Por Quique Pagella.

“La cultura es una coartada del imperialismo. Hay un Ministerio de Guerra. Hay un Ministerio de Cultura. Por lo tanto, la cultura es la guerra”, ha dicho en los setentas un gran artista y gestor micropolítico, el cineasta Jean Luc Godard. En una época de post-verdades y producción de subjetividades a granel, el silogismo del franco-suizo aún tiene validez. Segunda entrega del hombre micropolítico.

Ser un artista y gestor micropolítico ya presupone un destino. El fracaso. Luchar en lo micro contra las formas hegemónicas, es, casi siempre, incomodar al otro, al encarnado por el capitalismo. No son muchos los que, incluso desde una postura progresista, vislumbran el campo de batalla: la propia subjetividad. Por eso el fracaso.

Hoy el capitalismo tiene una formidable máquina de seducción: los medios (TV, internet, redes sociales, etc.) que son, antes que nada, productores de subjetividad o, mejor expresado,productores de ilusión de subjetividad.

Por ejemplo, cuando se habla de los millennials ¿de qué se está hablando? ¿de una categoría sociológica? ¿de un emergente cultural? ¿de una distinción antropológica?

No. Se está hablando de un tipo de consumidor y un tipo de fuerza laboral.

¿Sabía el 30% de los jóvenes latinoamericanos de 15 a 35 años que eran millennials antes de consumir la categoría en internet o en un medio gráfico o digital cualquiera? ¿Se sabían millennials esos chicos, nativos digitales, ciudadanos de las redes, adictos a un smartphone? O más bien: ¿se supieron primero y fueron después? ¿supieron que debían ser coloridos, saludables, líquidos, appdictos, exigentes, críticos, preparados para el éxito a corto plazo y luego asumieron el personaje?

Hay una subjetividad tras la categoría millennials, hay un modelo conductual, una moda, una corporalidad, hay un sistema conceptual, hay una nueva ética laboral, hay una racionalidad (la neoliberal). Hay, en definitiva, una plataforma metafísica.

Consumir y trabajar son acciones que conllevan ilusión de libertad y esa ilusión es el núcleo duro de la subjetividad de marras.

Paradojalmente, un artista y gestor micropolítico debe interesar a esos mismos jóvenes que son finalmente millennials, proponiéndoles, muchas veces, desmontar la subjetividad encarnada. Un artista creativo debe aprehenderse si posee ambiciones artísticas, un estilo propio y esas cosas. Es allí, en esa labor donde se libran las escaramuzas micropolíticas. Desmontar una subjetividad es incómodo, es lo que Jacques Rancière entiende por emancipación en El maestro ignorante y en El espectador emancipado.

Ya señalé que el accionar del artista y gestor micropolítico presupone un destino. El fracaso. Casi nadie quiere cambiar el mundo (el entorno), pocos sueñan con escapar, con emanciparse. La mayoría, de proponerse un camino artístico, seguramente seguirán el sendero del entretenimiento, quizá resignados ante las dificultades propias de la autogestión. Este humilde anhelo viene como prestación de la subjetividad predeterminada por el gran sistema operativo: la cultura. Consumir y trabajar son acciones que conllevan ilusión de libertad y esa ilusión es el núcleo duro de la subjetividad de marras.

Los millennials son un tipo de consumidor y un tipo de fuerza laboral.

Seguramente el lector leyó que el Diccionario de Oxford eligió post-truth (post-verdad) como palabra del año. El Brexit en el Reino Unido y la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos han puesto de moda el término que hace referencia a circunstancias en las que los hechos objetivos tienen mucha menos influencia en el adiestramiento de la opinión pública que las apelaciones a la emoción y a la creencia personal. Creo que dicho protocolo es el algoritmo de la subjetividad epocal que se activa ante la conciencia de que consumir y trabajar son las dos caras potables de la esclavitud en nuestra cultura, pues la otras opciones son detestables: la miseria, el delito, etc.

Ser, por ejemplo, millennials no está tan mal después de todo.

Semanas atrás un alumno de teatro de 13 años (no sé qué categoría le tiende el marketing) me dijo que era de derecha. Sumamente molesto le pregunté si sabía cuáles eran las ideas políticas de la derecha. Me habló entonces de la “iniciativa propia”, del “esfuerzo personal” en detrimento de las “políticas populistas” que te “solucionan” la vida con un “subsidio”. Usó las palabras que pongo entre comillas. Como esperaba una respuesta, le dije que esas ideas eran más bien neoliberales, la cara bonita de la derecha, y le propuse que antes de asumir una ideología leyera, se informara, etc. Sabía que como artista y gestor micropolítico, mi campo de acción era la clase que le daría a continuación, donde siempre me propongo facilitar un camino de emancipación tal cual lo expone El maestro ignorante de Jacques Rancière (recomiendo su lectura). Actuar es, entre otras cosas, ser consciente de lo que significan mis acciones, mis emociones, mis ideas, en fin, ser consciente de cómo estoy hecho y de cómo funciono. Al finalizar la clase el alumno en cuestión me pidió hablar en privado. Me dijo entonces que quería ser “Director”. Debo confesar que me quedé sin palabras. Con cierto pavor trataba de identificar qué era lo que se encarnaba en el chico. Si la ambición del emprendedor liberal con deseo de poder. O si la voluntad de pronto lúcida de quien intenta emanciparse.

Evité, en consecuencia, la réplica, el aliento o la refutación. Juzgué que lo mejor era dejarlo con mi silencio.

Quique Pagella

Quique Pagella

Colaborador

Enrique Pagella es actor, director y gestiona el Teatro Galpón de Diablomundo de Temperley. Escribió las obras Ruleta risa y Shkspr Fest, que también dirigió. Publicó las novelas por entregas Los Cucullú e Hijos de Maro. Este año Ed. Lamás Médula lanzó su novela San Sucio, perro conchudo. Es actor de Lab & Rinto y Volare, obras de las que también es co-autor y autor.

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