Por Roberto Liñares.

En esta nueva entrega, nuestro carnicero cruza dos historias, tres escritores, algunos ríos y los bares de dos ciudades para hacernos preguntas acerca de la juventud, aquel divino tesoro.

“…Agotada sus palabras le quedaba la vida…”
Sebastián Salazar Bondy Puerto Maldonado. Perú. Mayo 1963

Ciego de cielo, sus ojos se helaban, el Sol se acribillaba en el cosmos, y Javier servía sopa de sangre en el cuenco de su estómago, sobre una canoa de tronco con su dueño que contribuyó, con su muerte, a la confusión. En definitiva el balsero ya no tiene oportunidad de pensar si hizo bien en andar por el río recogiendo nadadores desesperados por cambiar la situación social de Perú. Javier yace despojado de ropas y de armas en medio del río Madre de Dios, del Departamento de Madre de Dios, cerca de Puerto Maldonado, puerto de balsas y balseros a la derecha del silencio, ahora como balas y baleadores. En tanto Javier deriva, remonta la eternidad sin remos, ya no hacían falta disparos. Él y otro joven venturoso con el viento del futuro, habían concluido la danza del trapo blanco enarbolado clemencia entre los árboles. Policías uniformados y civiles formateados preferían el ritmo vertiginoso de la cacería de fieras humanas.

Disparaban sobre seguro, desde lo alto del río, durante hora y media. “No disparen más”, gritaba Javier, pero estaban de remate, sin puesta de la correspondiente bandera roja, como es usual en estos casos. Cerca, acosado con otras canoas y en el fervoroso palco de la ribera de Madre de Dios, del Departamento Madre de Dios, pero sin la piedad, moría un nuevo Cristo lleno de muerte, que pasó de la muerte al olvido.

“¡Basta!” Pero ya se había espiritualizado el fuego, y ya se hacía otro fuego desde otro lugar. Desde los males que deben desterrarse de la patria, etcétera. Venían poco antes Javier y siete más, enmarañados como la selva fronteriza del Ex Imperio Inca, ocho, dibujando el cabalístico ocho de la unión de Dios con lo creado por la Creación, a iluminar la espina dorsal de los Andes, colgando focos guerrilleros. Sin embargo se fueron deshilachando, entre presos y profugados, hasta ser dos, internándose a nado por el río Madre de Dios, sorprendidos por la Policía y lisiados por la desesperación y el desencanto coral de la colaboración de los marginados en los márgenes del río.

Venía mucho antes Javier, de ser un peruano estudiante de cinematografía en Cuba. Y aún antes venía de ser Javier Heraud, un joven poeta, joven promesa del avejentado Perú, lo cual era de por sí un joven peligro, que cesaría como arriba se dice, río arriba, en el pétreo y apedreado fondo del Perú, en andurriales andinos. Y venía de ganar los juegos florales, pletóricos de poesía. Y de publicar en medios locales. Toda una… es decir, cómo se podría decir… un joven de tan sólo 21años con todo un prometedor futuro por delante.

Tenía claro fines y finales. Él eligió el viaje y elegía ser río, el eterno y cambiante río de Heráclito.

Estaba arrojado y rojo en su cuerpo y a sus anchas por la anchura del río. En vida y para su muerte él había escrito: “…y supuse que / Al final moriría / Alguna tarde / Entre / pájaros / Y árboles…”. O en su libro El viaje, en el poema Elegía: “Yo no nunca me río de la muerte. / Simplemente / sucede que / no tengo miedo / de / morir / entre / pájaros y árboles.”.

Tenía claro fines y finales. Él eligió el viaje y elegía ser río, el eterno y cambiante río de Heráclito. Del río de la muerte no se rió, pero no lloró. Se limitó a morir como elegía. En el río de la vida hacia la muerte fue profundamente río profundo. Él dijo una vez en un libro y en el poema El río: “…Yo soy un río, / voy bajando por / las piedras anchas, / voy bajando por / las rocas duras, / por el sendero / dibujado por el / viento. / Hay árboles a mi / alrededor sombreados / por la lluvia. / Yo soy un río, / bajo cada vez más / furiosamente / más violentamente, / bajo / cada vez que un / puente me refleja / en sus arcos…”. O en otro recodo de este río de tanta tinta e intento: “Yo soy el río. / Pero a veces soy / bravo / y fuerte, / pero a veces / no respeto ni a / la vida ni a la / muerte…”.

Lima. Perú. Enero 1964

Decidida y rotundamente cumplió con el curso de una caudalosa vida, de un caudaloso río. Se ocuparían diarios y revistas del curso de los acontecimientos que llevaron a su asesinato.

Como por ejemplo, (sea permitida la audacia), el diario La Prensa de Lima, que leo en una mesa del bar Cordano cerca del Palacio de gobierno, a poco de la muerte de Javier. O a principio del año siguiente en el mismo bar, llevado en el vagabundeo por la calle Ancash, la revista Piélago, donde un joven llamado Mario Vargas Llosa, desde París -mirador lejano y privilegiado para considerar las alternativas políticas de Sudamérica- en una nota intitulada Homenaje a Javier Heraud se preguntaba: “…¿Javier Heraud muerto por la policía en la selva Amazónica? ¿Javier Heraud arrojado a la fosa común de Puerto Maldonado por los propios homicidas, en los umbrales hirvientes de la jungla? Los diarios de Lima mienten y calumnian como un hombre respira, son la abyección hecha tinta y papel. Pero esta vez quiero creerles, tiene que ser cierto que ese muchacho que todos amábamos ha muerto con las armas en la mano, defendiendo su vida hasta el final. No es posible que los guardias, esos perros de presa del orden social de gamonales, generales y banqueros, lo mataron a mansalva. Sería inicuo, demencial…”

En ciertos tramos no puedo evitar el sorbo de la glosa: “Los diarios de Lima mienten y calumnian como un hombre respira, son la abyección hecha tinta y papel. Pero esta vez quiero creerles…” Terriblemente certero pero… ¿Querrá creerles a través de los años que cambian con el almanaque? “…orden social de gamonales…”. Gamonal: Persona que en un pueblo o región ejerce excesiva influencia en asuntos políticos administrativos. Sinónimo: cacique. Uno podría imaginarse a Bartolomé Mitre como un cacique. Me cuesta. Y se me hace cuesta arriba seguir leyendo.

Otro sorbo de Llosa: “…Qué honda y negra debe ser la injusticia, qué sangrienta y feroz miseria tiene que asolar el Perú para que este adolescente que cantaba la soledad y el paso de las estaciones, decida convertirse en un guerrero. Cuando alguien como Javier Heraud estima que ha llegado la hora de tomar el fusil, para mí no hay duda posible, su gesto me demuestra mejor que cualquier argumento que hemos llegado a lo que Miguel Hernández, otro poeta mártir, llamaba ‘el apogeo del horror’, que son inútiles ya la persuasión y el diálogo…”. Trago glosa… ¿Qué distancia habrá entre la inutilidad de la persuasión y el diálogo y las presentaciones en exposiciones de libros y el adecentamiento gozoso que significa una nota cultural de un diario de la nación, en una mañana de sol, entre café y croissant?

¿Javier Heraud muerto por la policía en la selva Amazónica? ¿Javier Heraud arrojado a la fosa común de Puerto Maldonado por los propios homicidas, en los umbrales hirvientes de la jungla?” Mario Vargas Llosa

Y el tiro final, en papel: “…Acabo de releer la última carta que recibí de él. Es fogosa, llena de pasión por Cuba, que lo había deslumbrado, de un optimismo insólito pues era predispuesto a la tristeza. Pronostica un porvenir ancho y hermoso para el Perú. El no podrá ver ya ese país que ambicionaba, ni sabrá que, vencido este período de sacrificios cruentos, las futuras generaciones pronunciarán su nombre con respeto y dirán orgullosas: “El primero de nuestros héroes fue un joven poeta”. ¿Y el último de los abyectos, ejercitado saltimbanqui?” Me pregunto saliendo del bar Cordano rumbo a la Iglesia de San Francisco. Emocionado homenaje Vargas. Espero conocerlo en el futuro. Lo mismo hubiera querido Javier Heraud.

Se hace de noche en Lima. Por una callejuela oscura, amanezco en Buenos Aires pocos años después, 1967. Es difícil de creer, pero tantas cosas son difíciles de creer. Una más…

Buenos Aires. Argentina. Septiembre 1966.

Estoy hojeando en la tortuosa y lenta luz de un café porteño un libro de un joven, José Ricardo Eliaschev, (prefiero llamarlo “Pepe” Eliaschev): El largo olvido, una colección de sus poemas escritos entre 1962 y 1965, editado por La Rosa Blindada, en la colección de poesía dirigida por José Luis Mangieri. El largo olvido… ¿Qué largo olvido puede tener un joven? ¿O está proyectado para que dure muchos, muchísimos años, por eso largo?

El pequeño libro está salpicado de frases laudatorias (“Hay un puño que golpea, una mano alerta, una cara cortada. Esto es poesía” de Ariel César Molinari). Hay epígrafes grandilocuentes (“He aquí las mismas manos que alzó mi alma en combate. / He aquí la misma noche desde donde retornan”, Neruda). Hay dedicatorias bien definidas, como en el poema “Villa Gessel” “A Rolando Hanglin, viejo amigo de incertidumbres”, el cual comienza con esta línea: “Hay una grandeza salada que trabaja a los hombres…”.

Pregunto: ¿Cuánta incertidumbre es uno capaz de asimilar? ¿Es conveniente hacer surf en la certidumbre, paga o impaga? ¿Cuánta grandeza salada (es decir el mar –tratándose de Gessel-) puede trabajar a un hombre, es decir erosionarlo? También hay fragmentos extraordinarios por su interés, como en el poema Un dolor que cae a plomo: “…Porqué, Dr. Guido, contésteme, en Buenos Aires hay ahogo, / porqué en esta estrecha Argentina no hay donde amar al amor…”. Este estilo de interpelar a presidentes (con reparos Guido lo era) con términos serios y adustos, ¿podrá ser un artificio que acredite un serio compromiso con la realidad? ¿O será sólo ruido? ¿A quién le interesa un cargo de presidente, si necesita arder de amor?

Pepe dice de él dentro del libro: “…hice los estudios secundarios en un Colegio lleno de recuerdos, testimonio de una época en cierto modo heroica, el Nacional Buenos Aires…”. Cuán alegre, bulliciosa y jacarandosa debe haber sido la estudiantina del centro porteño, para dejar recuerdos, por supuesto sólo recuerdos, suficientes para perdurar en la vida y en la FUBA. Más adelante proclama: “…Tengo un libro inédito, Cementerio de la esperanza, y –como es natural- muchos proyectos. Dos nombres de la poesía argentina me inquietan: Gelman y Urondo”. Y yo proclamo: Largo olvido…, Cementerio de la esperanza. Entonces de entrada hay entierro para la esperanza. Demasiado rápido para tener pocos años. Otra pregunta: no lo dice pero ¿Qué le inquietará a Pepe de la poesía de Gelman o de Urondo? ¿Cuánto le podría durar la inquietud? De lo que no tengo duda es que es un intelectual con muchos y muchos proyectos, que requieren su trayecto…

¿A quién le interesa un cargo de presidente, si necesita arder de amor?

Sin embargo creo que el plato fuerte es un breve poema con tufo a haiku, con el siguiente y pomposo título Ho Chi Minh, Mandarín del arroz, escrito en julio de 1965, poco más de dos años después de la muerte de Javier Heraud, y el cual no puedo dejar de transcribir en su totalidad:

“Ho apretó sus dedos nervudos,
los filamentos del país,
y miró la bomba 72.000
que incendiaba al mundo
y caía al cielo.

Su pestaña permanecía imperturbable,
como siempre,
el agua respiró en barros,
y mirando fijo deshilachó su sangre:
“Estamos dispuestos a luchar veinte años”, dijo.

La bomba 72.001 estalló a continuación rompiendo el último crujido de la tarde.
Vietnam se acurrucaba.”

Prometo que es una de las últimas preguntas de mi vida: ¿Cuántos años estará dispuesto a luchar José “Pepe” Eliaschev? Veinte seguro espero, pero ¿minutos, días, semanas, siglos? Espero que el porvenir en su vorágine, devele esta mi curiosidad.

Cierro el libro. Voy a ir al año 2017 por el pasaje Carabelas. Con el pago al mozo, se truecan y trastocan palabras: “Heraud – Héroe – Herodes” y una frase que Salazar Bondy le ofreciera a su paisano peruano y asesinado cruelmente: “…Agotada sus palabras le quedaba la vida…” que muta constantemente en mi mente por “Agotada su vida le quedaban sus palabras” y que me caía como una pepa amarga.

Por mi parte, agotada la honda, angustiosa y colonizadora tristeza por las distintas formas de muertes jóvenes, solo me quedaba salir al fragor de la calle, esperando enajenadamente que alguien me digitara en la espalda diciéndome: -Hola che, soy Javier-.

Roberto Liñares

Roberto Liñares

Colaborador

(1955, Buenos Aires) Poeta. Sus obras han sido publicadas en distintas revistas, y formado parte de numerosas antologías. Ha recibido varios premios (Biblioteca Belisario Roldán, Departamento de Extensión Universitaria de la Facultad de Derecho, Club Banco Provincia, Central de los Trabajadores Argentinos, Secretaría de Cultura de la Asociación Bancaria, etc.). Participa en distintos recitales y “performances”.

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