Por Cristian Carrasco.

Microfilm, de Carlos Blasco, es un libro que mide 14 x 8,5 centímetros, y en cada una de sus hojas impares entra completo un microrrelato. El autor es un escritor nacido y criado en Plaza Huincul, ciudad de Neuquén fuertemente identificada con el petróleo y los dinosaurios y, precisamente, de un dinosaurio habla el microtexto más famoso de la literatura hispanoamericana. Todo cierra, como si  los planetas se alinearan, como si la existencia de este libro fuese necesaria e inevitable.

A priori, hay dos clases de escritores: los todoterreno y los que se afilian a un género en particular, que son poetas o narradores, no se arriesgan a otras especies literarias e incluso las defenestran. He oído decir que el narrador que no lee poesía es un analfabeto literario, pero el narrador que no escribe poesía, creo, también adolece de algo, así como el poeta que no arremete alguna vez contra la narrativa. Conozco pocas personas que tengan dedicación exclusiva hacia algún género, la mayoría cultivan varios (poesía, novela, ensayo, periodismo) y, por lo tanto, los conocen y respetan.

Entonces, entiendo que uno de los poetas más solicitados e interesantes de la Patagonia, dentro de los nacidos en la década 70-80, escriba narrativa (Blasco ha publicado cuentos antes, por ejemplo, en el tomo 4 de la Antología Leer la Argentina, editada por el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación en 2004). ¿Pero por qué escribir microficción? ¿Tiene que ver con la falta de tiempo? ¿Con la falta de ganas? ¿Con perder por algún tiempo la fe en la posibilidad de publicar o trascender mediante las palabras pero aun así no poder dejar de escribir? ¿Es simplemente un capricho? ¿Una competencia con uno mismo para averiguar de qué extensión es la historia más corta con sentido que se pueda escribir?

La poesía de Blasco no es etérea ni intelectualoide, tiene los pies bien afincados en la tierra, al igual que sus narraciones.

Creo que la explicación puede darse por la cercanía, tanto en extensión como en ritmo, entre el microrrelato y la poesía. La poesía de Blasco no es etérea ni intelectualoide, tiene los pies bien afincados en la tierra, al igual que sus narraciones. De hecho, me pregunto, ¿cuántos de los textos que conforman Microfilm son poemas reconvertidos que conservan su cadencia interna original, o ideas para ensayos o aguafuertes dotadas de narratividad y de una coherencia propia? Los textos de Blasco siempre hablan de personas con carnadura real, desde una cercanía tal que al lector le parece habérselas cruzado en la calle, cuyas caras quedan en su memoria como si las hubiera visto en una foto vieja, de cuando existían las fotos viejas y no los archivos de imágenes que no envejencen con el paso del tiempo, sólo se pixelan con el aumento de la resolución de las pantallas. El cuadrado del pixel es la arruga de la era digital, su dimensión responde a la superficie y no a la longitud. En los microrrelatos de Blasco las arrugas de los personajes son reales, las fotos que congelan ciertos momentos están tomadas a una distancia y con una apertura de lente óptimas, lejos de esa selfie en la que molesta el brazo extendido hacia una mano fuera de cuadro.

Para continuar con la mezcla de formas artísticas y de géneros, en el Prólogo del libro, Laura Pollastri arriesga la posibilidad de que Microfilm sea una nanonovela. ¿Qué significa eso? Según mi opinión, para nada especializada y menos aún experta, significa que todos los textos están relacionados, comparten el mismo tiempo y espacio y están narrados con el mismo tono y desde el mismo punto de vista.

Ese instante que se nos muestra en cada texto está visto casi siempre desde el presente, en tiempo real; salvo cuando se trata de un recuerdo (que se recupera desde el hoy) o de un pasado repetitivo, rutinario, circular. El futuro se utiliza en las mismas circunstancias: para adelantar algo que ocurrirá con seguridad porque ya ha ocurrido decenas de veces antes.

El relato en tiempo pasado suele tomarse como una garantía para la producción de sentido porque, se sabe, todo sentido se inventa a posteriori. Existe en inglés la palabra closure, que significa al mismo tiempo terminar y cerrar un evento vital ya transcurrido. En los textos en presente es más difícil lograr la producción de sentido, pero no es imposible. El carácter instantáneo del microrrelato provoca que las historias se cierren sobre sí mismas y podemos tener closure en tiempo real.

Ese instante que se nos muestra en cada texto está visto casi siempre desde el presente, en tiempo real; salvo cuando se trata de un recuerdo (que se recupera desde el hoy) o de un pasado repetitivo, rutinario, circular.

En el libro no hay textos cuya finalidad sea la risa, la complicidad con el lector no se aprovecha para el remate de chistes privados, sobreentendidos. El humor está presente pero no lleva a la risa, es el humor resignado y en defensa propia que nos hace reír por no llorar.

No hay sustitución de palabras sino sustitución de miradas, del punto de vista desde la cual esas palabras se interpretan.

Tampoco están presentes los juegos literarios vacíos ni los microrrelatos del tipo paródico, con referentes literarios archiconocidos y revisionados, que a criterio de varios críticos, son característicos de la microficción. La única referencia metaliteraria (“A veces la literatura ya viene hecha”) señala la ironía de una situación real donde es tal el paralelismo entre hechos y significados que parece orquestado adrede. Aunque también la realidad, dependiendo de lo conspiranoico que seas, puede considerarse un discurso orquestado adrede.

Tal vez lo que necesitemos sea precisamente eso: menos gente que se centre en las innovaciones genéricas, las rupturas, las piruetas de saltimbanquis, y más autores que concentren su mirada como un láser y describan con minucia microscópica lo que ella revela. Historias reducidas a su esencia más concentrada, en un gesto que sólo puede calificarse como borgeano: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario” (Jorge Luis Borges, Prólogo a Ficciones).

El de Blasco ni siquiera sería un resumen, sería la explicitación escueta de la idea principal, obtenida tras extraer lo básico, lo esencial, y textualizarlo sin desperdiciar una palabra. Pero a diferencia de Borges, quien toma un instante definitorio, el momento en que el protagonista conoce su destino y sabe para qué ha nacido, Blasco toma un momento cualquiera porque no importa, porque es igual a cualquier otro, porque no hay destino, no hay un por qué ni un para qué que pueda ser volcado en una historia, sólo causas, consecuencias, racionalizaciones y recuerdos.

Por supuesto que los textos de Microfilm, como la inmensa mayoría de los microtextos, se apoyan en el conocimiento del mundo que posee el lector. No del mundo en el sentido geográfico, sociológico, desapegado, que se ve desde afuera como un objeto o se estudia desde cualquier -logía o -grafía, sino del mundo real. Lo que se comparte con el lector no es conocimiento libresco sino vital: haber vivido algo similar a lo que se cuenta, haberlo presenciado, haber escuchado la anécdota de primera mano o saber sin duda, sentir en los huesos por algún tipo de ósmosis sensorial, que algo parecido a lo que se cuenta pasa a dos calles de distancia. Lo que transmite Blasco en palabras son miradas rápidas, destellos, atisbos, captados a través de una rasgadura no en el espacio-tiempo sino en el entramado de sentido que usamos para decodificar el mundo.

¿Cuál es el lector cuya colaboración pretende o prefiere Blasco? ¿Puede considerarse a Microfilm, por ejemplo, un libro para niños? ¿Un chico puede ayudar a construir el sentido de algunos de sus textos? ¿Puede entender de forma vivencial la muerte, el asesinato, el aborto, el desamor de la familia? ¿Sabe de manganetas políticas, burocracia, favores a pagar? ¿Entiende plenamente lo que significa “ligarle” a alguien que está “reduro”? Sería de esperar que en la mayoría de los casos no.

Otros requisitos para que el lector genere el sentido de los textos son de carácter pragmático: Blasco transcribe discursos o relata situaciones a las que debemos sumar su hipocresía o patetismo, la tristeza frente a la normalidad (tomada como insulto o descalificación, la cualidad de quien se rindió frente al mundo o a la vida) para leerlos como deben ser leídos. “El gerente de una famosa petrolera”, el que trabaja “en el campo, de boca de pozo”, no son símbolos tan potentes en Buenos Aires o en el norte como lo son en el sur: símbolos del dinero, la ostentación, la chatura mental, el machismo, el tener para ser. En la Patagonia, cuando un artista considera vender su alma al sistema, bromea con hacerse petrolero, político o policía: esos tres personajes son protagonistas de varios textos de Microfilm y se debe estar al tanto de su estatuto de arquetipo y cliché para interpretar ajustadamente sus apariciones.

Por supuesto, vivir en la Patagonia no es requisito insoslayable para leer, disfrutar y valorar el libro como el potente y bello artefacto literario que es. La prueba está en que algunos de sus textos han sido publicados y estudiados en universidades de un país tan diferente al nuestro como Alemania.

Blasco transcribe discursos o relata situaciones a las que debemos sumar su hipocresía o patetismo, la tristeza frente a la normalidad, para leerlos como deben ser leídos.

¿Se podría filmar Microfilm? ¿Qué clase de película sería? ¿Una sucesión de postales? ¿Escenas hilvanadas por un lugar y un tono, pero no por una historia? ¿O hilvanadas por la historia colectiva del lugar que habitan los personajes?

Ha habido experiencias (en Francia, Norteamérica, Argentina) de películas filmadas con personas comunes en lugar de actores: algunas han salido bien, otras no tanto. De filmarse Microfilm, la imagino como una película de ese estilo. La naturalidad mundana de las personas que no actúan sus vidas sino que las continúan, sin variaciones, con una cámara en frente; sumada a la claridad del director para enfocar la cámara tan sólo en lo que quiere mostrar. En Microfilm no hay sobreescritura como en esa hipotética película no habría sobreactuación. Imagino a Blasco gritando desde su silla de director: “Hay una cámara por allá. Sean ustedes mismos. ¡Acción! ”.

Ligarle al Tato es un problema, es meter la mano en un pozo oscuro para sacar un premio o una mordida que te arranque los dedos.

En una calle alejada con perros galgos el Tato aparece reduro y atiende desconfiado detrás de un portón de chapas. El aire se carga, se tensa, y es posible una bala o dos, o el grito repentino de mil sirenas azules… es un instante. Luego nos alejamos, listo… todo bien, como si nada, pero solamente es buena suerte.

Gomería El Rulo, el Rulo está adentro, se lo ve a la pasada en equilibrio sobre una rueda de camión tirada en el piso, haciendo zafar el aro sin que le arranque la cabeza mientras sus tatuajes verde birome ya son una mitología de tres cuadras de la redonda. El compresor se enciende, aspira una continua bocanada de chivo, caucho, mugre… comprime moléculas y forja el olor a gomería. En un rincón, debajo del almanaque de las tetas grandes, la cumbia se cae a pedazos de la radio rota y negra. El Flaco lo acompaña, ceba mate y el mecanismo se lubrica. El Rulo gargajea, se asoma a la calle y escupe lejos, saluda a un colectivo… el universo está en orden.

Frente a la casa de Doña Ester (que también cura el empacho) está estacionado un auto que no es del barrio. Cuando anochece un perro revisa la basura… huele, mordisquea la sonda de goma, luego se aleja moviendo la cola… lleva un enorme algodón con sangre entre los dientes.

Era un pibe joven… laburador, estaba en el campo, de boca de pozo en una petrolera grande, viste que no la cuidan a la gente. Fue antes del paro, haciendo el turno de día, con un viento de la san puta que sacudía toda la estructura… cuando cortó el tirante de acero se escuchó el latigazo, yo alcancé a verlo justo cuando le arrancaba la cabeza, caminó dos pasos así… como un borracho, y después se cayó para el costado.

De 200 a 250 es el número de ominosos jotes negros que sobrevuelan en círculos la destilería donde una vez me pegaron por ser docente. Esto ocurre por las emisiones de metanotiol, que es el mismo gas que despide un cadáver en descomposición. A veces la literatura ya viene hecha.

Vieja loca, le gustaba pronunciar la doble “L” porque creía que la hacía distinguida o que la imitaríamos, nos trataba con desprecio. Disfrutaba de nuestro miedo cuando no estudiábamos, no le gustaban los morochos ni los gordos, siempre que podía nos humillaba, a Funes le hacía sacar los zapatos porque sabía que tenía las medias rotas, usaba tacos altos. Un día en la calle vi como el marido le volaba los anteojos de una cachetada mientras le gritaba “pelotuda” y no sé qué más. Esa tarde le perdí el miedo, se lo conté a todos… Tenía once años, era un pibe.

Cristian Fernando Carrasco

Cristian Fernando Carrasco

Colaborador

Escritor y estudiante de Letras. Nació en 1978 en Villa Regina, Río Negro. Vive en Neuquén Capital. Fue miembro del grupo poético Celebriedades y participó en el proyecto Almacén Literario (www.almacenliterario.com).

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