Por Quique Pagella.

El hombre micropolítico muchas veces se desalienta. Si bien sabe por experiencia propia que nada permanece en su forma, se desalienta al constatar que sus microconstrucciones sufren la misma erosión sistémica.

Minuciosa y largamente ha abordado el hombre micropolítico a los filósofos del devenir. Heráclito, Nietzsche, Deleuze y, últimamente, Bauman. Ha leído y discutido sus conceptualizaciones. Creyó que esa comprensión le permitiría crear un sistema de relaciones distinto, iluminado por valores críticos de la cultura e inmune a la inestabilidad inmanente del cotidiano.

Pero de pronto – nunca se advierte como un proceso – descubre con pavor que todo ha cambiado. El emprendimiento que forjó con tanto trabajo y que comenzaba a mostrar signos de vitalidad ha entrado en coma. Aquellos que seguían y elogiaban la retahíla de microacontecimientos que daba vida a su micropolítica, ahora son llevados por otras series, por otros cursos, muchas veces antagónicos al suyo. Es el momento en que se evidencia que su serie de microacontecimientos larvaba otras series, que surgen de pronto a la superficie, al parecer incoherentes, pero que mediante un pormenorizado análisis adquieren una sorpresiva consistencia.

El presente se vuelve una pesadilla de la que no puede despertar. Quedan pocos a su alrededor. No hay estado de cosas que no se haya transformado.

Es la hora de las traiciones. El presente se vuelve una pesadilla de la que no puede despertar. Quedan pocos a su alrededor. No hay estado de cosas que no se haya transformado. Un cataclismo cultural ha arrasado con todo. El idioma mismo parece otro; le cuesta comprender lo que se dice. Contemplando la escena no puede precisar qué ha sucedido. Quien lo amaba ya no. Otros padecen una súbita amnesia y lo tratan como a un extraño. Lo familiar adquiere la calidad de lo siniestro. No tarda en darse cuenta que muchos de los que lo rodean y parecen vivos están, en resumidas cuentas, muertos. El cataclismo ocurrió tan de repente, fue tan intenso y efímero su modo de acaecer, que a las víctimas aún las anima cierta inercia vital. Tarde o temprano hederán y caerán al piso. No son zombis. No desean devorar al hombre micropolítico. Lo que buscan no tanto como voluntad sino, y mucho más, como fuerzas, es hacerlo desistir.

La verdad ha dejado de funcionar como concepto estructurante de la realidad. En ninguna época se le encontró a la mentira un eufemismo tan creativo. La post-verdad: mentira de laboratorio para redes sociales. La post-verdad no es ajena a los medios masivos de comunicación. Muy por el contrario, las empresas periodísticas, los grandes de Internet y la política son los creadores de esa manera de usar la mentira. Ya no deberíamos, piensa el hombre micropolítico, hablar de formadores de opinión sino formadores de la emoción. La subjetividad acorde al sistema ya no necesita profesar la apariencia de un razonamiento para afirmarse; le basta con sentirse fuerte, con un objetivo claro, que no deje lugar a dudas. Muerta la verdad, queda al desnudo el juego de las fuerzas, sus antagonismos, sus conflictos. El ejercicio de cualquier poder, del más nimio al más excelso, no busca validarse en la posesión de una verdad, su validación es el ejercicio.

La verdad ha dejado de funcionar como concepto estructurante de la realidad. La post-verdad: mentira de laboratorio para redes sociales.

La voluntad de poder despliega dicho ejercicio en el entramado cultural del gran teatro de la fuerzas reactivas y activas según el Nietzsche de Deleuze.

1) Las fuerzas dominantes se llaman activas, con poder de transformación y afirmación diferencial, son fuerzas plásticas, capaces de transformarse. Lo activo es tender al poder, es apropiarse, dominar.

2) Las fuerzas dominadas son las reactivas, que se aplican a las maquinaciones de la conservación, adaptación y supervivencia. Lo reactivo es una fuerza de conservación y regulación, de acoplamientos mecánicos y utilitarios.

Esas víctimas del gran cataclismo cultural que aún creen estar vivas gracias a las redes sociales, representan hoy la encarnación acabada de las fuerzas reactivas que se despliegan en el gran teatro cultural.

El hombre micropolítico distingue dos grandes grupos dentro de las fuerzas reactivas. A un lado y otro del concepto “Cambio” dirimen sus reacciones preformateadas los que están a favor de la transformación y los que no. Los medios y los políticos llaman a este fenómeno polarización, y lo describen como un acontecimiento cultural espontáneo cuando ellos mismos se toman el minucioso trabajo de suscitarlo.
Llevar a cabo una empresa micropolítica implica moverse en el campo de las fuerzas reactivas, aparentando ser una más de ellas. La diferencia radicará en qué afirma y qué niega la empresa mediante su accionar. Lo esencial de una fuerza reactiva es afirmar la voluntad que anima a una fuerza activa. Una empresa micropolítica intentará siempre accionar más que reaccionar, pero si no le queda otra cosa que reaccionar, lo hará negando a la fuerza activa que la impele.

El hombre micropolítico contempla el estado de cosas imperantes. Sabe que debe hacer silencio. No se discuten ideas, solo se contrastan intensidades. No se busca traducir lo que el otro expresa. Lo que se busca es negar lo que el otro representa. Tomar partido en la polarización es justamente lo que buscan las fuerzas activas, pues las afirmaría. Pero no tomar partido es peligroso porque tiende la trampa de la inmovilidad, el grado cero de la reacción.

 

 

 

Enrique Pagella

Enrique Pagella

Colaborador

Enrique Pagella es actor, director y gestiona el Teatro Galpón de Diablomundo de Temperley. Escribió las obras Ruleta risa y Shkspr Fest, que también dirigió. Publicó las novelas por entregas Los Cucullú e Hijos de Maro. Este año Ed. Lamás Médula lanzó su novela San Sucio, perro conchudo. Es actor de Lab & Rinto y Volare, obras de las que también es co-autor y autor.

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