Por Cristian Fernando Carrasco.

Entrega #19

Y acá estamos. Este es el momento decisivo. Nuestro relato pasa del pretérito al presente. Las cartas están sobre la mesa, por así decirlo. De lo que suceda en los próximos segundos depende nuestra supervivencia.

Los seres humanos no van verse afectados por nada de lo que pase aquí, claro. Para algunos somos sólo historias y seguiremos siendo sólo historias, mitos, explicaciones nada científicas de fenómenos naturales o estados de ánimo extremos. Para otros sólo somos arquetipos, personificaciones de esos mismos fenómenos y estados que han tomado conciencia de sí, lo que permite endilgarles actitudes y vicios humanos.

El problema es sólo nuestro.

Ahora que nuestro creador sabe que lo es, decidirá qué hacer con nosotros. Dejarnos vivir o aplastarnos, darnos más poder o hacernos desaparecer.

¿Qué hemos hecho nosotros con nuestras creaciones a lo largo de la historia?

Mejor no hablar de ciertas cosas.

*

Emanuel se aleja, toma una de unas carpetas que están apoyadas sobre la mesa blanca y regresa. Saca una página y la apoya contra el vidrio. En la página se ve un dibujo a lápiz, con el perfeccionismo dotado de un DaVinci o un Rembrandt. Es un retrato en primerísmo plano de mi rostro, pero en lugar de vestir con mis ropas modernas, tengo mi vieja toga y mi vieja corona de laureles.

Sin mediar palabra, apoya un retrato de Jesús. Y no es el Jesús de las películas o las estampitas: es el Jesús real, el Jesús-Jesús que tengo al lado, barbudo y con pelo largo, sí, pero con la cabeza cuadrada y los cachetes llenos propios de los semitas.

Después apoya un dibujo de cuerpo entero que reproduce a Balder siendo asesinado por la rama de muérdago. Es más que bueno. El dolor del cuerpo atravesado sale de la página, se siente, te hace doler el pecho en el mismo lugar en el que se retrata la carne rompiéndose. Su cabello largo se eleva mientras el cuerpo cae. La muerte juega con su pelo como una modelo en una sesión de fotos de Halloween.

Balder, que nunca se ha visto morir desde fuera, observa hipnotizado.

El último dibujo es el mejor. O el peor, depende. Hace su aparición desde el opuesto exacto del histrionismo que Eros demostró momentos atrás en el laboratorio alquímico. En un movimiento único, Emanuel saca otra hoja y la apoya en la superficie transparente con la misma fuerza y siguiendo la misma trayectoria que los demás, sin destacarlo. Sería redundante, supongo.

En ese último dibujo aparecemos los cuatro, tal como estamos ahora, mirando a un niño del cual nos separa un vidrio. El niño sostiene en el aire una hoja en la cual estamos los cuatro, tal como estamos ahora, mirando a un niño del cual nos separa un vidrio. El niño sostiene en el aire una hoja.

Y así hasta el infinito.

*

Esperábamos algo como el Arquitecto al que Neo puteaba todo el tiempo: un aristócrata viejo que retorciera su barba y fumara en boquilla, hablando de “palabras finales” y “últimos deseos” con arcaísmos de seis sílabas y muchas subordinadas. Gastándonos, menospreciándonos, calificándonos de “mentiras” o “personajes inventados”, creando todas las dudas posibles acerca de nuestro rol en el gran esquema de las cosas.

Pero es solamente un niño.

Un niño que está empezando a perder la fe.

Perder la fe duele. A él le duele en el alma pero a nosotros en el cuerpo. Es como un hambre de semanas, como anemia sintomática. Inmunodeprimidos en el alma, nos sentimos escasos de existencia, transparentes, humo dentro de un globo con forma humana que un pinchazo y un soplido pueden disgregar hacia la nada.

Él entiende que hay algo extraño, que no es normal haber dibujado lo que ahora está viviendo. Un deja-vú gráfico. Adivinación mediante imágenes. O mucho más, tal vez.

Necesitamos saber, así que intento algo: le digo al pequeño enfermero que le pida a Emanuel que se desinfecte las manos. Cuando el niño toca y esparce el alcohol, mi atributo, entramos en contacto y puedo leer su memoria como un libro. Puedo leerlo todo, incluso cosas que él no sabe porque ocurrieron en el plano espiritual.

Lo primero que capto es un sonido. Una melodía. Palabras:

“Imagine there’s no heaven / It’s easy if you try / No hell below us / Above us only sky”.

*

Así empezó todo, con John Lennon, pensando en el poder de la imaginación para cambiar el mundo. Ese fue el combustible. Pero el combustible necesita algo con qué arder: en este caso, las diversiones de Emanuel.

Semanas atrás le habían dado libertad respecto a lo que podía ver y leer. Como adolescente, consideraban que disfrutaría más de lo que él eligiera sin supervisión adulta.

Comenzó por las comedias. Películas y sitcoms. Slackers: gente tonteando en su casa, perdiendo el tiempo, hablando sin sentido. Películas de Kevin Smith, Seth Rogen, James Franco.

Series de amigos que se reúnen alrededor de un sillón a mirar televisión mientras comen pizza, toman cerveza y fuman marihuana. Comedias de vagos poco aptas para niños de su edad pero disponibles en televisión a cualquier hora del día.

Exactamente igual a lo primero que recordamos de nuestra vida actual.

*

Cristian Carrasco

Cristian Carrasco

Colaborador

Escritor y estudiante de Letras. Nació en 1978 en Villa Regina, Río Negro. Vive en Neuquén Capital. Fue miembro del grupo poético Celebriedades y participó en el proyecto Almacén Literario (www.almacenliterario.com).
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