Por Marina Cavalletti.

La poesía cuenta con muchas almas atormentadas a lo largo de la historia. Idea Villariño o Alejandra Pizarnik traslucen entre sus versos cierta pesadumbre. En el caso de la oriunda de Avellaneda, hasta concluir en suicidio. En el caso de la uruguaya, en una complejísima relación con Juan Carlos Onetti.

Ahora, ¿qué sucede cuando -más allá del lugar común- además de ciertas dolencias del espíritu, enferma también el cuerpo?. “Viajar enferma. Antiguamente los médicos recomendaban a sus pacientes, sobre todo a los que padecían enfermedades nerviosas, viajar. Los pacientes, que por regla general tenían dinero, obedecían y se embarcaban en largos viajes que duraban meses y en ocasiones años” escribió Roberto Bolaño en un ensayo publicado en El gaucho insufrible. Retomando sus palabras, tal vez como excusa, podemos plantear un itinerario por la dupla enfermedad – poesía.

En este sentido, si existe una obra arquetípica sobre el tema es, sin dudas Hospital Británico, de Héctor Viel Temperley: “Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo”. Aquí aparece el viaje hacia lo desconocido: una corporalidad ausente-presente o que el padecimiento transforma en un destino obligado.

“Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. / Soy feliz. Me han sacado del mundo”, dice antes Viel. Según un estudio de María Cecilia Graña allí el autor “dibuja su autorretrato por medio de una serie de alusiones literarias que se vinculan con la composición de su obra. La más directa recuerda la fotografía y el dibujo que le hicieron a Apollinaire durante la guerra, en 1916: lo habían operado para sacarle la esquirla de un obús en explosión que se le había incrustado en el cráneo. La alusión nace a partir de la imagen de la cabeza vendada, pero aflora también por el hecho de que la composición de Hospital Británico tiene su fundamento en la intención de recoger las ‘esquirlas’ de la propia identidad, fragmentos de escritura y de memoria que han quedado dispersos en el tiempo”. Entonces, el soma de la poesía se compone y se alimenta de los restos de una batalla perdida: el tumor, la operación, la muerte. Y sin embargo, la luz, lo blanco son no solo características de lo hospitalario, sino un indicio hacia la eternidad, reforzado por el halo religioso que asoma en Viel.

Aquí aparece el viaje hacia lo desconocido: una corporalidad ausente-presente o que el padecimiento transforma en un destino obligado.

Palabra viva

La poesía como respuesta a un cuerpo en viaje de ida no cura, pero sí impugna en cierto modo un final irreductible. Los versos sean tal vez paliativos, catarsis, pero sobre todo una reinterpretación del dolor. En este sentido, Denise León explica en El cuerpo herido: “La mayoría de los cuerpos heridos o enfermos, innumerables y vulnerados en las más variadas formas posibles, no llegan a trascender –como individuos– el espacio social en el que viven. Sin embargo, algunos cuerpos heridos –a rastras con su dolor, su enfermedad y su impotencia– son asediados por la palabra, se vuelven objetos de una construcción cultural que los va transformando en poemas, representaciones simbólicas, palabra viva”.

“Quizá los médicos no sean más que sabios y la muerte —la niña
de sus ojos— un querido problema
la ciencia lo resuelve con soluciones parciales, esto es, difiere
su nódulo insoluble sellando una pleura, para empezar
Puede que sea yo de esos que pagan cualquier cosa por esa tramitación
Me hundiré en el duelo de mí mismo, pero cuidando de mantener
ciertas formas como ahora en esta consulta
Quiero morir (de tal o cual manera) ese es ya un verbo descompuesto
y absurdo, y qué va, diré algo, pero razonable
mente, evidentemente fuera del lenguaje en esa
zona muda donde unos nombres que no alcanzan a ser
cuando ya uno, qué alivio, está muerto, olvidado ojalá previamente de sí mismo”

En este fragmento del poema inicial de Diario de muerte, Enrique Lihn, víctima de un cáncer de pulmón detectado tardíamente, ejerce la palabra asediada, critica a la medicina e inicia su duelo con un verbo descompuesto, un infinitivo, una forma del idioma que extiende su sentido como presagio de lo inevitable. Sobre este mismo punto, sobre esa zona muda la muerte, y una deseable amnesia previa, se resignifican como bálsamo. Y tal vez, el cuidado de las formas esconda la angustia metafísica que transita este extenso poema, que es –en algún punto- un pronunciamiento no solo creativo, sino y por sobre todo, existencial.

Coda: ¿Santo remedio?

Mis abuelos
llenaban la frutera con remedios,
adornaban así el centro de la mesa.
Ahora mi papá pone las cajitas
al lado de su plato cuando come,
antes de sentarse las busca
y las apila.
La otra abuela hizo prometer
que no iban a operarla,
incluso moribunda escupía las pastillas.
Mi mamá lloraba
pegando pataditas en el piso,
no quería más
el remedio para la tristeza.
Si algo me duele
yo compro lo que dice la receta,
lo guardo un tiempo
y no lo tomo
por el miedo.

Escribe la poeta bonaerense Maricel Santín en  Historia Clínica de 2016. En relación a este poema la autora habla de la enfermedad no como protagonista directa, sino como espectadora activa. Los medicamentos emergen cotidianos, próximos, suplantan a las frutas como la solución moderna para la tristeza. Probablemente vengan de la mano de la posmodernidad y sus debates en serie: se buscan, pero también se eyectan, tal vez, como dijo el poeta cubano José Kozer para que “el poema se corte cuando la enfermedad o la muerte manden”.

 

Marina Cavalletti

Marina Cavalletti

Colaboradora

Es Magíster en Escritura Creativa por la UNTREF, profesora de castellano, Literatura y Latín y Técnica profesional en música. Además, es corresponsal de El Tribuno de Salta desde 2005. Colabora con medios independientes como periodista y correctora. Dio clases en la UBA, “El Alicia” y el IUNA. Es profesora en la UNDAV. También es compositora y poeta. Ama la radio y el folklore. Desde junio coordina el ciclo “Brote poético”.

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