Por Marina Cavalletti.

El universo folklórico argentino, tan vasto como complejo, ha reflexionado sobre la finitud de la existencia en cientos de canciones. Aquí algunos casos de composiciones que se valen del misterioso final que nos aguarda para buscar la inmortalidad.

La existencia, en tanto intentamos clasificarla con parámetros acotados, es una incógnita en sí misma. ¿Cómo abarcar lo inasible del ser? Y más aún ¿cómo abarcar o explicar lo que sucede cuando ese ser deja de ser? No se trata de un mero juego de palabras: la muerte y las ausencias, las despedidas generan vacíos que la poesía tal vez intenta llenar. Y aunque sabe que su agua nunca será suficiente para colmar el vaso de los finales, aun así corre. No como agua pura, como líquido apenas, más parecido al llanto o al sudor, para llenar infructuosamente la botella de la duda.

El fin de la vida, al menos tal y como la conocemos, genera desde hace siglos un corpus poético tan amplio como inabarcable. Este entramado de versos sobre la misteriosa parca –burlada con justicia, por El hombrecito del azulejo de Mugica Láinez y tantos otros- es diverso y va desde la letrística más picarezca y de hondura, hasta los versos más encumbrados –por tomar un adjetivo de cierto academicismo- Sobre la primera reflexionaremos aquí.

Letras muertas, pero no.

El título de la canción Cuidadito con morirse, de principios de los ’60 ofrece un tono risueño, similar al del relato previo de El aveloriado, del Cuchi Leguizamón. Pero enseguida Rodolfo Zapata y Germán García describen:

“La muerte me ha de llevar
cantando este chamamé
si muero será cantando
mi amor por mi Santa Fe”

Allí los autores hacen un cruce evidente con Hernández y las sextinas iniciales del Martín Fierro:

“Cantando me he de morir,
cantando me han de enterrar,
y cantando he de llegar
al pie del Eterno Padre;
dende el vientre de mi madre
vine a este mundo a cantar”.

El canto es entonces una respuesta ante esa pausa última. Y dentro del cancionero folklórico este “retobarse” ante el determinante c’est fini genera una letrística de una atractiva profundidad.

Sin dudas, una pieza donde la angustia de la muerte se observa vívida hasta el día de hoy es El Alazán de Atahualpa Yupanqui, donde el maestro más representativo de nuestra música se muestra derrumbado por la pérdida de su compañero de caminos:

“En el fondo del abismo
Ni una voz para nombrarlo
Solito se fue muriendo
Mi caballo, mi caballo”

El silencio, uno de los elementos yupanquianos más notorios, la muerte como lo impronunciable, potencian la pena de Atahualpa: su caballo muere al caer a un abismo y ese abismo es fuente a la vez del decir y del no decir, ante un final solitario.

“Todo poema sobre la muerte es un triunfo de la razón sobre la sinrazón, de la palabra sobre el balbuceo, y el quejido del dolor por la muerte de un ser querido, y además por la propia muerte. Pero, sobre todo, es un canto de afirmación del vivir humano en general y de la propia vida: a través del arte dar cauce al dolor oculto ordenándolo y estructurándolo, hace sonar la voz para acallar el grito, gramaticalizar la confusión, poner de relieve y afirmar el propio yo en el arte, expresando el anonadamiento y el estupor que la muerte causa y también la nostalgia del feliz tiempo pasado y la melancolía de vivir”, explica Paz Diez-Taborda en La despedida, moderno subgénero de la elegía.

El silencio, uno de los elementos yupanquianos más notorios, la muerte como lo impronunciable, potencian la pena de Atahualpa.

Y si la poesía y la letrística popular ante la muerte son apenas ensayos de respuestas, lo hacen con bromas e ironías, afirmando el propio yo. Como Raúl Carnota cuando canta la chacarera doble Salamanqueando pa´mí :

“Cuando me pille la muerte
la via´esperar
cajoneando fuerte el bombo
y l´hago bailar…
Salamanca… llevatelá”

La salamanca, según la creencia popular, es una cueva alejada habitada por brujas y alimañas donde en aquelarres emerge la música que atrae al hombre y donde muchos acuden para pedir dones especiales. Carnota solicita entonces, entre lo lúdico y lo cáustico aquello que imaginan muchos: atrasar el fin irreductible, lograr quizás la inmortalidad.

Por su parte, Roberto Galarza, en el histórico Chamamé Volver en guitarra pide “solo un deseo al Dios supremo”: reencarnar en árbol, no como insumo de futuros muebles, sino para ser instrumento, para estar con sus amigos “en las farras, con acordeonas y un rasguear chamamecero”, requiere.

Lo que escapa a la razón

Asimismo, situaciones incomprensibles como la partida de un niño aparecen en Cuando muere un angelito, el final como solución a un devenir injusto se postula en la Zamba del Chaguanco y, sin dudas en la Zamba para no morir, de Hamlet Lima Quintana, se llega a un punto cumbre en las versificaciones sobre el tema.

Lo cierto es que a la muerte, en gran parte de la letrística folklórica se la espera cantando o danzado. Como se relata en el gato Bailarín de los montes, de Pateco Carabajal:

“De contrapunto la vida
bailando está con la muerte.
A veces me gusta
jugar con mi suerte
y bien sincopado
malambo adentro perderme.
Soy bailarín de los montes,
nacido en la Salamanca”

Esa concordancia de opuestos, esa coreografía dialéctica, y de nuevo la Salamanca, denotan -por un lado- la alegría del baile. Por otro, la certeza de la muerte. Y tal vez el guiño de un personaje antiquísimo y casi sin edad cuyo sino es bailar.

“El que nombra a la muerte sobrevive. El que la pone en verso resucita. La poesía sobrevive a la muerte, la crea y la destruye. Y vuelve a crearla en un ciclo que no terminará sino con la especie” (Eduardo Mileo)

Queda claro: poetizar, armonizar, generar respuestas artísticas ante la finitud es un gesto hacia lo eterno, probablemente porque saberse limitado sea, para cualquier ser consiente, una empresa insostenible desde la mera razón.

“El que nombra a la muerte sobrevive. El que la pone en verso resucita. La poesía sobrevive a la muerte, la crea y la destruye. Y vuelve a crearla en un ciclo que no terminará sino con la especie” subraya Eduardo Mileo en el prólogo de una antología sobre el tema, editada por En Danza.

Por mencionar a la muerte entonces asimos fuerte a la vida, nos aferramos a ella en el artificio poético, hecho canción, hecho verso. E imaginamos tal vez que resucitamos y vivimos una y mil veces, en cada libro y en cada melodía.

Marina Cavalletti

Marina Cavalletti

Colaboradora

Es Magíster en Escritura Creativa por la UNTREF, profesora de castellano, Literatura y Latín y Técnica profesional en música. Además, es corresponsal de El Tribuno de Salta desde 2005. Colabora con medios independientes como periodista y correctora. Dio clases en la UBA, “El Alicia” y el IUNA. Es profesora en la UNDAV. También es compositora y poeta. Ama la radio y el folklore. Desde junio coordina el ciclo “Brote poético”.

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