Por Cristian Carrasco.

En esta nota conoceremos a Sebastián González, poeta y gestor cultural de General Roca. Publicó Criaturas (2004), Confortablemente adormecido (2009), Inclinación corporal (2012) y Chico Vudú (2014). Formó parte del grupo Celebriedades, que llevó por toda la Patagonia su espectáculo poético humorístico musical.

Sebastián González es un poeta rionegrino, que reside en la ciudad de General Roca (o Fiske Menuco, como optan por llamarla los detractores del genocidio indígena que conocemos como Campaña del Desierto). Es músico, luthier, poeta, gestor cultural, y fue miembro de Celebriedades, grupo de poesía con el que recorrió la Patagonia los primeros años de este siglo, presentando un espectáculo de poesía, música y humor.

Lamás Médula: Hace poco estuviste en el Festival de Poesía de Rosario como invitado, y supongo que eso te habrá dado una perspectiva sobre el circuito literario nacional. Teniendo en cuenta que hace rato conocés el circuito literario patagónico, ¿qué diferencias encontrás, si es que las hay? ¿Qué características encontrás en la poesía patagónica?

Sebastián González: Hay un sector bastante amplio que escribe más o menos parecido, que abarca un par de editoriales de Rosario y Buenos Aires y en donde no se ven tantas variantes en cuanto a estilo. Después el resto es bastante similar a lo que pasa acá, hay de todo un poco: cosas cercanas a lo oral, la performance; y otras más narrativas, que trabajan con la precisión y con un lenguaje más conciso. Tuve la suerte de conocer muy buenos poetas de Rosario y también de Chaco, Entre Ríos, Bolivia, Paraguay… Muchos viven situaciones similares a la nuestras, con las mismas inquietudes y llevando adelante movidas independientes: ediciones de autor, revistas, recitales poéticos, etc. En cuanto a lo que conocemos por “poesía patagónica”, la verdad es que el espectro es muy amplio. No sabría decirte qué caracterizaría a un poeta patagónico, cuáles serían sus rasgos específicos. Lo que sí veo es que hay escritores que creen que para reforzar su pertenencia tienen que referirse sí o sí a ciertos temas, adoptar determinada pose… Parecería que hacen fuerza por parecer un “poeta patagónico”. La Patagonia es enorme, a veces no hay mucha relación entre el tipo de vida o el paisaje que compartimos personas como nosotros, por ejemplo, que estamos en el Alto Valle entre dos provincias, con lo que vive una persona en El Bolsón, Chichinales o Comodoro Rivadavia. Precisamente, en esa amplitud y en esa heterogeneidad está lo interesante. Uno es un poeta patagónico aunque no quiera. Por ejemplo: hay libros como No era un viajero inglés, de Raúl Mansilla, o Microfilm, de Carlos Blasco, que crean un universo poético a partir de temáticas o paisajes típicos de esta zona y que logran hablar de cuestiones universales. Son muy buenos libros no por la sola mención de ciertos temas o paisajes; son buenos libros porque ellos son muy buenos poetas.

LM: Te he escuchado referirte varias veces a esa idea de que los escritores no son personas especiales, que saben algo que los demás no saben. ¿Qué caracteriza a un escritor, para vos, en especial a un poeta? ¿Qué te lleva a vos a escribir? Si no es una sabiduría o una profundidad espiritual mayor,¿dónde creés que está la especificidad, la chispa?

SG: Con “especiales” me refiero a cierto ambiente que cree que la literatura es algo elevado, que pertenece a determinado claustro y que requiere cierta solemnidad, un conocimiento específico. Fijate lo que pasó hace poco con la entrega del Nobel a Bob Dylan. Enseguida reaccionó toda la policía literaria, indignada de cómo van a darle ese premio a él, un músico popular, y no a un escritor “en serio” que publica libros cada tanto. Uno cree que no, pero aún en estos tiempos hay gente que está convencida que la literatura, la poesía, está sólo en los libros. A ver: que se critiquen las letras de Dylan está bien: si uno cree que no son buenas, que no tienen la calidad suficiente… Cualquier opinión con fundamento sobre el contenido de lo que escribe el tipo está perfecto, pero no sobre el hecho de que sea músico y que no publique en Anagrama cada tanto. Además de que sabemos que la relación entre la poesía y la música es muy estrecha. Hablamos del origen mismo de las civilizaciones, de sus expresiones culturales: los rapsodas, los cantos homéricos, rituales de pueblos originarios… Han nacido juntas y me animaría a decir que no existiría una sin la otra. También la época en la que vivimos, con el tema de las redes sociales y especialmente Facebook, ha creado una raza de opinólogos profesionales que se ponen a juzgar y discutir de cualquier cosa, aunque no sepan un carajo de lo que están hablando. Me gustaría saber cuántos de estos “indignados” conoce la obra de Bob Dylan, además de un par de versos sueltos de Blowind in the wind. Igual esto no es sólo con la literatura; pasa también con el jazz, por ejemplo, que es un género que me encanta, pero que tiene ciertos adeptos, cierta intelligentsia jazzística, que actúa como si para disfrutar a Miles Davis tenés que saber reconocer sobre qué variación armónica está tocando en tal o cual solo. Esa costumbre de intelectualizar aspectos que tienen que ver con lo sensitivo y lo espiritual me parece, cuanto menos, inútil y aburrido.

La Patagonia es enorme, a veces no hay mucha relación entre el tipo de vida o el paisaje en el Alto Valle con lo que vive una persona en El Bolsón, Chichinales o Comodoro Rivadavia. Precisamente, en esa amplitud y en esa heterogeneidad está lo interesante.

Otra cosa: es de público conocimiento que el Nobel es una suerte de Oscar, un premio más cercano a la industria y a ciertos valores que muchas veces no tienen nada que ver con lo artístico. Hay veces que uno comparte algunas decisiones, pero no se ha premiado, por ejemplo, a uno de los escritores más importantes del Siglo XX, como Borges, así que yo no le daría más importancia de la que realmente tiene. Creo que el que escribe poesía tiene, como mínimo, una sensibilidad especial: le ha pasado algo, lee la realidad de determinada manera y necesita crear. Es obvio que no está conforme con el mundo, con lo que tiene alrededor. Lo que vos llamás “profundidad espiritual” puede ser cierta permeabilidad; generalmente la persona que está relacionada con lo artístico, con la expresión, no soporta fácilmente cuestiones de lo cotidiano, le cuesta encarar aspectos del día a día que socialmente se ven como normales. En este sentido el arte te salva: la vida sin ficción, sin música, sería insoportable. En mi caso escribo por necesidad: tengo una especie de urgencia de transformar lo que me pasa en algo concreto. Es una cuestión vital, te diría. Con lo primero que me relacioné de adolescente fue con la música; evidentemente tenía la necesidad de expresarme artísticamente con algo. Llegué a la literatura de más grande, aunque siempre fui bastante lector.

LM: Una de las características de tus poemas es la descripción súper ajustada de hechos, personas, sucesos, pintar elementos de la realidad milimétricamente, al detalle. ¿Es algo meditado? ¿Es una creación estilística o se desprende naturalmente de tu forma de ver la vida?

SG: Imagino que sí, que lo que escribo se relaciona de alguna manera con mi forma de ser y de ver las cosas. Pero aunque soy una persona bastante analítica, detallista en algunos aspectos, creo que el texto es otra cosa. Uno toma una distancia necesaria con respecto a lo que hace ya que eso que está ahí es un artefacto, el cual se trabaja y se le intenta dar una forma determinada. Aunque el impulso inicial generalmente es algo que he vivido, que tiene que ver con una experiencia íntima, lo que trato de crear es un clima específico, un efecto particular. En cuanto a mi estilo trato de probar cosas nuevas, de no repetirme. Las primeras cosas que publiqué eran cortas, casi minimalistas. Buscaba cierta concisión, que los textos tengan un efecto inmediato, casi como pantallazos. Después empecé con textos largos, versos cortos y encabalgados, rápidos, que se acercaban mucho a lo oral. Lo que escribo últimamente es bastante extenso y narrativo y honestamente a veces no sé adónde voy; me permito digresiones y libertad absoluta en cuanto al uso o no de corte de versos, puntuaciones, extensión… A veces parecen relatos o pequeños ensayos, lo cual permite que en ocasiones aparezca algo fortuito, y eso está bueno. En lo que tiene que ver con la inspiración sí, tomo mucho de lo cotidiano, de lo que vivo día a día. Me gusta pensar en el lenguaje poético como algo que no es solamente propio de la escritura sino que está en todos lados. Es una forma de mirar, de relacionarse con el entorno. Me pasa con mi hijo, con algunas reflexiones que él hace: los chicos tienen una manera de relacionarse con el mundo muy cercana a lo mágico, a lo poético. No han pasado todavía (recién están ingresando) por esa maquinaria social por la que estamos todos atravesados y que, nos guste o no, nos moldea y nos “normaliza”. Creo que un poeta trata, de alguna manera, de irse sacando como puede toda esa carga y liberarse a través de la escritura. En este sentido me gusta lo que me provocan ciertas expresiones artísticas y no me pregunto mucho el porqué. No soy muy afecto a las teorías y las explicaciones. Si un tipo como John Coltrane (que poseía un virtuosismo y un conocimiento técnico y teórico enorme) decía que no era necesario que se entienda sino que era la parte emocional lo que importaba, habrá que hacerle caso.

La relación entre la poesía y la música es muy estrecha; hablamos del origen mismo de las civilizaciones, de sus expresiones culturales: los rapsodas, los cantos homéricos, rituales de pueblos originarios… Han nacido juntas y me animaría a decir que no existiría una sin la otra.

 

LM: Pero además del ojo para captar lo cotidiano, también podés revelar lo que subyace, cuestiones culturales, filosóficas, sociales que enmarcan todo lo que vemos como normal. Eso es algo que no pasa mucho hoy en día. Sobre todo en el caso de los poetas más jóvenes, se quedan en la superficie, en retratar en día a día sin ir a lo profundo. ¿Qué opinás de ese tipo de poesía y cómo evitás caer en ella?

SG: Hay cierta poesía, que podríamos llamar objetivista, que me gusta y otra que no. Algunos logran describir un acto cotidiano cualquiera y hablar tangencialmente de otra cosa, algo más profundo, sin siquiera nombrarlo. Eso depende de la virtud de quien escribe, en su capacidad para no quedarse sólo en la anécdota. Ted Hughes, por ejemplo, que es unos de mis poetas favoritos, describe las costumbres y la fisonomía de cualquier animal y en realidad te está hablando de otra cosa. En eso que es aparentemente descriptivo subyace un peso enorme; el tipo logra meterte en un clima y no te suelta. La descripción de un lobo viejo detrás de una reja en un zoológico de Londres le sirve para hablar de lo absurdo y terrible del ser humano, los ciclos vitales, la modernidad, el paso del tiempo… Ahí está tocando una fibra, hay una vibración que no necesita ser explicada porque la sentís. Pero bueno, te estoy dando un ejemplo extremo: Ted Hughes es un peso pesado, una bestia. Personalmente, intento que el tema sea sólo el punto de partida, el lugar desde el cual me alejo hacia algo que desconozco. Lo tomo como un ejercicio, también: voy probando formas y maneras diferentes de hacer avanzar el texto, trato de salirme de lo lineal.

LM: Me acuerdo que una vez, tratando de sacarte la ficha, te pregunté qué autores estabas leyendo… ¿te influyen en algo tus lecturas? ¿De qué manera? ¿Esa influencia es algo bienvenido? ¿Te sirve para jugar, para experimentar? Te pregunto porque, lamentablemente, me he cruzado demasiado seguido con “escritores” que te salen con esa idiotez de “yo escribo poesía pero no leo poesía para no contaminarme”… ¿Qué opinás de esa teoría de la pureza, de la necesidad de mantenerse impoluto?

SG: Imagino que sí, que lo que escribo tiene relación con lo que estoy leyendo en ese momento. Hace un par de años comencé a leer mucha más prosa (leía mayormente poesía) y creo que eso ha influido en lo que hago. Hablo de prosa pero en realidad sabemos que el cruce de géneros hace imposible distinguir con claridad los límites. Hay mucha poesía en Bolaño, en Thomas Bernhard, en las crónicas de viajes, en los diarios de John Cheever… Una persona con la que me he fanatizado este último tiempo ha sido con Herzog. Además de haber visto varias de sus películas y documentales, me atrae él como artista, su pensamiento sobre lo que hace, su concepción sobre el cine, la escritura, el arte, la vida en general. Hace poco terminé de leer La conquista de lo inútil, que es el diario de filmación de Fitzcarraldo. Para mí ese libro es un poema, un gran poema dividido en pequeños fragmentos. En cuanto a la “teoría de la pureza” que vos decís, me parece una pelotudez, básicamente. Para mí no hay nada más placentero que leer a poetas que admiro. Además del sólo hecho de disfrutar de la lectura, de ahí es de donde uno aprende algo (si es que tiene la suerte de aprender algo): de ver cómo hacen para escribir así, para lograr determinado efecto, el manejo del lenguaje, del ritmo, etc.

Algunos logran describir un acto cotidiano cualquiera y hablar tangencialmente de otra cosa, algo más profundo, sin siquiera nombrarlo.

LM: Tus dos últimos libros, Inclinación corporal y Chico Vudú, fueron ediciones de autor. ¿Cómo llegaste a esa modalidad? ¿Es una elección, una necesidad? Ahora que ya incursionaste en la autoedición, ¿la recomendás, o es solamente un último recurso?

SG: Llegué por necesidad. Tenía ganas de publicar algunas cosas que tenía dando vueltas hace tiempo y me pareció una buena opción. En mi caso, tengo un amigo diseñador y otro que trabaja en una imprenta, por lo que me ayudó bastante para decidirme a hacerlo. Creo que se pueden lograr muy buenas cosas en este sentido, ediciones cuidadas y con buen gusto. Eso es algo que también vi en Rosario: muchas editoriales independientes y muchas opciones para publicar, muy buenas ideas de edición, uso de materiales reciclables, formatos varios, etc. Tiene la ventaja de que te permite ir imprimiendo ejemplares de acuerdo a lo que vas necesitando; no te exige un gran gasto inicial de determinada cantidad de libros. Por otro lado, uno tiene que encargarse de la distribución, de promocionarlo, de cosas que haría una editorial; pero sí, es recomendable para quien quiera encararlo.

LM: Para finalizar: ¿qué tanto pensás en el lector? O sea, vos sabés que hay muchas posibilidades de que en algún momento lo que escribís sea leído por alguien y después de publicar al menos una vez la tontería del “escribo para mí” se desactiva sola. No sos un escritor complaciente, que apunta a tranquilizar, a hacer sentir bien al lector, entonces ¿a qué apuntás?

SG: Supongo que intento crear un clima, una determinada situación que genere algo en quien lo lee, que lo movilice de alguna manera.

 

El endurecimiento, la pérdida del estado inicial.
En el umbral de la expansión el Chico Vudú es una pieza móvil, sin el alta médica y con
prospectos tirados junto a la cama, frascos vacíos, la esquizofrenia todavía sin catalogar.
El escenario en llamas: el Chico Vudú y la euforia,
el Chico Vudú y el Flower Power

Los datos del muerto: 38 años, tez morena, ojos verdes. Uno imagina el desarrollo químico
y después el milagro, ese susurro que es como un pinchazo que busca el torrente
sanguíneo y entonces la parálisis, la revolución que es un ritual extraño.
El Chico Vudú, el Chico Vudú…

Uno también imagina fotos y la pericia científica,
el voltaje y la excitación.
Una Fender stratocaster prendida fuego, la palabra “tumba”

El sonido de una cuerda de acero estirada hasta la médula y una luna de color rojo. El
Chico Vudú semidesnudo sobre un catre de hierro y el equipo forense a su alrededor
analizando el fundamento que debería explicarlo todo, buscando la huella que finalmente
armará una hipótesis falsa. El delirio, el viaje, caer rendido sobre un colchón viejo en una
pensión olvidada al fondo de un pasillo por el que ya no transita nadie

Los datos del muerto: alucinación, el componente mágico… Una intensidad fuera de lo
normal y el misterio que no va a aclararse nunca. El Chico Vudú y los derechos civiles, el
Chico Vudú y el Black Power

La rigidez de la carne, la gota que humedece el iris.
Un arrebato estimuló el lóbulo temporal y al Chico Vudú la manía depresiva le llegó hasta
los huesos. Tocó fondo.
Algo terrible: la huella digital, la controversia médica

El Chico vudú, el Chico vudú

el sueño
la profecía

un círculo de flores blancas

VII

A la distancia, Yashin vislumbra los movimientos del contrario como un todo armonioso en donde ningún músculo carece de disciplina. Imagina la vista panorámica de un golfo, vías de tren, cadáveres sepultados por la nieve. Desde casi cuarenta metros el mediocampista alemán dispara de zurda, tres dedos, fuerte al segundo palo

Se mentaliza principalmente en esto:
Franz Beckenbauer no tiene la culpa de que haya existido Hitler

En su mente la pelota viaja más lento que lo que podría llegar a discernir el ojo humano común. Su instinto le ordena pivotear una porción indivisible de tiempo, luego contraer, después estirar como un resorte ambas piernas hacia su derecha

En pleno desplazamiento aéreo piensa en un pantano congelado y en trabajos forzados, en él mismo analizando la estructura hexagonal de una molécula de hielo, en el aire helado que penetra la médula, en la guerra y en el miedo a la guerra, en el silencio que representa un estadio vacío

Nuevas fuentes de energía y la producción de bienes a gran escala, cosas de este tipo lee en esta etapa de su vida, ahora con los botines puestos y a punto de llevar a cabo una atajada que el mundo del fútbol recordará para siempre. El concepto de “invencibilidad”, la indecisión como calamidad extrema, todo eso da vueltas en su cabeza mientras sus manos como tentáculos se preparan para estirarse hasta lo imposible buscando desviar el misil alemán de una vez por todas

La pelota se desplaza por el aire a una velocidad que sólo él puede configurar; la araña negra teje su propio mito e inventa el arquero-líbero, el stop-motion… Piensa en cómo un avión de caza alemán puede llegar a marcar para siempre una infancia feliz, cómo una biblioteca ardiendo durante la noche puede lograr que el lenguaje no sirva para nada Goodison Park, Liverpool. 25 de Julio de 1966. Observen su cintura: torsión de metal noble y origen del arqueamiento hacia atrás que comienza a dibujar en el aire la gloria en suspenso; el enorme Yashin a punto de pasar a la historia, un sueño gris atravesando la
niebla

de Yashin (inédito)

Nikolai Dementiev camina lentamente hacia el punto penal. Cuando apoya la pelota en la marca de cal que delimita los once pasos, siente que una presencia descomunal le hace sombra y que luego apoya una enorme mano enguantada sobre su hombro izquierdo.
Escucha una voz:

“Soy demasiado inaccesible, lo suficiente como para que el normal funcionamiento de tu sistema nervioso esté siendo modificado en este mismo momento. Me gustaría saber qué hiciste durante la guerra, si escuchaste el término circulación restringida, si viste gente amontonada en cuartos clandestinos fabricando bombas caseras, gente muerta… El pecado y el éxtasis, astilleros con nombres imposibles y troncos balanceándose suavemente sobre la espuma…Te habrás dado cuenta que esto no es una pose, que mi amplitud épica no necesita ningún tipo de exageración. Aunque te parezca extraño te admiro: para venir a patearme un penal se necesita un estado mental cercano a la inconsciencia, una confianza casi obscena

Quisiera saber tu opinión acerca de las victorias parciales y el Ejército Rojo creando la unidad en lo múltiple, si realmente creés que tu nación te representa

A veces, en medio de un partido, puedo ver a mi madre sacudiendo una alfombra en un patio de tierra (me acuerdo claramente de eso), un sombrero de ala corta, una escalera y un desván, tabaco de mascar
También veo cajones con repollos, remolachas, tubérculos… sobre un mantel increíblemente blanco crema de manteca y masas rociadas con azúcar, limonada fresca.
Mi madre llevándome al circo, también, acrobacias y animales fantásticos, desfiles, concentraciones con antorchas, banderas ondulándose al viento

Quiero que pienses en toda la gente encerrada a la espera de una condena, en instrumentos de tortura exhibidos con vergüenza en algún museo, en un pasado revisitado hasta el cansancio; en una marea roja, sí, una marea de color rojo, una ciudad sitiada y gente que come gente, supervivencia de manual

El mundo es un sueño increíble y en algún momento todo cobra sentido.
Mirame a los ojos: soy Lev Ivanovich Yashin,
espero que sepas lo que estás haciendo”

de Yashin (inédito)

Cristian Fernando Carrasco

Cristian Fernando Carrasco

Colaborador

Escritor y estudiante de Letras. Nació en 1978 en Villa Regina, Río Negro. Vive en Neuquén Capital. Fue miembro del grupo poético Celebriedades y participó en el proyecto Almacén Literario (www.almacenliterario.com).

Share This