Por Cristian Fernando Carrasco.

Entrega #20

Con todo su tiempo libre, Emanuel no hace otra cosa que mirar películas y series, leer, escuchar música. Su mundo está compuesto desde siempre por ideas extraídas de esas manifestaciones artísticas. Se cansa rápido, como todo niño, por eso va cambiando de géneros, literarios y cinematográficos. Y esos cambios modifican la forma en que nos ve.

Nos fue imaginando según los moldes obtenidos de los libros y las películas que veía. Intenet le permitió comprar libros de la misma temática, bajar series completas y mirarlas en una tarde.

Después del slacker vino una novela de detectives, una comedia de enredos y engaños amorosos, una serie de misterio sobrenatural, una de esas buddy-movies en las que siempre matan al mejor amigo del protagonista, una historia de espionaje con su villano estrambótico. Molde tras molde tras molde.

De esa forma nos concibe: por un lado, tan enormes que no se nos puede abarcar de una sola vez, pero al mismo tiempo tan etéreos, tan volátiles, que cabemos en cualquier molde.

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Esas obras, esos libros y series, se apoyaron en el sustrato conformado por sus primeras lecturas. Tal vez fue a propósito. Parece demasiado extraño como para haberse dado de forma natural. ¿Quién le da a un niño textos religiosos y mitológicos para leer en su primera infancia?

Tal vez no hubo un plan previo y todo fue producto de las circunstancias: era lo único que los adultos a su alrededor tenían a mano para darle, alguien quiso sacarse los libros de encima y los donó al hospital. La única verdad es la realidad, y la realidad es que Emanuel aprendió a leer a los tres años y sus primeras lecturas fueron religiosas.

Ahí me encuentro con una laguna: él no recuerda cómo aprendió a leer, quién le enseñó. Alguien debió entrar en su máquina de soporte vital para enseñarle, pero se borró de su memoria. Después de un tiempo, todo lo relacionado con la infancia desaparece. La memoria es un ancla frágil, endeble, manipulable. Podemos despertar una mañana con toda una vida de recuerdos fraguados y no enterarnos nunca, vivir dándolos por ciertos hasta el último día, llamándole pasado a lo que es sólo un engaño.

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De los libros de religión y mitología lo sedujo la esperanza: la humanidad inventó esas historias para convencerse de que hay un sentido en la vida y Emanuel esperaba encontrar un sentido para sí. ¿Qué hacía si no aguantando esa monotonía, esa falta de libertad, día tras día?

“Las cosas pasan por algo”, la mentira sobre la que está levantada cualquier religión.

Castigado desde el día en que nació, encerrado de forma permanente en su habitación como el peor hijo del mundo, era el símbolo y la cifra del ser humano: una cosita enferma, defectuosa desde la fábrica, o caída, como latas que se abollan y ya no sirven, digna de ser expulsada del Paraíso, de la Tierra Prometida, de la Edad de las Mesas de Oro, de lo que sea.

Durante un tiempo le sirvió creer que todas las explicaciones alegóricas eran verdad, que esos dioses, héroes, batallas y metamorfosis habían existido en la vida real. Pero eso acabó por simple lógica: si hay mil explicaciones del mundo, ninguna es fidedigna. Si dios es eterno y completo, no evoluciona, no puede cambiar de ideas ni de actitud frente a los hombres. ¿Qué sentido tiene que haya un dios de la tormenta, un dios de la riqueza, un dios de la envidia? Son tres ámbitos de la existencia totalmente diferentes, unificarlos no obedece a ninguna lógica.

Es como si a cada ente del mundo, natural, emocional o creación humana, no importa, se le adjudicara un documento de identidad y una personalidad sólo para darle forma y resistencia a ese bastón para minusválidos del alma, a fin de apuntalar una mentira necesaria para niños, tontos y débiles.

Llegando a esa vacuola de seguridad brillante, una minisupernova celeste en medio de su cerebro, el contacto se rompe. Necesito saber muchas cosas más pero Emanuel está tan convencido de mi irrealidad que toda su mente me repele. Salgo expulsado por un viento que todo lo empuja.

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Algo no está bien. La fe no desaparece. Incluso el nihilismo, creer en la nada, es un salto de fe: desconocer todas las posibles respuestas y optar por su ausencia definitiva.

Ningún ser humano puede vivir sin fe. La fe cambia de objeto, eso es todo. Tenemos que encontrar ese elemento nuevo que nos roba nuestra fuerza vital, nuestro líquido nutritivo. Ambrosía, néctar, como quieran llamarle: no es otra cosa que fe líquida que podemos libar copiosamente, como condes que miran rielar la luna mientras se atiborran en un banquete espeso. Gelatina a medio solidificar de fe. Si se encontrara la forma de inyectarlo, sería la droga definitiva.

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Se impone un interrogatorio, pero no sé cómo empezarlo. No puedo decirle a Emanuel: “Ché, acabo de estar en tu cabeza hackeando información, pero hay algunas cositas que no te pude robar, así que te las tengo que preguntar en la cara”. Pero después pienso “¿por qué no?”, y le digo:

– Chw, acabo de estar en tu cabeza hackeando información, pero hay algunas cositas que no te pude robar, así que te las tengo que preguntar en la cara: ¿cambió algo en estos días?

– No creo. Mi vida no es precisamente una montaña rusa de experiencias nuevas.

– ¡Carajo! Si pudiera saber qué pasó podría averiguar cómo arreglarlo.

– Cambié yo, supongo, mi forma de pensar. Ya soy más grande y puedo usar la lógica. Y la lógica me dice que ustedes fueron, cada uno en su tiempo y lugar, mentiras que pasaron por verdades absolutas. Pero no son mentiras demasiado buenas porque las mejores mentiras son las que se asumen como tales. En esas sí vale la pena creer. En las historias, donde realidad e imaginación se mezclan para generar sentido. Por ejemplo, en estas que encontré ahora –dijo, mientras sacaba revistas de bolsistas transparentes. Cómics. Historietas de héroes con poderes dignos de dioses.

Entonces entiendo: ese fue el cambio. Religión por superhéroes. Frescos y esculturas por dibujos secuenciales. Mitología antigua por mitología contemporánea. Ahora ellos ocupan en su imaginación el espacio que ocupábamos nosotros. Los superhéroes nos están matando como el video mató a las estrellas de radio.

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Cristian Carrasco

Cristian Carrasco

Colaborador

Escritor y estudiante de Letras. Nació en 1978 en Villa Regina, Río Negro. Vive en Neuquén Capital. Fue miembro del grupo poético Celebriedades y participó en el proyecto Almacén Literario (www.almacenliterario.com).

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