Por Roberto Liñares.

A pesar que se sigue usando en los concursos televisivos la pregunta “¿Qué novela escribió Borges?” en forma capciosa para inducir a error, he descubierto, después de largos años de investigación, largas siestas y entresueños de generación creativa, que Don Jorge Luis Borges escribió una sola pero importante novela, que créase o no, pasó inadvertida a lo largo de largos años, para distintos críticos e inducidores profesionales (bajo la voz porque acaba de pasar uno).

En la dulce y acogedora largueza del tiempo (arriba descripta dulcelechescamente) y aparentemente perdido entre la brumosa espesura de los recuerdos he entrevisto un niñito palermitano, por haber nacido en el populoso barrio de Palermo, más cerca de Sicilia que de London, viendo una reja, un jardín, estáticos estantes llenos de lomos y grosuras bien cubiertas e ignorando el lomo descubierto de su padre y de su madre en la danza antigua y antropológicamente conocida por coito.

Y después la pregunta, que lejos de plantearse gallináceamente, se trastocó en: ¿Qué fue primero? ¿El libro o el abismo? ¿La biblioteca o la fluencia?

El niñito creció y al empezar la categoría de párvulo, en sus primeros primarios años, una institutriz a sueldo, en un duelo a lápiz, mató a toda una banda, llamada “La de los potenciales compañeros” y a segismunda continuación fue confinado a la ausencia de ellos… Compañeros… compañeros… qué palabra que le daría al niño tanta perplejidad, dolor y furia.

Sol y edad. La edad en que crece el amable y bello público no llegó y el sol entró por la ventana y la puerta, junto a ocasionales y turbios conocidos de la casa que pasaban de tanto en tanto, como en un truco. O como en el juego de naipes llamado truco. De tanto en tanto. Y los llamó guapos, por la belleza literaria que empezaba a ganarle.

Aprendió sobre el uso del cuchillo, ese alargado, punzante y falible instrumento que suele mezclarse con urgencia de sangre en ciertos días. Pero aprendió sin tenerlo verdaderamente en la mano, salvo necesidades intrascendentes. Pintaba para genio. Así lo diría una sociedad necesitada de genios.

El niño creció a su manera, hasta ocupar el espacio completo de la cavidad bibliotecaria, hasta hacerse una biblioteca nacional. En ese prolongado proceso logró plantearse la pregunta, filosófica si las hay: ¿Por qué hay algo y no más bien nada? Y concluyó construyendo algunas naderías, y así nadó como en el anchuroso mar, y se sabe que en el fondo del mar siempre crece algo marino. Marino, aeronáutico y de tierra, con bombardeo de plazas y otros objetivos. El niño creó un universo dulce y contradictorio, con la perversa dulzura de un niño que revolea y descompone juguetes.

A pesar de sus crecientes e incesantes conocimientos lingüísticos, no pudo resolver las dimensiones significativas de la palabra mamá cuando pierde el acento tradicional y se duplica y empieza a moverse de un lado para el otro en el devenir de los sentidos profundos de la lengua.

Pintaba para genio. Así lo diría una sociedad necesitada de genios.

El niño fue joven y empezó a ser un orillero que se enfrentó a todo tipo de gente, gente que irrumpía en los tangos, para llenarlos de amores, desengaños y llantos y sacarlo, con letras tremendas, de la música funcional de los prostíbulos; torrentes de tanos, de gallegos que llegaban y atorrantes de la tierra que se incorporaban a la atmósfera poética tan cara a los efluvios borgeanos, como aquellos maderos de San Juan: “…piden pan, no le dan, piden queso, le dan hueso y le cortan el pescuezo…”.

Apenas tuvo tiempo para acercarse a una primera experiencia literaria con la muy real leche cuajada, sobre cuyas propiedades escribió un folleto, juntamente con Bioy Casares, alguien que venía de una familia con tradición lechera, a la cual honró.

Pero fundamentalmente con cuántos seres creados por arte de imaginería, se relacionó. Muchos… Hipólito Yrygoyen, la Revolución Rusa, reyes Vikings, malevos y mal eva, un tirano prófugo y un señor que no tenía retratos suyos en su oficina, un taita de apellido Videla. Todos fueron soñados por un ser, parafraseando a Parménides. Si ese ser dejara de soñarnos, seríamos desaparecidos. Ni muertos ni vivos: desaparecidos.

Cuánta incomprensión sufrió de esos seres de afuera, como aquella vez que estando en una biblioteca de la calle Carlos Calvo, advertía que algunos especímenes surcaban el exterior hablando del denominado Club Atlético San Lorenzo de Almagro, practicantes del dionisíaco fútbol, aquella locura que confirmaba la precisión meridiana de la rubia Albión.

El niño fue adulto y siguió peleando y jugando, con una honestidad virgen. Con la convicción que el mismo describiera en su poema “Amorosa anticipación”: “…Virgen milagrosamente otra vez por la virtud absolutoria del sueño…”. Así soñó, bajo la forma de pesadilla con hordas que cantaban sagas grasientas que venían del lejano oliente, propiciatorias de la deidad masculino – femenina. Eran las raciones contra lo racional. Sufrió una ficción en la columna vertebral del movimiento y quedó paralizado. Su mundo y submundo. Siguió mirando atentamente el jardín, las rejas del jardín y su biblioteca y su mamá.

Entretanto se iba afirmando, contra sus deseos, el carácter palpable y paspable de su evolución corporal, al par de sus molestias derivadas de la aparición de síntomas de un brote histórico que le iba provocando una ceguera de todo lo que fuera real.

El niño fue joven y empezó a ser un orillero que se enfrentó a todo tipo de gente, gente que irrumpía en los tangos, para llenarlos de amores, desengaños y llantos y sacarlo, con letras tremendas, de la música funcional de los prostíbulos…

El niño fue anciano. Se hizo coleccionista de contradicciones. Se hizo fanático de los limitares, a los cuales eligió, elogió y olvidó. Fue a vivir a Suiza por considerar que allí los depósitos, incluso los de cadáveres, estaban a seguro recaudo. Y se desintegró a tal punto que la fuerza de su palabra que había creado mundos por fuera de la tarjeta SUBE, la cuarta categoría y los Panamá papers, y su hálito vital se distribuyó en bibliotecas y en los cuidadosos jardines de los poetas y críticos entre rejas y flores de glosas rococó y el enconado de parlantes.

Todos hablan de él como un ícono de la argentinidad al palo. Él está como los sueños que creó. Vivo y argentino, por la temática con que jugueteó. Todos siguen leyéndolo en libros que no existen o que al abrirlos, muestras todas sus páginas o ninguna y chau.

Él no fue realista, pero terminó con todos los godos (y algunos godísimos de alta guata y cultura de la época busarda), a los cuales defendió con la filosofía idealista, i can’t. Hoy su obra se puede adquirir hasta en los Schopenhauer. Pero pienso que los patriotas, que fueron realistas, pasaron de largo sin conocerlo.

Bueno, ya es tarde, demasiado tarde. Como en los atardeceres que tanto pintó el niño de marras, se está acabando la luz.

Disculpen que interrumpa antes del final, pero un lector del futuro me acaba de decir que me fui por las ramas porque no sabe cuál es, en definitiva, la novela que escribió Borges. Sigo interrumpiendo para contestarle:

“Amable lector: Por más que la novela tenga un formato novedoso y no haya versión en papel (cosa muy común hoy) la novela que escribió Borges es La del niño que nunca dejó de ser e imaginar, en distintas ediciones corregidas y aumentadas, donde en muchos capítulos, hechos de libros de poemas, de cuentos, de ensayos y guiones cinematográficos, etc., contó las quietudes de aquel niño palermitaño, completamente de carne, a pesar de tantos sueños y pesadillas.”

Continúo. Más bien voy dando a fin. Si se respiró tanta atmósfera abstracta, muy a mi pesar, quiero dejar a los postres, una joya de la poesía concreta, que puede echar luz sobre el universo borgiano.

Después de leerla, si es que se puede hablar de leerla, vuelvan a la vida con Creta, esa isla de donde partimos y retornamos incesantemente, y compartan conmigo estos daditos de provolone embebidos en un tinto áspero. Son muy reales y aptos para adultos. Salud.

Roberto Liñares

Roberto Liñares

Colaborador

(1955, Buenos Aires) Poeta. Sus obras han sido publicadas en distintas revistas, y formado parte de numerosas antologías. Ha recibido varios premios (Biblioteca Belisario Roldán, Departamento de Extensión Universitaria de la Facultad de Derecho, Club Banco Provincia, Central de los Trabajadores Argentinos, Secretaría de Cultura de la Asociación Bancaria, etc.). Participa en distintos recitales y “performances”.

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