Por María Malusardi.

Poeta, lectora de Emily Dickinson y autora de culto, Paulina Vinderman nunca arriesgó calidad y en cada uno de sus libros compacta una dinámica ética y estética en perfecta consonancia. Nos adentramos en su poesía.

Esta entrevista fue publicada por María Malusardi en la revista Caras y Caretas, en el número de febrero de 2013, y actualizada y reeditada por su autora especialmente para Lamás Médula.


 

Hay poemas de roce: deslizan sus filamentos y se van. Hay, en cambio, otros de batalla: los que intervienen la vida; imprescindibles, cauterizadores, pacientes, modifican y hasta parasitan bellamente. Categorías simbólicas de la percepción, ambas, ayudan a separar la paja del trigo en el lenguaje, tarea más que dificultosa en estos tiempos de ruidosa maleza. Es necesario distinguir el poema efímero –el de roce, que no es poema- del poema tenso, exégesis de su propia trascendencia. En esta zona de orfandad y de riesgo –en este paraíso del desasosiego- agita sus “muelles” la obra de Paulina Vinderman que logra, a través de la precisión de sus versos, fertilizar al lector contactándolo con la mudez del mundo. “Sólo las palabras nos ponen en contacto con las cosas mudas”, dice Giorgio Agamben refiriéndose a la energía dislocadora y sublime de la palabra poética. “La poesía siempre será perder lo que consigo nombrar”, precisa un verso de Vinderman. Y su voz en vivo agrega: “Tenemos que llegar a lo esencial. Y el lenguaje es lo esencial; una vuelta al origen; una vuelta a la muerte, cuando todavía no estábamos vivos. Es, en realidad, un intento por tocar el silencio.”

Lectora eterna de Emily Dickinson (“sus libros sobre mi mesa de luz y su daguerrotipo en mi escritorio”) y autora de culto, Vinderman nunca arriesgó calidad y en cada uno de sus libros compacta una dinámica ética y estética en perfecta consonancia. Puede decirse que un poeta ha encontrado un estilo cuando distingue la vibración de su voz dentro de esa voz entera, universal. “El estilo de un poema y el poema son una misma cosa”, expresa con exactitud Wallace Stevens. Porque el estilo, dice el autor mimado de Harold Bloom, es algo inherente, algo que se infiltra en el poema: no es algo aplicado, “no es un vestido” sino “una voz inevitable.” No se elige sino que surge mientras se desgaja la vida en las habitaciones del lenguaje.

La poesía es un lugar, pero sobre todo para mí es la búsqueda de un lugar.

Vinderman rememora y repasa su proceso: “Mis poemas de juventud fueron todos a parar al cesto de papeles porque estaba muy influida por las hormonas. De los primeros libros hoy sacaría poemas. Y sin una valoración estricta sino puramente afectiva, siento una predilección por La balada de Cordelia (1984), un libro que escribí con fervor. Tengo cierta debilidad por ese alter ego, esa Cordelia que dibujé, tan frágil, tan apegada a la verdad, como la hija de Lear. Además es un poema único, dividido en cantos como las antiguas baladas”:

“No sabrá nadie, Cordelia,/ de tu amor./ Escucha. Escúchate en el abrazo/ como en un libro herido./ Deja entrarte de lunas/ y que él cace una noche/ de tu historia entre doscientas./ Y no hace falta una corona/ de anémonas/ ni un espejito morado/ ni un oleaje de victorias/ en delito.”

No obstante la maravilla que irradia La balada de Cordelia, Vinderman asegura que encontró su voz, o acaso la identificó más firmemente, recién a partir de Rojo junio (1988). “Aunque uno no está seguro nunca de esa voz,  sino dejaría de escribir. Lo que en verdad me interesa es la búsqueda. La poesía es un lugar, pero sobre todo para mí es la búsqueda de un lugar.”

Escalera de incendio, Bulgaria, El muelle, Hospital de veteranos, Bote negro, La epigrafista, Ciruelo, además de varias antologías y traducciones, completan su obra. Y cabe destacar su más reciente publicación: Cuaderno de dibujo, editado por Alción. Singular, por el juego entre el trazo del contorno de una figura y el trazo de la letra: “Escribo como quien dibuja en la oscuridad.” Lo imposible de la escritura es lo imposible de la existencia en la luz. “¿Cómo se dibuja el estar afuera?” La fundición de imagen, sonido y palabra genera polisemia y en esa polisemia la síntesis impacta como un relámpago sobre la seda. “Recobré una palabra perdida y / la volví color. / ¿Es eso tapar el silencio?”

“Recobré una palabra perdida y / la volví color. / ¿Es eso tapar el silencio?”

“Escribo para comprender aunque también para ser comprendida”, dice la autora. Y asume que cada libro es un mundo, marcado por una época y sus obsesiones. “Sin embargo, yo creo que el poeta escribe un solo poema a lo largo de su vida, a pesar de estar divido en capítulos, ítems, títulos, como quieras llamarlo. El poema casi siempre crece desde una frase; una frase que hace ruido o veo escrita como si se tratara de un pizarrón. No sé dónde voy ni me lo pregunto; avanzo en el papel como en un verdadero viaje: alguna epifanía, con suerte, habrá; algún pez quedará en mi red y lo arrojaré de nuevo al agua para la próxima pregunta, para el próximo poema”:

“La poesía siempre tendrá ojos de perro perdido,/ siempre dará luz a lo imposible./ Se preguntará por qué puerta escapó nuestro amor/ y en qué muelle está el barco que me lleve/ al olvido (al olvido de todos los muelles)./ Siempre será una flor asfixiada en una cripta/ oliendo a resina y a desesperación.”

Asombrosamente compactos y parejos, sus poemas labran un sistema de escritura, una trama oculta que incita y aprisiona. La poeta saca de la manga del mundo una escena; la escena surge, se desliza desde el puño como un pañuelo que se abre y se arma territorio del poema. El mundo calla. El poema silba colores inventados. El poema regocija porque asombra, nos despierta de un antes irrisorio y nos condena a un óleo cautivante en su infinitud, en su marejada. El poema es un grabado donde lo punzante del trazo está en el recuerdo que aloja y tensa detrás del verso, una cuerda que aprieta, una espina que indaga y duele.

“Amo este balanceo en la nada,/ los recuerdos como linternas en la noche/ que atraen a los animales y los alejan de sus cuevas./ Mi cueva es este verano inmóvil, metafísico,/ casi reverente./ ¿Hay alguien ahí?/ No es fácil de entender tanta certeza, duele el mundo/ y yo soy el mundo./ Un galpón atestado de maniquíes de vidrio/ para verles, de lejos y de cerca, los hilos de la repetición.”

“Escribo para comprender aunque también para ser comprendida”, dice Paulina Vinderman.

Una soledad teatral. Una estación de tren de pueblo abandonado donde alguien espera -un cuadro de Hopper. Una densidad onírica en la que la palabra asume ese eterno preguntarse sobre el ser que en la filosofía inquieta – como sugiere Stevens- y en la poesía calma: “El fin del poeta es la realización, ya que el poeta encuentra una aprobación de la vida en la poesía” –un cuadro de Kandisnky.

En su notable poema La equilibrista, Vinderman inicia al lector en este andar:

“La equilibrista mueve su sombrilla/ y su pie aletea sabiamente hacia delante/ y hacia atrás, hocico de luna dentro de su zapatilla/ con lentejuelas./Nadie sabe en las gradas/ de sus ojos ahumados porque su amor ha muerto./ Y ella piensa, mientras los tambores/ suenan lejanos desde el foso,/ a qué regiones de trampa puede llevar/ el dolor,/ cuando la misma ceremonia de homenaje/ ha de cumplirse/ tanto si adelanta el pie sobre la cuerda/ porque la vida espera/ o si se deja caer, burbuja de color,/ con la sombrilla cerrada como paracaídas inútil,/ a un oscuro suelo, a su compasión.”

María Malusardi

María Malusardi

Colaboradora

Escritora, docente y periodista. Publicó diez libros de poesía, entre ellos El sastre (Mención especial del Premio de Literatura Casa de las Américas 2015, de Cuba) y Trilogía de la tristeza(Finalista Concurso Olga Orozco 2009, con jurado integrado por Antonio Gamoneda, Gonzalo Rojas, Juan Gelman y Jorge Boccanera; traducido al francés). Escribió, como periodista, desde 1989, en los diarios Clarín, Perfil cultural, La Gaceta Cultural y las revistas Nómada, Nueva, Debate, Lugares, El Arca, Caras y Caretas. Dicta, en TEA, las materias La entrevista y Estilo.

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