficiente y La soledad en pedazos (segundo poemario del poeta editado por la mítica Editorial Barrilete, fechado en 1964). A la par que pasaba La soledad en pedazos a la máquina, seguí con la compra indiscriminada de sus poemarios de antaño. Al terminar con La soledad en pedazos llamé a Salas y le dije que quería editar en un mismo tomo sus primeros cinco poemarios, completando así toda su producción poética de los años sesenta. Comprendida por: El tiempo insuficiente (1962), La soledad en pedazos (1964), El caudillo (1966), Memoria del tiempo (1966) y La corrupción (1969).

Así pues, empezaron las reuniones en su casa. Conocí a Graciela, la mujer de Horacio (traductora impecable de Los Ensayos de Montaigne, Madame Bovary de Flaubert, El descubrimiento de la Tierra de Verne, Suite Francesa de Némirovsky… solo por citar algunos). En cada ocasión me agasajaron con una merienda, con su humor de pareja inolvidable y con una infinidad de anécdotas sobre sus vidas, sus viajes, sus encuentros literarios, sus lecturas. Horacio poco a poco fue contándome el origen de aquellos poemas de los años sesenta y alguna que otra anécdota sobre ellos. El poema 15 de La soledad en pedazos por ejemplo, ―que es un hilado fino acerca de la ausencia― es un poema que Caloi tomó y dibujó para el diario:

15

PIENSO que alguna vez te quise
en una casa antigua,
con un patio soleado
y una música extraña en las paredes.
Te evoco lentamente
—casi inmóvil—.
Te sueño bajo los techos altos,
en la crujiente puerta de hierro de la entrada,
recorriendo tu imagen en un daguerrotipo,
con un breve malvón entre las manos.
Curiosamente te recuerdo
en patios que nunca he conocido;
tal vez por eso los balcones cansados
me demoran
cuando atravieso el sur,
la tarde tristona de San Telmo.

Recuerdo que Horacio me mostró ese trabajo que Caloi había hecho con su poema. En otra ocasión me contó de cómo Ernesto Sabato lo había alentado a publicar su poesía y así vio el mundo El tiempo insuficiente, o del viaje a Isla Negra de Pablo Neruda. Otra vez hablamos sobre el hermoso poema Los hijos de La corrupción, poema en que se basó su amigo Joan Manuel Serrat para componer la canción Esos locos bajitos de En tránsito:

LOS HIJOS

Se han apropiado de cada uno de nuestros gestos,
tienen nuestros mismos ojos, la misma tendencia a inventar historias
acaso una risa parecida, sufren igual que uno la injusticia.
Habitan en un mundo de casas reducidas,
dilatados castillos y altas torres,
rodeados de fantasmas con nombres misteriosos.
Hablan un secreto idioma de títeres y pájaros,
generalmente nos ignoran.
Nuestra venganza consiste en dirigir sus vidas
y obligarlos a copiar secretas frustraciones,
pero cada noche, libremente, nos matan en los sueños.
También se enferman, y además nos precisan.
Nos enlazan con pequeñas palabras
y ejercen la magia tenazmente.
Sin embargo, nada podrá impedir
que el dolor se ensañe con sus cuerpos,
que cometan errores
y que crezcan.

Varios de nuestros encuentros se focalizaron en la poesía de Alfredo Veiravé y en el poeta mismo, eterno amigo de Horacio. No olvidaré su lectura al poema de Alfredo, Textos y contextos de Radar en la tormenta.

Horacio es un poeta aventurero, sus composiciones tienen causa y motivo y son elocuentes. Cada poema va hacia la altura y ninguno es sustituible porque siempre tienen algo personal.

Cada partida de la casa de los Salas supone para mí una tristeza y cada encuentro una satisfacción y una enseñanza. Horacio me dio a conocer infinidad de poetas, tanto de este país como del exterior; poetas que fueron apareciendo a medida que los fuimos citando o leyendo a toda voz. Poetas que proponían a otros poetas y así. La poesía, como cualquier género literario, siempre propone nuevas lecturas que llevan a nuevas lecturas, como las salas que llevan a nuevas salas y que solo te dejan el aire vespertino de campo o montaña que entra por los ventanales. Una eterna encadenación de arte que va fusionándose entre sí y siempre o casi siempre ―hablando de la buena literatura― propone algo nuevo. Algo se pierde y algo se gana. Tal vez aquello perdido lo ganemos en algún momento en nuestro cauce humano para perder lo que hemos ganado y así, sucesivamente. Un artista te lleva siempre a otro artista.

La presentación de Memoria del tiempo (1962-1969) (editorial lisboa, 2015) la llevamos a cabo en el Hotel Club Francés el 21 de septiembre de 2015 y fue multitudinaria: agotamos la primera edición en el evento. Los presentadores fueron los poetas Eduardo Álvarez Tuñón, Miguel Espejo y Jorge Boccanera. El libro tuvo una reimpresión y está distribuido en librería.

Antes de que Memoria del tiempo (1962-1969) viera la luz en librerías ya sabía que este libro sería el primero de dos que reunirían toda la producción poética editada de Horacio Salas. Hoy día me encuentro trabajando en la transcripción de ese segundo tomo que se llamará Gajes del oficio (1971- 2013) y que verá la luz a fines del corriente año o a principios del que viene. No obstante, en pocos meses editaremos una reedición del poemario Mate pastor. Se trata de una edición-homenaje a ese libro en puntual y saldrá por la Serie Cantábrico de la editorial lisboa, pero ahora los dejo, porque me voy a leer y escuchar poesía a lo de Horacio Salas.

Memoria del tiempo (1962-1969) (editorial lisboa, 2015)
Se puede conseguir en Libros del Pasaje (Thames 1762, Palermo), Boutique del Libro de Unicenter (Av. Paraná 3745, Martínez), Librería Antígona del Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543), Librería Norte (Av. Las Heras 2225, Recoleta), Alamut libros (Jorge Luis Borges 1985, Palermo), Punc (Dr. Luis Belaustegui 393, Villa Crespo), entre otras…

Felipe Herrero

Felipe Herrero

Colaborador

(Buenos Aires, Argentina, 1985) Es poeta, librero y editor. Director de la Serie Egeo de la editorial lisboa que edita a renombrados poetas de habla hispana. En poesía publicó entre otros, Legua roja (2011; 2013), pirueta solar (2011), El cálido viento de la noche (2012), Noruega / Norway (2012), Avenida de Mayo (2013), Impureza de los días (2014), Río antiguo, alba antigua (2015) y Estoico (2016). Su poesía fue parcialmente traducida al inglés y al italiano. Fue incluido en distintas antologías de su país y del extranjero entre las que destacan El hilo dorado. Muestra de poesía argentina reciente (2015, Perú) y Germen. Autores germinan autores (2016).

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