Ante la reedición de Nueva York, Nueva York de Alberto Vanasco por Ediciones Lamás Médula, los invitamos a leer un fragmento del prólogo de Gabriela Borrelli y un capítulo del libro. El mismo está dedicado a Enrique Villegas “con cariño y estruendo”.

Alberto Vanasco nos había regalado a los lectores, antes de la publicación de esta novela, más o menos como veinte años antes, ese policial perfecto narrado en futuro y en segunda persona que se llama Sin embargo Juan vivía. En la primera edición del libro (1947), Noé Jitrik sostiene que esa novela anticipaba el neobjetivismo francés. Anticipo: estar antes para una novela que se narra en el futuro. La primera edición de New York New York en 1967 no tiene prólogo. Porque tal vez no tenga tiempo. Vive suspendida en el no tiempo del recuerdo. En ese año, cuando se publica la novela, París conectaba con Buenos Aires en una ruta que Cortázar había cultivado bastante, sobre todo con Rayuela: la bohemia, el jazz, las conversaciones sin sentido o con el sentido de la conversación. Pero los personajes de New York New York se diferencian bastante de los creados por Julio. Tienen humor, ironía, y también una crudeza creíble. Vanasco corre el eje de esa ruta, se desvía y traza el vector New York-Buenos Aires. Y es la mirada de un argentino sobre la generación beat, sobre Vietnam, sobre la propia reflexión estadounidense, sobre lo estadounidense. Y no hay crítica moral, sino ficción. Y tampoco condena, sino narración. Desviarnos en el año previo de la imaginación al poder de las universidades francesas a las calles de Manhattan. Movimiento anticipatorio o antiguo, ¿Quién lo puede afirmar?

Gabriela Borrelli Azara

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Primera Parte

[r]

Ahora ella se ha ido, esta vez para siempre. Ha caminado hasta la puerta que da a la pista, ha conversado unas pocas palabras con el oficial de vuelo y después ha cruzado hasta el jet y han desaparecido en la noche.

Yo me he quedado aquí, solo —tratando de verlos todavía a través de los vidrios—, perdido en la gran extensión de reflejos y sombras que es el aeropuerto, en la fría noche de Long Island. Me he quedado aquí, sin saber qué hacer, y ahora el avión se ha perdido de vista y yo he venido hasta el bar donde pedí un martini y me he puesto a pensar tratando de comprender.

¿Cómo hemos podido llegar a esto? Ella vuelve a su casa, a la fina y pálida luz de Minnesota, el odiado país de su infancia que no le había dejado más que sus malos recuerdos, el horror al frío y el acento nasal que la avergonzaba tanto. No volveré a verla. Esta ha sido nuestra última noche en Manhattan, el gran estanque de perlas que ella amaba por encima de todo. Se ha ido en silencio: no había dicho nada; no había llorado siquiera. Llevaba solamente esa expresión remota y opaca que no olvidaré nunca. Había tomado un seguro de veinticinco céntimos en una de las máquinas, había llenado con esmero el formulario y después de echar el sobre en el buzón había desaparecido —con sus dos bolsos y el tapado en un brazo— por la puerta de salida. Habíamos llegado una hora antes, con tiempo para tomar algo. Desde el bar divisábamos en el hall solitario e inmenso los horarios que desaparecían y aparecían a cada instante en el letrero luminoso. Ella había pedido un café, un regular coffee como lo llaman aquí —esa desleída mezcla de leche tibia y café flojo que yo nunca había podido pasar—, y pedí para mí un black coffee, como también le dicen.

—Es absurdo. Podrías decirme ahora lo que vas a escribirme —había contestado ella, porque yo primero le había dicho:
—Pienso escribirte esta noche mismo.
—Espero que me escribas, que me digas cómo van tus cosas —me había pedido ella antes.
—Ahora no puedo decirte nada —le expliqué—. Sería como volver a empezar.
—No, no quiero eso —dijo ella como único comen­tario—. Mi padre se va a alegrar de que me escribas. Le gusta leer cartas.
—Es que pienso escribirte en español.
—Sabe leer en español. Le van a gustar lo mismo.
—Es que no puedo escribirte si sé que las cartas son para él.
—No son para él, pero a él le gustará leerlas.
—No quiero que te olvides el español.
—Nunca olvido nada.
—Te escribiré también en alemán, para que tu padre no entienda.
—¿Vas a quedarte aquí?
—No, no tengo por qué.
— ¿A dónde te irás?
—A Sudamérica.
—¿Para qué?
—Allí es donde puedo hacer lo que tengo que hacer.
—¿Y tu madre?
—¿Qué tiene que ver mi madre?
—¿Y tu hermana? Nunca me contaste nada de ellas.
—Les diré que te escriban.
—Y yo les contestaré a todos. No hay mucho que hacer en Duluth.
—¿Entonces estás decidida?
Pero ella no había contestado: se había puesto de pie, simplemente, y fuimos caminando hacia el hall.
—Ahí está mi avión —había dicho ella, y eso fue todo.

Faltaban todavía veinte minutos para la salida y nos quedamos allí un rato, sin decir nada, frente a los letre­ros, sintiendo solamente el estrépito de todo aquello que se derrumbaba. Después ella levantó sus bolsos y fuimos hasta la puerta nueve.
La había traído en el auto desde el hotel. Al llegar al aeropuerto había seguido por la ruta hasta el sector F y al entrar en la playa de estacionamiento pasé la entrada sin darme cuenta, sin retirar la tarjeta de control que me extendía la mano del pequeño portero eléctrico. El aparato empezó a protestar y a sacudirse frenéticamente como si yo hubiera querido estafarlo, y entonces bajé y me volví y retiré la ficha del fino brazo mecánico, y la máquina se aplacó. Por fin estacioné y dejamos allí el auto y cruzamos hasta el pabellón de la Western. Después nos habíamos sentado en el bar.

Aquella noche estuvimos en el hotel París por última vez, desde cuyo último piso tantas veces habíamos mirado correr el Hudson o el tráfico de la West End. Antes de vestirse, como era su costumbre, como había hecho siempre desde el primer día, fue hasta el baño y abrió el agua caliente y se metió bajo la lluvia con la misma reconcentrada y minuciosa emoción de todas las otras veces.
Se quedó allí, nada más, de pie bajo el agua, contenta de sentir la lluvia sobre su piel, como si nunca se hubiera bañado, como si no tuviera baño ni agua caliente en su casa, mientras yo, también igual que el primer día, apoyado en la puerta, miraba con incredulidad su cuerpo de adolescente que aún no ha vivido, su cuerpo chapoteando y jugando en el agua. Después se vistió con indiferencia, tomamos nuestras cosas y salimos. Había dejado el auto en la avenida y caminamos hasta allí y salimos hacia el aeropuerto.

Al entrar yo había bajado las cortinas para no ver la ciudad: era la habitación 1442, la misma donde había­mos estado la primera vez. Ella entró ahora y se tendió a lo ancho de la cama y yo me tiré a su lado, pero entonces había empezado a llorar.

—Tenías que encontrarme justamente a mí —exclamó, y en ese momento se reía como buscando otra vez mi solidaridad.
—Claro que sí —le dije.
—No puedo más —dijo ella—. No puedo soportarlo.
—¿Qué? —le dije.
—Todo ha salido mal. Nada va a ser como yo lo quise, como yo esperaba que fuera.
—Casi siempre es así.
—No, yo hubiera querido ayudarte. Yo sé que podía hacerlo. Era lo que debía hacer.
—Estos han sido mis mejores años —dije.
—Ni siquiera te he hecho compañía.
—Mary —dije yo, y la abracé y la besé por última vez.

Pero todo resultó arduo y doloroso porque no era lo mismo, como cuando dos antiguos amantes pretenden festejar un viejo aniversario con un simulacro. Ella se quedó luego inmóvil, en esa actitud de trance o de desmayo en que acostumbraba perderse después de gozar, como si se hubiera muerto. Me senté en el borde de la cama. Hubiera podido pensar que estaba realmente muerta a no ser por los sollozos. Le puse una mano sobre el hombro: aquello era lo único que yo deseaba y quería en la vida. Y sin embargo era algo que ya no existía, que había desaparecido y no en ese momento sino mucho tiempo antes, antes todavía de que la conociera, aún antes de que ella o yo hubiéramos nacido. Le toqué el pelo, que me pareció como siempre increíble, aun esa noche.
—¿Qué pasa ahora? —le dije.
—Lo he echado todo a perder —dijo ella.
—¿Por qué? —pregunté. No encontraba la palabra exacta en inglés para decir lo que quería, pero tampoco la sabía en español.
—Voy a bañarme —dijo ella por fin.

¿Por qué teníamos que terminar así? Habíamos llegado temprano aquella noche al hotel: yo había pasado a buscarla por la calle 93 y había entrado un momento mientras Mary cerraba las valijas y se despedía de Mrs. Beham y del superintendente. Fueron los últimos tres minutos en ese departamento donde habían pasado casi todas nuestras cosas. Revisé algunos libros que quedaban, los diarios que había leído nuevos, las revistas que había llevado yo mismo. Después yo también me despedí, y salimos hacia el aeropuerto.

[q]

Hacía un mes que no nos veíamos. Exactamente un mes atrás todo había terminado. También había nevado sin parar durante todo ese tiempo. Raymond apenas si se apartó de mí en aquellos días. Él fue quien me dijo que Mary se iba, que lo había llamado y que quería verme.
Había empezado justamente a nevar la tarde del vein­ticuatro de diciembre. La casa de Raymond y Maureen era una cápsula cerrada a la intemperie: ahí las cosas se detenían; el tiempo sobre todo y, con él, todo lo demás. Maureen se ocupaba de nosotros dando vueltas a nuestro alrededor, casi sin tocar el piso, poniendo ella o su voz o sus actitudes algo tan tenue, tan transparente sobre todas las cosas que yo nunca supe si era amigo de Raymond y estaba allí por él, o por los dos, o por ella sola. Maureen tenía un singular amor por el brillo de los objetos: volcaba en eso todas sus obsesiones, su dedicación, su constancia. Apenas me encontraba un anillo, un cinturón, un reloj deslucidos, me los sacaba y se ponía a lustrarlos. Siempre tenía a mano todo lo necesario, cera, ácidos, pomadas, y mientras hablaba o hacía como que prestaba atención pasaba y repasaba con un trapo la chapa dorada de una cartera o un par de zapatos o a veces solo unos anteojos. La casa por lo tanto brillaba por todos lados, y Maureen misma, además, estaba siempre cargada de electricidad y a cada momento, entre ella y los objetos, estallaban las chispas como denunciando esa complicidad.

Nos concentrábamos en la sala como para un sitio de varios días y entonces, bajo los suaves toques de Maureen y las ideas de Raymond y las fugaces intervenciones de Perry Como y Jack Benny, fumando Marlboros y planeando especulaciones decisivas, sin nada más que estar juntos, veíamos cómo se desleían las tardes frente a los vidrios, donde la nieve terminaba por cubrir hasta las miradas.

La ciudad poco a poco se había detenido. Los camiones habían dejado de circular, los autos eran nada más que monstruos abatidos y enterrados, las veredas, pistas mortales de patinaje. Solamente los subtes seguían cumpliendo su función endocrina, llevando y trayendo lo que quedaba de vida, lo que no tenía más remedio que continuar viviendo para que nosotros, desde allí, pudiéramos gozar esa muerte hasta lo último. Era la voluptuosidad de contemplar y oír la tormenta desde un refugio calefaccionado, de sentir el ruido sordo de la intemperie desde el interior blindado del vientre materno. Se hacía entonces evidente, en esas tardes, que todo el esfuerzo, la perseverancia del hombre del hemisferio norte no se debían sino a la urgente necesidad, al deseo imperioso de construirse un interior apto y seguro para precaverse de los meses de invierno, tan bellos como fatales, para disfrutar su belleza o neutralizar su fatalidad.

Raymond y Maureen tenían un Cadillac enorme y una pensión exigua que les permitían, respectivamente, pasearse con libertad por todos lados y mantenerse a flote sobre el trajín de los demás. Era la base indispensable para poder dedicarse todo el tiempo, sin inquietud, a lucubrar sus grandes negocios infalibles. De vez en cuando, cuando la nieve cedía un poco, salíamos a dar una vuelta por Manhattan.
Precisamente una noche de esas, después de Año Nuevo, llegamos hasta lo de Lewis.

Lewis tenía un restaurante en la Tercera Avenida, donde cada plato salía tanto o más caro de lo que costaba una comida entera para varias personas en cualquier otro sitio. Era el lugar indicado para que todos los que ganaban más de mil dólares por semana pudieran sentir que su dinero les servía de algo, que en algún sitio les pasaban una cuenta a la altura de sus entradas, que lo que ganaban no era todavía bastante; y por esto los clientes de Lewis abundaban, porque no era muy difícil en aquella isla, si a uno le iba lo suficientemente bien en publicidad, o en las artes gráficas, o en televisión, pasar esa barrera del sonido de los mil dólares semanales. Y el Alphaville era un acontecimiento en el East Side, a la altura de la calle 58, lo que se basaba en una rara cualidad de su dueño, mucho más apreciada que su comida: Lewis hablaba. Tenía la extraordinaria facultad de decir cosas sobre algunos temas que por cierto eran muchos: la Bolsa, el Foreign Office, jazz, pesca y vidas privadas de los concurrentes a su casa. Esto es lo que atraía noche a noche a un grupo selecto y siempre renovado de comensales que le reportaba cada mes una pequeña fortuna. Se los veía en silencio ante sus mesas, comiendo lentamente sus platos especiales, espiando con inquieta avidez los movimientos de Lewis que iba dando la vuelta hasta acercarse a ellos, y cuando lo tenían de pie, allí delante, entonces sonreían, sus ojos se iluminaban, y podía decirse que la noche, la vida, en fin, empezaba en ese momento para todos. Era más o menos lo mismo que sucedía, con distinto precio, en casi todos los bares que se extendían de una costa a la otra: el hecho de pagar con unos centavos no una cerveza ni un bourbon sino las palabras que el barman va ensartando una tras otra y que ellos contemplan como hipnotizados o alelados, a lo largo de las accidentadas y laberínticas idas y venidas de su monólogo tras el mostrador. Lewis era un cocinero y un profeta y Emily su mujer y su socia y la única que a veces lo obligaba a callarse.

Esa noche Maureen nos acompañó. Estacionamos frente a la puerta y bajamos a tomar una copa. Nosotros entra­mos pero ella se quedó en su asiento, tiesa, sin escuchar lo que decíamos; estaba simplemente allí, dura, sin mover la cabeza. La dejamos en el auto y entramos al bar. Lewis estaba como siempre a esa hora, todavía tranquilo, de buen humor, bien vestido, sin fumar, sin tomar. Yo tenía que hablar con dos productores que querían filmar una serie en Sudamérica y que seguramente me estaban esperando. Lewis vino y me los presentó:

—Peter y Sidney —dijo. Apreté dos manos transpiradas y muertas.
—¿Qué toma? —dijo uno de ellos. Me llevaba unos cuatro o cinco años y el otro era otro tanto mayor que él.
—Tus amigos están mamados —me dijo Denis en espa­ñol. Trajo un vaso y me sirvió un coñac y después dobló una servilleta de papel y la puso frente a mí y encima el vaso. Denis era un argentino que trabajaba allí de barman desde hacía un año y que yo mismo había recomendado a Lewis—. Ya ni saben cómo se llaman —agregó.
Lewis había empezado a explicarles lo que se suponía era una idea mía sobre el cine en general, y ambos lo escuchaban con una remota atención y a veces le sacaban los ojos de encima para dirigirlos hacia mí, y antes de que Lewis terminara ya se había tomado otra copa.
—Muy buena idea —dijo Peter—. ¿Eh, Sidney?
—Sí, muy buena —replicó Sidney, que no había oído nada.
Lewis volvió al salón; Raymond pasó a la cocina para ver cómo andaban las cosas; yo me quedé con ellos, frente a Denis, que desde el otro lado del mostrador repasaba una copa y me miraba a través del vidrio, con un solo ojo.
—¿Y cómo sería el nombre? —dijo Peter, después de meditarlo un rato.
—Historias al sur del Río Grande —dije yo.
—¿Bueno, eh, Sidney?
—Sí, muy bueno —dijo el otro.
Peter estaba encantado con mi idea, pero de pronto empezó a resbalarse de su sitio y aunque intentó varias veces sostenerse del asiento, siguió deslizándose irreme­diablemente hacia abajo, arrastrado por una fuerza superior a las suyas; quedó por fin acostado sobre la banqueta, pero seguía hablando desde allí, mirándome desde abajo con sus ojos oblicuos. No había soltado el vaso.
—Vamos, Peter, vamos, continúe —dijo el otro. Lo miraba a su amigo con cierta inquietud, como si temiera tener que pasar por lo mismo de un instante a otro. En ese momento Peter llegó a tierra.
—Se ha caído —dije yo—. ¿No sería mejor ayudarlo a levantarse?
—¿Para qué? —dijo Sidney— Así está más cómodo.
—¿Qué pasa? —comentó Peter—. Me he venido abajo de la silla pero eso no es inconveniente para que hablemos. Adelante, señores.
Denis se asomó por encima del mostrador para mirarlo:
—Deme su vaso —dijo, y le alcanzó otro scotch.
En eso Sidney empezó también a deslizarse de su asiento pero se sostuvo a medias, como Peter, y quedó doblado con el vientre sobre la banqueta. Lewis, como era su costumbre, vino un momento para ver si todo marchaba bien y pidió su primera copa de la noche para acompañarnos.
—No molestes, Lewis —dijo Sidney, levantando un poco la cabeza—. Tenemos que hablar.
—Son dos buenos muchachos —me explicó Lewis, señalando a los caídos—. Los dos volaron en la guerra de Corea. Pueden hablar mientras comen —agregó dirigién­dose a ellos—. Ya tengo la mesa lista para ustedes.
Yo hice un gesto lo suficientemente explícito como para darle a entender lo innecesario que era hacerle ver la impo­sibilidad de llegar hasta la mesa con mis dos probables futuros socios. Ambos habían cerrado los ojos y parecían escuchar algo atentamente, tal vez el ruido de un avión. Sidney ya había llegado al suelo.
—Yo me ocuparé de eso—dijo Lewis. En ese mismo instante, a través del vidrio, la vio a Maureen sentada en el auto. Yo miré también hacia la noche y vi el Cadillac blanco y exánime junto al cordón y en la ventanilla delantera la silueta de Maureen, rígida, empedernida, sola bajo la nieve aséptica y acrílica.
—¿Qué hace allí afuera? —preguntó Lewis.
—No quiere entrar. Dice que no volverá a poner los pies aquí adentro.
—No puede quedarse ahí. —Salimos y fuimos hasta el auto. Lewis abrió la puerta: Maureen parecía de mármol.
—¿Qué pasa?
—Nada —dijo ella.
—Vamos adentro. Aquí hace mucho, frío.
—No. Tengo prendida la calefacción.
—Vení a tomar una copa —dije yo.
Los dos vimos entonces que estaba llorando: unas lágri­mas enormes que le habían mojado la cara y caían sobre el tapado.
—¿Qué te pasó? —Le dije.
—No me pasa nada. Déjenme aquí que estoy bien.
—Dice Raymond que entres —dijo Lewis.
—Él sabe que no voy a entrar.
—¿Por qué? —dije yo.
—Me voy porque me estoy helando —dijo Lewis, y desapareció. Yo entré y me senté junto a ella.
—¿Se puede saber qué ocurre?
—Mirá —dijo, y señaló hacia el interior del restaurante—. Cuando yo pise allí de nuevo tendré la misma ropa de esas mujeres que están ahora adentro, y tendré como ellas un departamento de doscientos mil dólares y ganaremos dos mil dólares por semana.
—¿Pero estás mal?
Maureen había vuelto a llorar y sé sacudía —dentro de aquel vestido blanco y nuevo, en ese Cadillac último modelo, también blanco—, mucho más hermosa porque lloraba. Raymond vino hasta el auto y se asomó entreabriendo la puerta:
—¿Pasa algo? —dijo.
—Creo que está mal vestida, y no quiere entrar —aclaré yo.
—No es eso —dijo ella—. Sabés que no es eso.
—¿Te parece que estás peor que las demás? —preguntó Raymond—. Vení a tomar algo.
—No.
—¿Por qué?
—Júrame que algún día tendremos un departamento en Sutton Place —gimió ella.
—Sí, sí. Te lo juro —dijo Raymond, pensando en otra cosa, tal vez en el partido del domingo que estaba discu­tiendo allá atrás con el cocinero, el hermano de Lewis.
—Mentira —dijo ella sin parar de llorar. Yo los dejé solos y volví al comedor donde encontré a Peter y a Sidney sentados a la mesa. En sus sillas, ahora, parecían perfecta­mente dueños de sí mismos.
—Otra botella de burgundy —pidió Peter. Me senté entre los dos y terminamos la botella, pero a todo esto ninguno se acordaba ya de nuestros proyectos. Sidney, además, se durmió después del último plato mientras Peter cantaba una canción de cuna probablemente irlandesa.
—Hay que llevarlos a sus casas —dijo Denis, que había venido a sentarse con nosotros—. Y también a Lewis.
Fui hasta la cocina y allí lo encontré a Lewis, caído sobre unos cajones, en calzoncillos, tratando de tararear el primer movimiento de la tercera sinfonía. Raymond lo estaba atendiendo: lo había desnudado y en ese momento trataba de hacerle tomar un calmante. Había estado vomi­tando sangre y prácticamente deliraba.
A la doce empezaba cada noche con el primer whisky; a las tres de la mañana lo subían a su departamento, entre Denis y alguno de los mozos, y le daban un baño y lo acostaban.
—No es nada —dijo Raymond—. Durmiendo algunas horas se le va a pasar.

Cargamos a los otros dos hasta el auto y los metimos en el asiento trasero. Después tomamos por la Séptima Avenida hacia down town.
Maureen no abrió la boca en todo el viaje; solo de vez en cuando para bostezar, o dar una chupada al cigarrillo. Dejamos a cada uno en manos de sus mujeres y endereza­mos hacia New Jersey.

Así habíamos pasado esos días en casa de Raymond, contemplando la nieve y saliendo a dar una vuelta de vez en cuando por Manhattan. Había nevado todo ese tiempo, y también antes, desde Navidad, y después la nieve siguió cayendo en enero y más adelante todavía. Y por eso tuvimos que quedarnos mirando televisión o leyendo, tirados en el piso, jugando al ajedrez, observando cómo, poco a poco, el invierno se iba haciendo cargo de sus obligaciones.

Yo había llegado a su casa ese mismo día. Había tomado el ómnibus en el Port Authority de la calle 42 y bajamos por la explanada hasta la boca del túnel y así entramos en New Jersey. Cuando llegué a lo de Raymond ya esta­ban cubiertas las casas, las calles y los autos estacionados. Maureen acababa de encender las luces del árbol.

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