Por Cintia Rogovsky.

Educar es un acto político siempre, busca cambiar la realidad, mejorarla, construir una sociedad más justa. También del derecho a conocer la historia, a buscar la verdad, la justicia, a ejercer la memoria.

Entre la cualidades que Paulo Freire considera “indispensables” para el buen desempeño de los maestros y maestras, de los profesores y de los educadores en general, se encuentra la de la valentía. Pero no se trata de una valentía así, a secas, sino de una valentía de luchar, que nace de la valentía de amar, una suerte de “amor armado”, dice Freire. Los educadores tenemos, entonces,  el deber, la responsabilidad, la tarea de educar, de anunciar, de denunciar.

Eso no significa que los educadores tengan una valentía, digamos, superior a la del promedio del resto de las personas. Significa que debemos ser capaces de educar nuestro miedo.

La historia nos muestra muchos casos de educadores perseguidos, incluso asesinados, por defender los derechos de sus educandos, los propios derechos, los derechos humanos. Más de 600 docentes fueron asesinados por el Terrorismo de Estado entre 1976 y 1983

Educar es un acto político siempre, busca cambiar la realidad, mejorarla, construir una sociedad más justa. En esa lucha han estado cientos de miles de educadores latinoamericanos  desde los tiempos de la conquista a los de los miles de maestros que hoy luchan en la escuelas públicas argentinas no sólo por un salario, como algunos pretenden: sino para que sus estudiantes puedan gozar de todos los derechos que les corresponden. También del derecho a conocer la historia, a buscar la verdad, la justicia, a ejercer la memoria.
No recuerdo dónde leí una vez que  las Madres de Plaza de Mayo convirtieron la maternidad en un hecho político.

Los educadores debemos ser capaces de educar nuestro miedo.

¿Por qué la memoria del 24 es fundamental para la educación argentina?

Tratando de sintetizar, creo que las pedagogías de la memoria buscan reparar, reponer, aquello que históricamente ha sido borrado, ocultado o desaparecido de la historia oficial, de los discursos pedagógicos hegemónicos oficiales por los sectores dominantes, los mandantes a su vez de la perpetración de los crímenes de lesa humanidad.

Del mismo modo, la tradición liberal de derecha argentina ha ido construyendo, con matices y complejidades imposibles de desarrollar acá, un relato que asocia todas las prácticas populares en una cadena de equivalencias discursivas que podríamos resumir así:  el pueblo (peronista)  es  “bárbaro”, “antidemocrático”, “pro-nazi”.

Nosotros respondemos con la imagen de las patas en la fuente, que este 24 fueron los niños y niñas en la fuente.

Sin embargo, poco se habla de la realidad de las prácticas fascistas de quienes sostienen la defensa de la “democracia” desde esas posiciones: proscripción política; el bombardeo a 300 civiles (la mayoría niños) con el cual los “demócratas” intentan derrocar al gobierno populista de Perón en el ’55, en la Plaza de Mayo, los fusilamientos de José León Suárez y del General Valle, o de Trelew, hasta los 30.000 detenidos desaparecidos por el terrorismo de Estado -la mayoría provenientes de la clase trabajadora, de origen peronista, delegados sindicales, esos que son nuevamente hoy estigmatizados como “choriplaneros” ,”vagos”, “ladrones”.

A su vez, una avanzada de la derecha intenta reponer teorías dosdemonistas o directamente  negacionistas, que en otros países donde se perpetraron genocidios están penados por la ley. Sucede desde el corazón del poder gubernamental, en complicidad con referentes mediáticos y otros intelectuales. Esto prueba la necesidad cada día más apremiante de no abandonar la amorosa y valiente lucha, el justo reclamo, por memoria, verdad y justicia.

Lo que nos enseña el 24 de Marzo de cada año en el espacio público es la centralidad del legado pedagógico de las Madres y las Abuelas.

La reacción de las familias de la escuela de la Boca en la que una maestra intentó seguir perpetrando el genocidio (puesto que en eso consiste la negación en el orden simbólico de un crimen de lesa humanidad, como sostiene la especialista Samanta Casareto) es una demostración del efecto enseñante de las políticas públicas llevadas adelante en la década pasada por el Estado en el tema derechos humanos.   

Todavía no se sabe dónde están unos 400 niños y niñas secuestrados en el marco de un plan sistemático.  Hoy avanzan posiciones que pretenden la impunidad para  los verdugos, que saben y callan el destino de los 30.000, en nombre de los intereses económicos de las empresas (mediáticas varias de ellas) que se beneficiaron en la dictadura, y la anuencia de un sector muy poderoso del poder judicial.

Eso es lo que básicamente nos enseña el 24 de Marzo de cada año en el espacio público: la centralidad del legado pedagógico de las Madres y las Abuelas, desde las lejanas marchas de la Resistencia de mi adolescencia, hasta las multitudinarias marchas de hoy: somos responsables, como ciudadanos, por nuestro pasado. Y si no queremos ser cómplices de los perpetradores, y tener mejor presente y futuro, no nos queda alternativa más que enseñar, luchar, militar, denunciar en las aulas, los juzgados, los medios, las redes sociales, las calles, hasta que cada uno de los crímenes sea reparado por la acción de la justicia.

 

Cintia Rogovsky

Cintia Rogovsky

Colaboradora

Cintia Rogovsky se graduó en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Actualmente se desempeña como Secretaria Académica en la Especialización en Edición, así como docente, en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. Es editora de materiales educativos y escritora. Ha publicado artículos en revistas, y capítulos de libros en co- autoría, dentro del ámbito académico. También cuentos y una novela.

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