Por Martín Camps.

Martín Ramírez (1895-1963) fue un inmigrante del estado mexicano de Jalisco que emigró a Estados Unidos en 1925 y después de laborar en los trenes y las minas, fue detenido por la policía en la ciudad de Stockton, California en 1931 para después ser confinado a un hospital psiquiátrico donde pasaría los siguientes 32 años de su vida. En el hospital desarrolló un gusto por el dibujo y la pintura y hoy es considerado uno de los maestros del siglo XX al lado de un Diego Rivera o Rufino Tamayo.

Ramírez pintaba todos los días y utilizaba todo el papel que podía encontrar en el hospital: bolsas de papel, hojas de revistas, envolturas que pegaba con un engrudo hecho a base de saliva y avena. Por esa razón cientos de sus dibujos se perdieron en el fuego porque se pensaba que su saliva estaba contaminada con tuberculosis. Ahora cada uno de esos dibujos perdidos costaría cientos de miles de dólares. Sus dibujos han sido exhibidos en las galería más importantes en Estados Unidos y en Europa, por ejemplo, en el Reina Sofía.

Martín Ramírez no dejó ninguna entrevista o documento escrito que de noticia de por qué pintaba o a qué obedecían los motivos de sus pinturas. Algunos de sus más importantes temas en sus dibujos era la figura de hombres o mujeres a caballo con las carrilleras de balas típicas de los revolucionarios que seguramente él vio durante la tolvanera de la revuelta armada. Su pueblo en Jalisco también se vio inmerso en las batallas de una segunda revolución, la Guerra Cristera de 1926 a 1929 que se suscitó después de que el Presidente Plutarco Elías Calles decidiera cerrar las iglesias y demoler el poder del clero. Una de las teorías de su posible padecimiento fue una carta malamente escrita por un familiar semi analfabeto que explicaba que su esposa había salvado a un allegado para impedir que lo fusilaran los federales fingiendo que era su esposa. Ramírez, también malinterpretó con una lectura rudimentaria la carta pensando que su esposa había huido con alguien más y se había unido a los federales, una práctica común durante la conflagración para salvar la vida. Ramírez había perdido todo motivo para volver a México y sus tierras y animales se habían perdido en el conflicto armado.

Martín Ramírez vivió 17 años en el hospital psiquiátrico en Stockton, California donde seguramente desarrolló sus habilidades con la pintura y el dibujo y después fue transferido al hospital DeWitt en la ciudad de Auburn, California. Allí sería frecuentado por el Dr. Tarmo Pasto, un profesor en psiquiatría y aspirante a artista, que sería una influencia importante en el conocimiento de su obra porque fue él quien vio el talento de Ramírez y organizó su primera exhibición en el museo Crocker en Sacramento. A partir de entonces la fama de Ramírez incrementó pero nunca vería en vida el alcance de su obra pues moriría en 1963. Tiempo después la nuera de uno de los responsables del hospital encontraría una caja sobre un refrigerador en la cochera con cientos de dibujos de Ramírez quien tenía la costumbre de regalar a diestra y siniestra sus composiciones.

Ramírez había perdido todo motivo para volver a México y sus tierras y animales se habían perdido en el conflicto armado.

Además de los dibujos de hombres a caballo con sus pistolas, otro de los temas de Ramírez eran los trenes, largos trenes de cientos de furgones que entran y salen de túneles misteriosos en colinas marcadas por líneas intensas, como reverberaciones, que semejan campos barbechados y listos para la siembra. También pintó “Madonnas” que le recordaban tal vez a las vírgenes que veía en las iglesias de Tepatitlán en Jalisco. Los animales son también una presencia constante, principalmente los venados. Uno de los especialistas más versados en su vida y obra, el Dr. Víctor Espinosa, dice que Ramírez había salvado un venado que había sido atacado por un gato montés. Además, los caballos eran fundamentales para demostrar estatus en los ranchos mexicanos. Otro leitmotiv de su obra son los edificios con numerosas ventanas y sombras. Los edificios son una referencia al hospital donde estuvo confinado y que además le proveía protección en un país en medio de la crisis económica de 1929 y la deportación masiva de trabajadores mexicanos para paliar la falta de trabajo.

El arte de Martín Ramírez se ha categorizado como “outsider” o “arte en bruto” porque es autodidacta y no recibió instrucción en las técnicas del dibujo o la pintura. Sus líneas reflejan la historia de un hombre que migró a un país que no tenía interés en escuchar su historia, su lugar de procedencia, sus convicciones y su visión particular del mundo. Ramírez encontró en el arte una manera útil para comunicar su mundo interior y decirnos de dónde venía, los recuerdos de sus iglesias, sus animales, la visión sublimada de su esposa o las mujeres en general, postales de su trabajo en las minas y las vías del tren y el trayecto que tuvo que hacer desde su pueblo a un país encarrilado en el progreso, con sus calles boyantes de autos de reciente modelo, de edificios y estructuras de una cultura americana en ebullición.

El arte de Martín Ramírez se ha categorizado como “outsider” o “arte en bruto” porque es autodidacta y no recibió instrucción en las técnicas del dibujo o la pintura.

En una conversación con el capellán Thomas Relihan del hospital DeWitt, un cura retirado de 95 años de edad y de pujante memoria, me comentó que Martín Ramírez era un hombre humilde y silencioso que pintaba en el piso de su dormitorio y que era querido por todos, porque en un hospital psiquiátrico, los que son más queridos son los que no hacen ruido, los silenciosos, los que no dan problemas. Ramírez ejercía su arte con una constancia de acero, en medio de gritos desquiciados, de la mirada furtiva de psiquiatras que podían interpretar cualquier anormalidad o disrupción como una falla de su estado mental y en caso severo, confinarlo a la camisa de fuerza o a los choques eléctricos. Sus dibujos son como los planos de un escapista, de un artista que se construyó sus memorias en metros y metros de papel con crayones, lápices y plumas en fragmentos de papel pegado con saliva y avena para dejar su impronta de tinta en este mundo.

Martín Camps

Martín Camps

Colaborador

Poeta y profesor de literatura. Ha publicado cinco libros de poesía, su último libro es Los días baldíos (México: Tintanueva). Ha publicado poemas en varias revistas, sus últimos poemas aparecieron en la revista Modern Poetry in Translation. Actualmente es profesor de literatura en la Universidad del Pacífico en California.

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