Por Marina Cavalletti.

La obsesión animal de Baudelaire a Guillén, y de Guillén a nuestros días.

El universo poético, en una metáfora recurrente, puede parecerse a un bosque hondo. Allí, por supuesto, habitan criaturas de todo tipo. Algunas indomables, otras domésticas. Lo cierto es que numerosos autores han intentado a lo largo de la historia someter a las bestias con palabras o reflexionar sobre sus misterios: fisonomías, hábitos, capacidades atípicas.

Entonces, Bestiario es mucho más que el primer libro de Julio Cortázar donde asoma una foto de la línea 59; es un compendio de animales, mayormente ilustrado.

La obsesión por estas colecciones de seres reales y fantásticos data de la Edad Media, donde las descripciones y, por supuesto, las moralejas estaban a la orden del día. Yendo más atrás, esto se hace evidente en la Biblia, con la simbología negativa que se les atribuye a la serpiente y al cerdo, solo por dar dos ejemplos.

Ahora bien, más allá de los muestrarios, la poesía retoma esta tradición bestial, casi como un empecinamiento diacrónico, desde distintos aspectos. Lo hace insistiendo sobre seres diversos a lo largo de obras determinadas o dedicando versos a cuestiones zoológicas, esporádica, pero fervientemente.

Mal bicho

Baudelaire, por ejemplo escribe en “Una carroña” en Las Flores del Mal, el libro por el cual fue condenado en 1857 –junto a Flaubert, por Madame Bóvary– por ofensas a la moral pública.

“Recuerda, alma, el objeto que esta dulce mañana
de verano hemos contemplado:
al torcer de un sendero una carroña infame
en un cauce lleno de guijas,

con las piernas al aire, cual lúbrica mujer,
ardiente y sudando venenos,
abría descuidada y cínica su vientre
lleno todo de emanaciones.

Irradiaba sobre esta podredumbre el sol, como
para cocerla al punto justo,
y devolver el céntuplo a la Naturaleza
lo que reunido ella juntaba”

Aquí Baudelaire le canta a la carne descompuesta de animales muertos, salta la barrera de lo poetizable, toma lo marginal, lo cotidiano, lo hediondo y lo pone de manifiesto, en un contexto de ironía que se refuerza con la dulce mañana y el vocativo. Aquí Baudelaire se mofa del canon epocal y con su gesto muestra que todo objeto es poético. Ese es un aspecto a resaltar en los bestiarios: lo maleable y áspero de su contenido.

El autor maldito que, en ese mismo libro le escribió también a los búhos, los gatos y los cisnes entre otros, fue redimido por el mismo tribunal que lo juzgó, un siglo después: “Baudelaire quería describir las miserias de la vida humana sin ningún convencionalismo de estilo. Con la lengua sonora y rítmica hizo manifiesta su maestría y, sin velos ni disfraces, trató de comunicar su mensaje con todas las taras, todos los vicios, todo el horror y también todas las bellezas”, indicaron en un documento reivindicatorio, como si hiciera falta que sus cazadores lo bendijeran, como si su poesía no hablara por sí sola.

La obsesión por estas colecciones de seres reales y fantásticos data de la Edad Media, donde las descripciones y, por supuesto, las moralejas estaban a la orden del día.

Revolución bestial

Si antaño se designaba como cancioneros a los modernos poemarios, podemos decir, pisando ya Latinoamérica que Nicolás Guillén tuvo su propia canción animal, bastante antes que el rock argentino.

El cubano escribió El Gran Zoo en 1958, durante su exilio en Buenos Aires. Para la escritora Selena Millares, en El Gran Zoo “se alternan los grandes espacios, el de los agentes del bien y del mal, respectivamente; naturaleza y civilización. El primero identifica un mundo primigenio de inocencia ultrajada que se quiere recuperar, y el segundo, toda una plaga de maldiciones, que habla de represión, racismo y miseria”. Aquí resuena también la antinomia sarmientina, que se ha reeditado a lo largo del devenir nacional y latinoamericano.

“El animal que está a la vista,

a poco más

es un gorila enteramente.

Patas en lugar de pies

y casi garras en lugar de manos.

Le estoy mostrando a usted

el gorila americano”.

La metáfora animal para nombrar a la oligarquía, al poderoso, conforma también un tipo de bestiario con una fuerte raigambre ideológica. Sobre este zoo particular, su hacedor explica: “Estos son, señoras y señores, señoritas, niños, viejos, jóvenes y paseantes, éstos son los poemas del Gran Zoo, en que las bestias no son animales, sino lo que enseguida verá la audiencia y que yo iré mentando para que resuenen con la voz que les pertenece: montañas, ríos, nubes, cánceres, kukux klanes, usureros…”, revela Guillén de su peculiar galería en la que conviven El mono, La Osa mayor, El Chulo y El gánster, donde el compromiso social cosecha amigos y detractores, donde aquellos que generan el hambre y reprimen con palos son, como contrapartida, las verdaderas bestias.

Éstos son los poemas del Gran Zoo, en que las bestias no son animales (Nicolás Guillén)

Animalitos now

Por fuera del formato específicamente poético aparecen, por supuesto, todas las entradas del Libro de los seres imaginarios, de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero, las faunas de Marosa di Giorgio y más cerca en el tiempo emergen las ritualidades diarias, terrenales y metafísicas de Cecilia Perna en Otra Víspera, la potencia equina, más allá del propio animal en Caballos, de Cecilia Maugeri.

Quizás en esa frontera casi imperceptible entre lo animal y lo bestial, entre lo doméstico y lo salvaje, la poesía se posiciona para demoler cánones, ser palabra política y objeto de renovación constante. Ese tríptico complejo es, sin lugar a dudas, difícil de dominar o domar. Tal vez en cada bestiario ese algo instintivo resuena y es grito tribal con muchos sentidos por descifrar, con muchas cosas por decir.

Marina Cavalletti

Marina Cavalletti

Colaboradora

Es Magíster en Escritura Creativa por la UNTREF, profesora de castellano, Literatura y Latín y Técnica profesional en música. Además, es corresponsal de El Tribuno de Salta desde 2005. Colabora con medios independientes como periodista y correctora. Dio clases en la UBA, “El Alicia” y el IUNA. Es profesora en la UNDAV. También es compositora y poeta. Ama la radio y el folklore. Desde junio coordina el ciclo “Brote poético”.

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