Por María Malusardi.

Jorge Leónidas Escudero, el poeta de las piedras, el poeta minero, se nos acerca en esta nota de María Malusardi acerca de su relación con la palabra y la poesía. Se pueden encontrar pepitas de oro a cada frase.

Esta nota fue publicada en la revista Caras y Caretas Nº 2275 y reeditada por la autora para Lamás Médula.


Es el decir pausado de la vida lo que respira en los versos de Jorge Leónidas Escudero. No hace falta estarse cara a cara, pues leyéndolo en voz alta y con los puños apretados se llega a su piedra interior, a su cielo oculto de San Juan.

Se conversa con Escudero cuando se lo lee: sus versos hablan como mirándonos fijo a los ojos. Es la sonoridad la que mira y canta. “Aquí me arrincono e inhibo, / tropiezo y me levanto, quisiera llorar, / insisto / en gorjeos de pájaro enjaulado. / Aquí me desorienta y castiga / la ilusión de encontrar lo absoluto.” Acaso porque ha sabido conjurar en su voz las voces de los otros.

“Íntimamente tuve la necesidad de escribir a mi manera, de determinada forma, el fondo de lo que yo pensaba. He leído lo que dicen los críticos de mi poesía que han captado lo que escribo, y es que yo tomé del pueblo ciertos modismos del habla y traté de ponerlos directamente en los poemas.” Esta laboriosidad en el lenguaje le da a la poesía de Escudero, por un lado, un realce estético singular, por el otro, una franqueza que acerca a un balbuceo del habla, en términos de Deleuze, un balbuceo creador que pone la lengua en perpetuo desequilibrio. Algo parecido a lo que sucede con Juan Rulfo en la narrativa, quien ha bordado el habla de la gente sobre el paño más excelso de la escritura, generando así una gramática de la pena en la sequía. “Ya no quedan más personajes que las propias palabras”, se empecina Deleuze. Una lengua extranjera dentro de la lengua, “una gramática del desequilibrio”.

“Llegado a los altos años de la vida en que estoy, me gustaría poder manifestar el silencio. Nada más.” J. L. Escudero

Supo Escudero que la soledad es partera del silencio: “Considero a mi poesía como un modo propio que tengo de hablar a solas. Alguna vez dije que mis últimos poemas estarían referidos al silencio. Creo que ése es un final natural en todo creador conforme pasan los años. Llegado a los altos años de la vida en que estoy, me gustaría poder manifestar el silencio. Nada más.” Aun así, o acaso porque el silencio es la cima de la desesperación de un lenguaje inacabado, Escudero busca esa palabra que, según dice, sigue escondida y es, por eso, “la última”, la inaccesible, la impenetrable, la que se fuga apenas se roza: “Se trata de una expresión total que es inenarrable. Y me he quedado disconforme, porque nunca lo he podido decir totalmente, por eso en algunos temas he insistido. Digo: aquella vez le faltó, voy a ver si ahora lo completo. Pero nunca lo voy a completar, porque, como lo he dicho por ahí, las palabras no alcanzan. Entonces me quedo con disconformidad. De todos modos, también hay un margen de conformidad, ya que al menos dije algo, como un intento de abordar un tema. Al menos se logra parcialmente”. Y como botón de muestra va su poema Lo inescrutable: “Si usted toma la punta de un conocimiento / y empieza a tirar del hilo / va a sacar una sombra. // Es tremendo y espanta, / porque si todo está unido a todo / uno piensa extraer un pez gordo / y termina vencido con la boca gusto a nada. // Mi caso es el de siempre, siempre el mismo. / Ya no puedo callar y más tranquilo / vivir sino que indago e inmerecidamente / caigo en la oscuridad. // Tras el fuego sagrado a si pellizco / me levanto alta noche y sigiloso / pongo la caña de pescar en vano. // Sin embargo insisto.”

Una vez, un día, alguna tarde, Javier Cófreces, uno de los tres editores responsables de Ediciones en danza, arrancó a Escudero de entre las sombras que asumen con tanta naturalidad los poetas y publicó nueve títulos, uno detrás de otro, hasta que llegó, en 2011, el tomo de su Poesía Completa, que reúne veinte libros escritos y publicados muchos de ellos en editoriales subterráneas a lo largo de 92 años. Este volumen de 800 páginas, tan enorme como la Obra Completa de Juan L. Ortiz, el poeta del sauce y del río, se anima a enfatizar el contrapunto de la tan rica poesía argentina, porque habita una música distinta, entona los graves de la montaña y de los minerales, esos bajos áridos y delicados que resquebrajan el lenguaje. Mientras Juan L. arrastra una música del agua, Escudero puntea la raíz tensa de la piedra. “Yo empecé por el amor directo a las piedras. Las miraba y quería saber qué eran y qué tenían dentro”, confiesa y traslada ese misterio a la poesía: hay algo intenso y fugitivo dentro de la palabra como en el interior oculto de la piedra. Es tarea de poetas fundir las resonancias del entorno (dígasele entorno tanto a la naturaleza como a los hombres y sus andares) con el balbuceo que llega desde pecho adentro.

“Yo empecé por el amor directo a las piedras. Las miraba y quería saber qué eran y qué tenían dentro”. J. L. Escudero

Y no es casual que Escudero se reconozca heredero de la Generación del ‘27, aquel ensamble de voces de la España de la revolución y de la sangre derramada: Federico García Lorca, Miguel Hernández, Gabriel Celaya, León Felipe, Luis Cernuda, Pedro Salinas, entre otros. Y esta heredad genuina se siente y se articula a modo de testamento en el poema Ante la inmensidad que abre Atisbos: “Fue alguna de esas noches en que miraba cielo / en lejanías sobre campo oscuro y vi / cruzárseme un relámpago lejano. Fue tal / como ver chispear una idea / en el umbral de otro mundo. // Es como si en el fondo del desierto hubiera / querido hacerse luz una verdad pero / pasó fugaz y quedé a oscuras. // Parece que la inmensidad / quiere decirme un secreto y al ver / que todavía falta mucho en mí / queda muda.”

Se asombra Escudero cuando se le cuenta que tantos se acongojan y redimen con sus versos. “Es difícil saber qué atrapa a los lectores de mi poesía, y también qué no los atrapa. Depende de similitudes o diferencias humanas. Yo digo lo que pienso y siento. Se me ocurre algo, dada la circunstancia que vivo y la transmito. Puede que esa vivencia coincida con lo que otro quería decir. Nada más.”

Los premios lo han desdeñado porque los premios son coronas de incienso. Escudero, a cambio, nos deja en su poesía la densidad de lo imborrable, la edad insospechada de las piedras. Y cabe para final, como homenaje, una oportuna propuesta de Carlos Drummond de Andrade: “Que el poeta nos encamine y nos proteja y que su canto confidencial resuene para consuelo de muchos y esperanza de todos, los delicados y los oprimidos, por encima de las profesiones y de los vanos disfraces del hombre.”

Que así sea.

María Malusardi

María Malusardi

Colaboradora

Escritora, docente y periodista. Publicó diez libros de poesía, entre ellos El sastre (Mención especial del Premio de Literatura Casa de las Américas 2015, de Cuba) y Trilogía de la tristeza(Finalista Concurso Olga Orozco 2009, con jurado integrado por Antonio Gamoneda, Gonzalo Rojas, Juan Gelman y Jorge Boccanera; traducido al francés). Escribió, como periodista, desde 1989, en los diarios Clarín, Perfil cultural, La Gaceta Cultural y las revistas Nómada, Nueva, Debate, Lugares, El Arca, Caras y Caretas. Dicta, en TEA, las materias La entrevista y Estilo.

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