Por Cristian Fernando Carrasco.

Entrega #14

Nos bajamos en la vereda gastada y partida del geriátrico. A lo lejos escuchábamos graznar a los cuervos de Odín. Los pobres bichos eran espantados y perseguidos constantemente por el personal de mantenimiento del hospital, que no escuchaban al viejo tuerto cuando les aseguraba que eran sus mascotas, o más que eso: parte de él mismo, el asiento físico de su memoria y su razonamiento. Los trataban como a una plaga de murciélagos o palomas.

Rodeamos la cuadra y, al llegar al ala psiquiátrica del edificio, hice brotar un árbol de vid. Se fue elevando, enroscando y creciendo en forma de una escalera que utilizamos para cruzar por sobre el paredón hasta alcanzar el patio de recreo.

J’h’v’ miró a Jesús y sentenció: – Ya sé por qué venís: soy omnisciente.

– Sos consciente de las macanas que te mandás, querrás decir.

– No me he mandado una macana en mi vida. Soy Dios: si yo hago algo no puede estar mal.

– ¿El nombre Lucifer te suena de algún lado?

*

No quería meterme en peleas familiares así que me fui a dar una vuelta por el patio, enorme y descuidado. Ydgrasil tapaba el cielo, todo el predio estaba bajo su sombra.

Un poco alejado, sobre un banco de plaza con una pata rota, se balanceaba el hombre con la mirada más triste que he visto, vestido con un traje marrón de corderoy, corbata al tono y zapatos gastados. Tenía una bufanda al cuello a pesar del calor, y un sombrero de gángster hollywoodense. Parecía un caballero y, por supuesto, desentonaba entre tantos megalómanos hiperactivos. Capté un cierto aire de familia. “Es uno de los míos” deduje, y me acerqué a él a paso lento, intentando no llegar de manera imprevista, desde ningún ángulo que le impidiera verme, porque hasta el animal más manso ataca cuando es tomado por sorpresa.

De todos modos se sobresaltó cuando lo saludé, tan ensimismado estaba en sus pensamientos. Su cuerpo tembló completo y escuché debajo de la ropa un tintineo de metal, como de grilletes con eslabones adosados. “¡Prometeo!”, me dije, “el primero que bajó al mundo humano y no volvió”; el tío abuelo mítico que nos había traicionado pero, por otro lado, había permitido florecer esta civilización humana que ahora nos cobijaba como último refugio contra la nada.

*

Si hubiese una foto en el diccionario al lado de la definición de la palabra “abatido”, sería la foto de Prometeo. Se veía triste de una forma superlativa, la tristeza se había metido en sus células como un isótopo radioactivo, como una mitocondria artificial.

Mi tío abuelo lo había perdido todo, pero lo había perdido todo de forma consciente, por una donación a la humanidad, así que en realidad lo había dado todo. En la época actual podía ser admirado como un santo, un mártir. En el momento que lo hizo, no pasó de ser un estúpido que tomó una muy mala decisión en favor de un enorme grupo de malagradecidos. Y nuestra familia no se tomó nada bien su cambio de lealtades. Papá fue la mano ejecutora y pasó a la historia como juez, jurado y verdugo, pero en realidad el castigo de Prometeo fue consecuencia del clamor popular.

Al principio no parecía muy hablador. Sabía que yo estaba allí pero sencillamente mi presencia le importaba mucho menos que sus propios pensamientos. Tuve que saludarlo varias veces, con intensidad creciente en el tono de voz, para lograr una respuesta.

– HOLA -me dijo, sin eliminar el abatimiento de su lenguaje corporal.

– ¡Guau! ¿Cómo hacés eso?

– ¿Qué cosa?

– Hablar en mayúsculas.

– Todavía soy un dios: ¡PUEDO HACER LO QUE QUIERA!

*

El grito final lo había clasificado automáticamente como un dios bipolar que pasaba del ensimismamiento abatido a la euforia violenta en un segundo. Era previsible que tuviera serios problemas psicológicos. Después de todo, lo habían descartado después de usarlo para conseguir lo que querían, lo tiraron y nunca más se acordaron de él, como si en lugar del dios de la civilización fuese el dios de los preservativos, de las conquistas de una noche, de las cajas de pizza, de los envases de plástico.

No me dieron ganas de charlar con él. Me arrepentí en seguida de haberme acercado y fui lo más directo posible para no hacerle el desaire de irme sin hablar pero, al mismo tiempo, para que la conversación durara solo lo indispensable:

– ¿Cuál es tu problema?

– ¿Me estás cargando? ¿Cuál creés que es mi problema? ¿Pensás que está bien que el dios de las borracheras ande por ahí tan campante, con el poder al máximo, mientras yo me pudro acá, me desvanezco como un perfume malo? ¡Yo debería ser su dios favorito, les di todo!

Tengo que reconocer que me hizo enojar, si no hubiera sido menos brusco, por eso del respeto a tus mayores y tal. Pero me hizo enojar, así que, haciendo gala de toda mi capacidad de herir y demostrando ser digno hijo de mi padre, le espeté:

– ¿Qué creías que era ésto? ¿Un concurso de popularidad? ¿Qué había un jurado y votación por Internet? ¿Querías caerles simpático para que te eligieran finalista? Esto se trata de relevancia, de importancia a nivel espiritual. Vos le diste el fuego, la civilización, pero no ideas, y las ideas son lo único que sobrevive para siempre. Si creés que vas a perdurar por la utilidad de lo que ofrecés, si tu divinidad se basa en lo utilitario, van a usar los mismos conceptos utilitarios para medirte y te van a valorar solamente mientras les sirvas. Y eso es lo que te pasó, así que de última es tu culpa. Resumiendo: jodéte por pelotudo.

Usé su cabeza como una nube de tormenta y ahí quedo, inmóvil, fulminado por el rayo.

*

Terminado mi exabrupto, di media vuelta para alejarme. Choqué de frente con un enfermero que estaba, aparentemente, parado detrás de mí, a unos centímetros de distancia, en una clara invasión de mi espacio vital. Era el mismo que nos había atendido días atrás y cantaba algo en inglés acerca de arcos y flechas y estar cansado de jugar.

– ¿Por qué volvieron? ¿Me están buscando?

– Para nada. ¿Deberíamos?

– No les convendría. Además, ya es demasiado tarde.

– Ajá -respondí, extrañado. Estaba pasando algo realmente raro: hablábamos como en una novela de Raymond Chandler. No sabía por qué, pero era así. Frases filosas, palabras cortantes, siendo crípticos sin sentido. Y, como dios de los misterios, algo sé acerca de ser críptico.

Pero no sentía la necesidad de pedir explicaciones. Por otro lado, no lo veía dispuesto a darlas. A menos que ya estuviéramos en el final de la trama, lugar donde las explicaciones se reproducen a un ratio de crecimiento alarmante, como una plaga.

– ¿Qué querés decir?

–  Vos sabés. Y si no los sabés es porque todavía no llegó el momento.

*

Cristian Carrasco

Cristian Carrasco

Colaborador

Escritor y estudiante de Letras. Nació en 1978 en Villa Regina, Río Negro. Vive en Neuquén Capital. Fue miembro del grupo poético Celebriedades y participó en el proyecto Almacén Literario (www.almacenliterario.com).
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