Por Enrique Pagella.

La fascinación por la narrativa zombi no es consecuencia de una metáfora o alegoría que desentraña los horrores de nuestra cultura. Para el hombre micropolítico dicha fascinación es el reflejo de una sociedad infestada por categorías de pensamiento e instituciones zombis.

El hombre micropolítico no puede dejar de preguntarse las razones de ciertas fascinaciones culturales. Debe preguntarse por ellas toda vez que dedica su vida a cultivar una o varias disciplinas artísticas. En consecuencia debe resultarle curioso el interés masivo que concita el género zombi.

Clase de teatro para adolescentes de once a quince años. El hombre micropolítico propone una caminata. Los brazos sueltos al costado del cuerpo. Los ojos habitados. La mirada fija en un punto; luego hay que caminar hacia él. La respiración orgánica, natural. Alcanzado el punto hay que buscar otro y alcanzarlo del mismo modo.

El género zombi ostenta una tremenda potencialidad simbólica: suele ser abordado para su análisis como una metáfora y también como una alegoría. Metáfora del consumismo, del terror que despierta el otro; alegoría del capitalismo, de la masa o del yo superviviente. Moda que metaforiza o alegoriza la moda; distopía que imagina una sociedad futura donde “cobran vida” las peores pesadillas de una cultura.

Ahora se le rinde culto a la imagen corrupta de un ser humano caníbal y epidémico.

El aire entra por la nariz, llega al abdomen, abre las costillas y luego sale suave por la boca. La mente solo supervisa esas tareas. El hombre micropolítico escucha risas, susurros. Pide silencio.
Caminar con la columna erguida, respirando conscientemente. Las palmas de las manos relajadas.
Los ojos bien abiertos.

El género zombi: Metáfora del consumismo; alegoría del capitalismo.

Pero la potencialidad metafórica del género no explica la fascinación masiva. Quien consume asiduamente los productos del género no busca una luminosa alegoría cultural. Sabe el hombre micropolítico que la satisfacción primaria emana de la subjetividad que propone la figura del superviviente. Ante la catastrófica caducidad del contrato social, la narrativa zombi da por natural el ejercicio de la violencia extrema en defensa de la propia vida. No hay nada peor que un enemigo letal al que no se puede matar porque ya está muerto. De ahí la gozosa licencia para despedazarlo, desintegrarlo, trozarlo, estallarlo.

Los adolescentes siguen caminando. El hombre micropolítico propone algunas consignas para descotidianizar los cuerpos. Pisar de otra manera. Alterar los ritmos y los caudales respiratorios.
Transgredir los ejes corporales. Se escuchan murmullos, risas. Las deja desarrollarse. Pide que usen esas manifestaciones, que jueguen con ellas.

No conforme tampoco con la teoría de la mera satisfacción primaria, el hombre micropolítico recuerda algunos párrafos de la Modernidad Líquida del sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman. En ellos Bauman glosa al sociólogo alemán Ulrich Beck, quien señala que las ciencias sociales hacen uso indiscriminado de categorías zombis, es decir, conceptos-instituciones del pasado que actúan como zombis en el presente. Pero lo delicado del asunto trasciende la academia, ya que las categorías y los conceptos zombis espejan instituciones zombis, esto es, conceptos-instituciones que ya no operan en la realidad. El Estado, la Sociedad, la Democracia, la Legitimidad, la Representatividad, los Partidos Políticos, la Sociedad, la Escuela, la Familia, el Vecindario, etc., son conceptos instituidos, sólidos, que ya no pueden explicar y organizar a nuestra cultura líquida, donde las formas y los modos cambian vertiginosamente. Dichos conceptos-instituciones son categorías vivas-muertas que fatigan nuestras cabezas y pueblan nuestras subjetividades con percepciones tullidas.

La caminata deriva en una anarquía deforme y morosa. Los cuerpos adolescentes se deforman, adquieren las calidades del lisiado, del carcomido. Las expresiones de los rostros se tornan perversas y ávidas. Los brazos se elevan paralelos al piso y las bocas comienzan a mostrar los dientes. Las respiraciones suenan a gruñidos de bestias irreflexivas. La anarquía adquiere un orden, un sentido y una dirección. La masa indiferenciada ahora se dirige hacia el hombre micropolítico.

Las categorías y los conceptos zombis espejan instituciones zombis, esto es, conceptos-instituciones que ya no operan en la realidad.

Extremando la conceptualización de Beck uno puede preguntarse cómo es que dichos conceptos- instituciones llegan al gran público, cómo es que deambulan voraces en nuestros rumies, pensamientos y desconciertos, disparando “intuiciones”, “decisiones” e “indiferencias”, y ocultando, a su vez, lo real. La respuesta no se hace esperar. Esas categorías zombis llegan de la misma manera que el género zombi. Los medios, todos, liberan esas hordas en nuestras cabezas.

La banda de zombis adolescentes se cierne sobre el hombre micropolítico que pierde el sentido de la realidad y siente un repentino pavor. No puede sino retroceder con la mirada atenta a esos rostros poseídos que persiguen un solo fin. Morderlo y contagiarlo. Con el dedo índice y pulgar se hace de un revólver. Levanta el arma y comienza a dispararles al centro de la frente.

 

Enrique Pagella

Enrique Pagella

Colaborador

Enrique Pagella es actor, director y gestiona el Teatro Galpón de Diablomundo de Temperley. Escribió las obras Ruleta risa y Shkspr Fest, que también dirigió. Publicó las novelas por entregas Los Cucullú e Hijos de Maro. Este año Ed. Lamás Médula lanzó su novela San Sucio, perro conchudo. Es actor de Lab & Rinto y Volare, obras de las que también es co-autor y autor.

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