Por Marina Cavalletti.

El silencio es una instancia tan necesaria como misteriosa. Allí ¿Suspendemos la voluntad de decir? ¿Emerge forzosamente la necesidad de llenar ese “vacío” con palabras? La verborragia del sentido claro y distinto pareciera intentar salirse de los carriles del silencio –en general-, en lugar de comprenderlo como una instancia más del sentido.

Una cuestión similar sucede en el universo poético. Mallarmé con su institución del blanco generó un espacio de prosa para la poesía, según Agamben. Ese nuevo lugar, ese pequeño cosmos que se abre en cada corte versal abre, para el lector común, un abismo.

“La métrica, un corte, un encabalgamiento vulnera aquello que la razón entiende como continuidad”, afirma Agamben en Idea de la prosa. Podemos decir entonces que tanto los blancos poéticos como los silencios de la partitura vulneran la semántica de lo esperable: la cadencia auténtica, el verso cerrado.

El silencio y el blanco son gestos de apertura y esa apertura es multisémica, por eso incomoda: por inacabada.

Ruido blanco

En primer lugar, analizaremos el concepto del silencio poético. Isabel Velloso Santamaría asegura: “El silencio simbolista está muy lejos de ser interpretado, desde esta perspectiva genérica, como la Nada o el Vacío. Al contrario, es aliado activo del individuo porque, en primer lugar, le ayuda a prescindir de lo exterior y favorece la interiorización tanto en el yo como en el en sí de las cosas, veladas por las apariencias que perpetúan las palabras. Y en segundo lugar, su carácter incompleto pero total —preñado de todas las posibilidades, aunque sin realizar ninguna— requiere la intervención del sujeto”

De esta manera, consideraremos al silencio como una dimensión que otorga sentido y al sujeto como fundamental en la esfera de la recepción.

El blanco de la hoja es un rasgo distintivo en Mallarmé, Andrés Neuman o Juan Gelman, sólo por nombrar algunos casos. En su reconocido Golpe de dados, el francés los utiliza de modo orgánico.
Veamos cómo opera Andrés Neuman en (Elogio del minuto):

Aquí

por fin

descanso,

mi atención

no debe disiparse.

Los versos, escalonados en cuanto a sílabas, se disponen de modo descendente. Eso potencia la noción de reposo: el blanco es la calma y subraya lo vertical del minuto elogiado, lo escurridizo del tiempo y de la reflexión poética.

Tanto los blancos poéticos como los silencios de la partitura vulneran la semántica de lo esperable: la cadencia auténtica, el verso cerrado.

Por su parte, Juan Gelman hace, más que una utilización del espacio, un uso del encabalgamiento para obturar el orden sintáctico del español.

Veamos Lejanía:

La mecánica del alma no

significa estar

adentro. Caminar, respirar, ver

escuchar, los demás,

no significa estar afuera

El autor con los cortes versales diversifica su sentido. Usa la elipsis como instancia en la que el lector debe reponer algunas cuestiones (como alguna preposición que anteceda a “los demás”) aquí se vulnera la continuidad y los silencios versales son por un lado forzados para el lector, pero por otro funcionales a la respiración de la poesía gelmaniana.

Enjoy the silence

“La coincidencia de música y poesía, dos conceptos esencialmente abstractos, ha reconocido y reconoce dificultades de asimilación, de unidad, al tratarse de dos ideas que tocan aspectos destinados a producir emociones, a conmocionar la sensibilidad de cada lector”, explica Horacio Salas.

La misma coincidencia podría establecerse entre el silencio musical y el blanco de la hoja o el corte versal. También están destinados a conmocionar. El asunto es que, mientras la palabra o las tonalidades, notas musicales o cadencias, pueden tener más o menos lecturas acabadas, el silencio o los cortes versales no sólo toman impulso en el contexto si no que tienen variedad de lecturas.

Tal vez sea entonces necesario empezar a pensar en un arte por sí mismo, donde cada elemento (silencio, palabra, sonido, color) sea una herramienta para la construcción creativa.

La primera y más común de esas interpretaciones coloca al silencio como sinónimo de cierre de una pieza. Los silencios breves, como los de corchea o semicorchea, pueden tomarse como parte de una síncopa, como componente de una dinámica rítmica. Ahora, ¿qué sucede si los silencios son de blanca o de redonda? La tendencia indicaría que el supuesto vacío debe ser llenado, pero debemos tener en cuenta que tanto la ausencia como la presencia de notas son fundamentales dentro de la música. El silencio expresa y sería interesante observar qué pasa con nuestra percepción si nos habituáramos a él y dejáramos de verlo como una carencia o amenaza al anhelo de resolución. Lo mismo puede decirse de los lectores acostumbrados a formatos tradicionales.

Por supuesto, las líneas que preceden simplemente intentan conectar tres aspectos expresivos para invitar a la reflexión. Con todo, es importante señalar que Vassily Kandinsky consideró que “la supresión de sonidos interiores que constituyen la esencia de los colores, la dispersión del artista en el vacío, es el arte por el arte”.

Tal vez sea entonces necesario empezar a pensar en un arte por sí mismo, donde cada elemento (silencio, palabra, sonido, color) sea una herramienta para la construcción creativa. Tal vez la música pueda definirse como el arte de combinar los sonidos (y los silencios) y la poesía como expresión artística en la que media la palabra, o no.

Vassily Kandinsky consideró que “la supresión de sonidos interiores que constituyen la esencia de los colores, la dispersión del artista en el vacío, es el arte por el arte”.

“Reconocer y enfrentar el silencio, hundirse en él, nos obliga a encontrar lo lleno en lo que parece vacío: a escuchar ese ruido -o esa voz oculta- que el sonido nos retacea continuamente”, explica Pablo Gianera.

Quizás ese hundirnos, sin temores, nos ayude a ampliar nuestros horizontes perceptuales, a disfrutar del silencio tanto como del sonido y de de la palabra tanto como del espacio en blanco.

Andrés Neuman / Juan Gelman
Marina Cavalletti

Marina Cavalletti

Colaboradora

Es Magíster en Escritura Creativa por la UNTREF, profesora de castellano, Literatura y Latín y Técnica profesional en música. Además, es corresponsal de El Tribuno de Salta desde 2005. Colabora con medios independientes como periodista y correctora. Dio clases en la UBA, “El Alicia” y el IUNA. Es profesora en la UNDAV. También es compositora y poeta. Ama la radio y el folklore. Desde junio coordina el ciclo “Brote poético”.

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