Por Cristian Fernando Carrasco.

Invencible es la otra gran obra de Kirkman, junto con The Walking Dead. Y no podrían ser más distintas. Mientras en The Walking Dead lo único fantástico es la presencia de zombies, Invencible está ambientada en ese mundo de fantasía y ciencia ficción que ya normalizamos como un género por derecho propio, hasta el punto en que hoy en día lo superheroico no es aquello que está un escalón más arriba que lo heroico sino aquello que hacen los superhéroes.

Robert Kirkman es un fan, eso es innegable. Y como fan sabe qué funciona y qué no, sabe qué cosas ya ha leído tantas veces que lo cansaron y cuáles nunca ha visto, qué vuelta de tuerca estaba ahí, picando como una pelota frente al arco desierto, pero nunca nadie hizo el gol, por interferencias editoriales y demás razones de marketing.

Entonces él va y patea.

La serie Invencible (Invincible en el original, pero estoy apuntando a que algunos de ustedes compren la edición nacional) es eso: un golazo tras otro. No hay un solo número “quieto”, un solo número intrascendente: el status de los personajes cambia casi en cada página, los personajes se desarrollan de forma coherente y sorprendente al mismo tiempo (lo que es jodidísimo de lograr) y prácticamente todos son queribles (o al menos comprensibles) después de unos números.

Kirkman, no en tanto quehacer literario sino en su actitud hacia los cómics y hacia los personajes, me recuerda a otros dos guionistas: a Erik Larsen (cuyo universo superheroico está muy emparentado al de Invencible y Savage Dragon aparece bastante seguido en los primeros números de la serie) y, sobre todo, a Joss Whedon (el creador de Buffy y quien mejor ha escrito a los X-Men después de Grant Morrison).

Erik Larsen es un ejemplo a seguir para Kirkman, lo ha señalado muchas veces e incluso ha declarado expresamente qué trucos narrativos y artísticos le ha robado a su maestro. Ambos escribían columnas en la página web CBR. El título de la columna de Kirkman era Buy my books (Comprá mis libros), lo que demuestra su habilidad y caradurez para el marketing. De hecho, en cada una de las portadas originales de Invencible, Kirkman incluye la leyenda “Probablemente el mejor cómic de superhéroes del universo” (como una parodia-homenaje a los Fantastic Four de Marvel y su leyenda “Los mejores cómics del mundo”). El peligro del autobombo es tener con qué respaldarlo, pero en este caso no hay queja: yo no sé si en otras partes del universo se harán comics, pero si dijera “Probablemente el mejor cómic de superhéroes del planeta” estaría totalmente de acuerdo.

La serie Invencible es eso: un golazo tras otro.

Los principales guionistas de cómics de los últimos diez años son, al mismo tiempo, maestros de la autopromoción: ahí está Millar con su Millarworld como semillero de películas, Bendis con sus declaraciones grandilocuentes acerca de lo que al final resulta ser pura espuma, Morrison vendiéndose como gurú espiritual y estrella de rock todo en uno. El trabajo del guionista ya no se reduce a escribir sino también a vender y a venderse como un producto atractivo.

Y en cuanto a Whedon: él también es un fan y se nota. En los comentarios del DVD de Serenity (peliculón de ciencia ficción escrito y dirigido por Whedon) comenta que, cuando creó la serie Firefly, a la que la película le da cierre, no quiso hacer algo que a los espectadores les gustara sino algo que los espectadores pudieran amar. Y esa es, resumida al máximo, la actitud de un fan devenido en creador. Y estoy seguro de que la cabeza de Kirkman funciona igual.

Otro de los puntos a destacar de Invencible es que toca todos los temas que abarca tanto la ciencia ficción como el subgénero de los superhéroes. Una pequeña lista de los tópicos que se pueden encontrar en la serie abarcaría: extraterrestres y descendencia híbrida, viajes en el tiempo, universos paralelos, robots e inteligencias artificiales, hombres inmortales, viajes al espacio exterior, zombies (zombies mecánicos, para ser exactos), clones, parásitos ladrones de cuerpos, criaturas del centro de la tierra, relación ciencia/magia, parodias a Star Trek (casi un género aparte dentro de la ciencia ficción actual).

Si dijera “Probablemente el mejor cómic de superhéroes del planeta” estaría totalmente de acuerdo.

Y respecto a los superhéroes, los tópicos a visitar son todos: cualquier cosa que haya pasado en un cómic de superhéroes desde el número uno de Action Comics hasta hoy (la identidad secreta, los poderes, el entrenamiento, el legado, el romance, el supergrupo, los villanos, la relación con la política, la investigación del asesinato de superhéroes, en una clara parodia-homenaje a Watchmen), es usado, revisitado, sublimado, invertido, doblado hacia afuera como un guante, llevado al paroxismo o resignificado en cada número.

A diferencia de la media de los cómics de superhéroes, en las historias de Kirkman hay mucha sangre, lo cual suma realismo pero hace que Invencible sea una serie para adolescentes y adultos, que no sólo disfruten la lectura y capten sus homenajes y variaciones, sino que también soporten el nivel de violencia.

Para mí es innegable que los mejores cómics (tal vez las mejores obras de arte, a secas) son para iniciados. Ya sea por la necesidad de conocer años, décadas, de historia del personaje, ya sea porque se trata de sátiras o vueltas de tuerca sobre historias o géneros enteros, lo que provoca que quien desconoce aquello que se parodia ignore las referencia y pierda con ello el sentido que se pretende generar. El caso de Invencible es ambiguo. Por un lado, sí, tener un conocimiento amplio de los géneros y los clichés sobre los cuales avanza es positivo y permite disfrutar el aprovechamiento de las oportunidades tantas veces desaprovechadas. Pero, en el sentido opuesto y en completa relación con lo anterior, el hecho de desenvolverse en un universo nuevo y autocontenido garantiza absoluta libertad a la hora de tomar decisiones, porque no se depende de otras series, de otros personajes, de otros autores. Lo mejor de ambos mundos: trabajar sobre lo ya establecido sin caer en los vicios de los universos compartidos a los que ha llevado, casi de manera natural, la proliferación de series de la misma temática dentro de las grandes editoriales.

Muchas veces antes se intentó llevar al éxito a un superhéroe en solitario, que se apoyara sólo en su propia historia, y no funcionó: ¿por qué con Invencible sí funciona? Creo que por esos intersticios y virajes tantas veces anunciados, o tibios, que en Kirkman son volantazos en medio de la ruta, saltos sin red. Y la coherencia: todo se retoma, cada acto es una semilla de hechos posteriores, como la bolsa de basura que Mark Grayson (la identidad civil del protagonista) arroja al cielo y aparece en otro continente seis números después, el grito de “Papá” en medio de una lucha que después trae consecuencias, o la misma imagen repetida de Omniman (padre de Invencible y otra de tantas versiones de Superman) cada vez que se “sincera” y cava más profundo en su mundo de origen y sus propias motivaciones.

Muchas veces antes se intentó llevar al éxito a un superhéroe en solitario, que se apoyara sólo en su propia historia, y no funcionó: ¿por qué con Invencible sí funciona?

El primer episodio de Invencible es una lección magistral de cómo presentar un nuevo personaje a tus lectores centrándote en contar sólo lo necesario, sólo lo nuevo, sólo lo que se destaca de las centenares de historias de origen anteriores. Empieza por el final, la resolución del arco argumental, en una secuencia de tres páginas. Luego, salta al pasado y nos muestra al protagonista en el baño (¿hay algo más íntimo, más de entrecasa, que la situación en la que un miembro de la familia te golpea la puerta del baño y te pide que te apures?): así, en dos páginas más, queda establecida la dinámica familiar. Después, en dos páginas más, el protagonista descubre sus poderes de forma accidental en su trabajo de medio tiempo. Es decir que en siete páginas Kirkman ya nos ha presentado todo el núcleo principal de protagonistas (esa familia con un padre, y ahora con un hijo, con superpoderes) y la trama se ha puesto en marcha.

Siguen otros hitos de la preparación de un superhéroe: la práctica, la búsqueda de una imagen icónica, la puesta en contacto con supergrupos, el primer crimen detenido, la elección del nombre de guerra. Así, al finalizar el primer número ya tenemos establecido el universo, la dinámica familiar, los poderes, el traje y el nombre, sin que sea explicativo ni aburrido. De ahí en adelante, la trama comienza a abrirse, a expandirse.

Tengo en mi poder los dos tomos que se publicaron en Argentina, aunque he leído hasta el número 100 en digital. Y quiero aprovechar para señalar la estupidez que cometen las editoriales nacionales atacando a las páginas que traduccen, a pulmón y con todo el amor del mundo, cómics para postearlos gratis en Internet. Es inmensa la cantidad de obras que, como fan y coleccionista, he comprado a pesar de haberlas leído en digital.

Hay dos razones por las que una persona puede leer sólo en la pantalla sin comprar después el comic en papel: o es un diletante que aprovecha la gratuidad pero no ama el género, y si los cómics escaneados no fueran gratis no los consumiría; o es un fan sin un peso en el bolsillo. De cualquier forma, es dinero que nunca iría a parar a la cuenta de las editoriales, así que perseguir a quienes gastan tiempo y energía en traducir y maquetar cómics para que otros los lean en su propio idioma, sin un beneficio claro a lograr, es simplemente una forreada.

Cristian Fernando Carrasco

Cristian Fernando Carrasco

Colaborador

Escritor y estudiante de Letras. Nació en 1978 en Villa Regina, Río Negro. Vive en Neuquén Capital. Fue miembro del grupo poético Celebriedades y participó en el proyecto Almacén Literario (www.almacenliterario.com).

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