Por María Malusardi.

A un mes de su fallecimiento, recordamos a Leonardo Martínez con esta entrevista realizada por María Malusardi en el año 2008. Juntos nos llevan por su infancia, la música y la poesía.

Esta entrevista fue realizada, escrita y publicada en 2008, en la revista tucumana Miltrescientos kilómetros (Año 2, n° 3, diciembre 2008), y fue actualizada y reeditada para el periódico digital Lamás Médula.


 

Quien haya escuchado a Leonardo Martínez leer sus poemas, jamás olvidará su voz. Lejos de quitarle su tono norteño, los años vividos en Buenos Aires le han forjado a sus inflexiones un porvenir aún más autóctono. Una notable cadencia, variados matices y sus agudas, apretadas erres, agazapadas en sí mismas a perpetuidad, componen un estilo peculiar del decir. Las conversaciones con Leonardo resultan, entonces, acariciadoras, y la lectura de sus poemas dejan una marca sonora imborrable, que no desaparecerá cuando el lector, en su soledad, se acerque a ellos. La voz del poeta catamarqueño dominará nuestra propia voz, intimidándonos con los atardeceres envolventes de sus textos.

En su departamento de la calle Junín, barrio de Balvanera, Leonardo apoya sobre la mesa, debajo de su brazo, un cuaderno con espiral. Lo abrirá en reiteradas ocasiones a lo largo de la entrevista. Primero, para buscar una cita de Marcel Proust. Luego, una reflexión de André Gide. Una bitácora de escritor que lleva el registro íntimo de la propia y de las otras escrituras, las ajenas apropiadas. También, a lo largo de la charla, aparecerá Walt Whitman, como si algún eco de la voz del autor de Hojas de hierba se entrometiera, amable, en cierto universo bucólico del poeta norteño.

Ni precoz, ni violenta, ni irrumpida travesía literaria -en la línea de Rimbaud- fue la de Leonardo Martínez. Sino que comenzó a publicar su obra con parsimonia y madurez, después de sus 40 años. Antes, trabajó como pianista y profesor de música en la Escuela de Artes Musicales de la ciudad de Tucumán, donde vivió durante 25 años.

Publicó Tacana o los linajes del tiempo (1989), Ojo de brasa (1991), El señor de Autigasta (1994), Asuntos de familia y otras imposturas (1997), Rápido pasaje (1999), Jaula viva (2004), Estricta ceniza (2005), Las tierras naturales (2007), Los ojos de lo fugaz (2010) y, entre otras antologías, Resumen de espejos y la más reciente, Escribanía de vivos y muertos.

Lo regional, se sabe, está imbricado, es enredadera en la página. Leonardo Martínez ha pasado la mayor parte de su vida en Catamarca y Tucumán. Los paisajes, como los amores primeros, se entrometen y derraman en la vida. Pero, aclara el poeta, son varias las cuestiones que enriquecen, incluso van desviando, el andar creativo: “Hay un medio cultural que impulsa a ciertas cosas, hay una historia que lo compromete desde otros ángulos. Van apareciendo nuevos estímulos, pero yo pienso que siempre va a tener una base fundamental la impregnación del entorno de la niñez, de la infancia”.

María Malusardi: Alfredo Veiravé decía que la poesía vive mejor fuera del torbellino, se construye mejor en los márgenes. Usted responde a esta premisa en su obra pero, curiosamente, vive en la gran ciudad.

Leonardo Martínez: Diría que en lo particular, estoy viviendo en el interior. Es mi interior. Creo que me he hecho una zona provinciana en Buenos Aires que está muy definida. Ciertos lugares, ciertas cosas, ciertas amistades, voy mucho a las lecturas, aunque ahora menos que antes, pero no excesivamente, es decir que hago una vida hacia dentro, no hacia fuera. Y, repito, mi provincia es mi memoria. Y no puedo desligarme de las cosas que me marcaron a fuego. Juan José Hernández repetía una cita muy precisa de Jean Cocteau, que decía que el poeta canta subido a la rama más alta de su árbol genealógico, que no escapa al torrente de la sangre. Confluyen millones de cosas en mi torrente sanguíneo.

MM: Esas tantas cosas parecieran concentrarse en una larga siesta. ¿Tiene algún significado la siesta, un territorio del tiempo tan presente en su poesía?

LM: Sí. La siesta, el crepúsculo de la mañana y el de la tarde son horas de una intensidad llena de imágenes que también me remiten a mi infancia. La siesta era el lugar de la libertad, porque escapábamos de la tutela. Todos dormían, y entonces uno se hacía el que dormía y escapaba. El asunto de escapar está en algunos de mis poemas pero no de manera explícita. Es decir: escapando al monte se encuentra la libertad, destronando al rey, las leyes, la religión, conviviendo con los animales silvestres y las criaturas naturales. La siesta en cierta medida es eso: escapar a la tutela, al régimen, a las reglas. Mientras tú duermes los niños hacen de las suyas. Y hacen cosas feroces. El crepúsculo matutino, el alba, está teñido de la poesía campesina de las cosas de labranza, de lo bucólico. Y el crepúsculo vespertino, el anochecer, en invierno puede ser atroz de triste, porque te encierran temprano. Todo está lleno de imágenes, de leyendas y de cuentos, el chico se enriquece con las leyendas y los cuentos que oye de sus mayores o de la peonada, porque yo me he criado en una casa donde había mucha gente y he tenido una infancia muy feliz, aparte de los dolores y las pérdidas. He sido un huérfano. Y sin embargo he tenido el apoyo de todos.

MM: ¿Huérfano desde muy pequeño?

LM: Mi padre murió antes de que yo naciera y mi madre me dejó en manos de la familia paterna cuando tenía 15 días de vida. Pero he tenido el amor, el sostén de una especie de corte familiar donde yo era un pequeño príncipe. Me podría haber criado rebelde rencoroso, resentido. Pero no: he estado rodeado y estimulado por los afectos. Muchos adultos alrededor que van tejiendo tu historia personal.

MM: ¿Y su madre?

LM: Nací en Córdoba. Mi madre era muy joven y la condición social era feroz en esa época, tiempos de la sociedad de la sangre y las alcurnias. Un tío paterno, a los quince días de mi nacimiento, me llevó a Santa Fe, donde pasé mis tres primeros años, amamantado por una gringa. Entonces, mi abuelo paterno fue a buscarme y me llevó a Catamarca. Mi padre civil, legal, real, fue un hermano de mi padre biológico. Me reconoció como hijo y me donó su vida. Y quien de toda esa “parentela”, como la llamó simbólicamente en su poesía Santiago Sylvester, me indujo hacia la música y la poesía. Lo cuento en un poema. Fui criado entre varones, pero había una tía que me inició en la música. Además, en mi casa había una biblioteca a la que no me estaba prohibido acceder y tenía libros importantes que yo comencé a leer. Cuando se dieron cuenta de que yo estaba leyendo Naná de Emile Zola, me lo arrebataron. Aunque creo que para estas cosas hay una predisposición innata, ese gusto por leer y escuchar música viene de esta tía. Ella quería que yo fuera pianista.

MM: Y se fue a Tucumán a estudiar música.

LM: Sí, pero no música, porque era un adorno. Tenía que estudiar otra cosa. Fui a estudiar abogacía.

MM: ¿Se recibió?

LM: No. Dejé en segundo año y ahí sí me dediqué a la música. Llegué a Tucumán en el año ’54, mirá vos los años que hace. Tucumán entonces era el emporio de las artes y del pensamiento. Circulaban Rodolfo Mondolfo y García Morente, en el área del pensamiento, Spilimbergo en las artes plásticas. Tuve la suerte de comenzar a estudiar música con gente importantísima, en la Escuela de Artes Musicales de la Universidad Nacional. Y además era bastante curioso y me metía en todos lados y me hacía amigo de gente mayor, de catedráticos y me metía con ellos y escuchaba conferencias. Era tan ávido. Estaba fascinado por buscar la belleza en todas sus formas. Y Tucumán era una zona propicia para el desborde, por lo suntuoso que es allí lo natural. La naturaleza es lujosísima.

MM: En contraste con la de Catamarca, que es árida.

LM: Sí. Y además con una pantalla eclesial que agobia. De eso no podemos liberarnos los catamarqueños, de esa cosa sacerdotal. Tucumán era el reino de la libertad, de la sensorialidad. Estupendo. Viví 25 años. Ahí me formé como músico. Y mientras enseñaba música leía, estaba al tanto de lo que sucedía en el mundo literario.

MM: ¿Cambió la música por la poesía o tal vez ambas forman parte de lo mismo?

LM: Después de haber sido músico y haber ejercido la docencia en la música, ya hombre grande, volví a Catamarca por razones de salud de mi padre, me refugié en el campo y comencé a escribir. Daba rienda suelta a todo. Siempre había escrito, pero empecé ahí a darle forma con ganas de hacer algo. Porque me di cuenta de que la formación que tenía en música era muy académica y algo frustrante, una formación clásica. Por alguna razón extraña no podía improvisar ni hacer jazz, que me encantaba. No podía tocar en público sin partitura. Y en la poesía encontré la libertad.

MM: Tal vez porque en la poesía se puede jugar con la memoria, refrescarla, reinventarla, retenerla.

LM: Puedo subrayar que la memoria es, a la vez, mi paraíso y mi condena. No me regodeo ni hago catarsis con lo que escribo, fabulo un mundo que indudablemente tiene connotación con una poderosa pulsión que emana del subconsciente, que me lleva a eso. No me propongo ni urdo mi escritura de acuerdo a un modelo. El modelo está en mí, ya inscripto, hecho. Jamás he tratado de ser original, jamás he tratado de hacer sino el cumplimiento de la vocación interna. Cada uno escribe como puede y ahí radica la libertad. A mí se me ocurre que si yo me pongo a escribir sonetos, la forma misma, el soneto mismo digamos, me va a estar indicando un lenguaje. Y yo deseo que sea al revés: que el lenguaje inaugure la forma.

María Malusardi

María Malusardi

Colaboración

Escritora, docente y periodista. Publicó diez libros de poesía, entre ellos El sastre (Mención especial del Premio de Literatura Casa de las Américas 2015, de Cuba) y Trilogía de la tristeza (Finalista Concurso Olga Orozco 2009, con jurado integrado por Antonio Gamoneda, Gonzalo Rojas, Juan Gelman y Jorge Boccanera; traducido al francés). Escribió, como periodista, desde 1989, en los diarios Clarín, Perfil cultural, La Gaceta Cultural y las revistas Nómada, Nueva, Debate, Lugares, El Arca, Caras y Caretas. Dicta, en TEA, las materias La entrevista y Estilo.

Foto de Marco Zanger.

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