Por Paulo Roddel.

Algunos escritores logran fundir a lo largo de su obra, su experiencia personal y su escritura, haciendo de cada libro una confesión de sus propias experiencias de vida, donde ficción y realidad se mezclan no sabiendo dónde es territorio de una y de otra. El autor cuenta su vida en la voz de otro, a menudo utilizando un alter ego, y erigiéndose en una suerte de héroe de su propia obra.

Jack Kerouac fue un escritor autobiográfico. Reflejó como pocos autores la vida misma del que escribe, en una improvisación espontánea en la creación, tal cual un músico de jazz, música que adoraba y que suena a lo largo de toda su obra. Esa espontaneidad al momento de escribir, ese abandono de las reglas que rigen una literatura formal, rigurosa, académica, hizo que la lectura de sus textos, tanto narrativos como poéticos, tuviera un tono accesible, nada complicado, pero nada frívolo. Para Kerouac, escribir formaba parte de otra intransferible pasión: viajar, pasión que nítidamente refleja en obras como en su novela “On the road” (1957), o la colección de relatos “Lonesome traveler” (1960). Tanto sean Sal Paradise, Ray Smith, Leo Percepied, Jack Duluoz o algún otro, todos fueron el propio Jack Kerouac, que les dio otro nombre, pero les prestó el alma para que el lector lo identificara en cada línea de su viaje literario. Kerouac nos guía y nos dice que la vida es un viaje permanente, que no es complicado hacerlo, y que además, la experiencia es lo que verdaderamente cuenta a la hora de vivir.

Ese abandono de las reglas que rigen una literatura formal, rigurosa, académica, hizo que la lectura de sus textos, tanto narrativos como poéticos, tuviera un tono accesible, nada complicado, pero nada frívolo.

Nacido en una familia francófona emigrada de Quebec, Canadá, Jean-Louis Lèbris de Kerouac, tal su verdadero nombre, abrió los ojos por primera vez en el pequeño poblado de Lowell, Massachusetts, Estados Unidos, el 12 de marzo de 1922 y no aprendió a hablar inglés hasta los seis años. Su inesperada muerte el 21 de octubre de 1969 en Saint Petersburg, Florida, lo convirtió en un ícono de la contracultura norteamericana, un santo pecador que a los 47 años abandonaba su vestidura carnal. Aquella Generación que incluía a otros escritores como Allen Ginsberg, William Burroughs, Lawrence Ferlinghetti, Lucien Carr, Neal Cassady, Gary Snyder, Gregory Corso o Carl Solomon, entre otros, dieron una patada a todo lo culturalmente establecido en la tierra de los hombres libres, los Estados Unidos. La experimentación sensorial a través de las drogas y el be-bop, sub género del jazz como banda sonora del descontrol y el delirio, entre orgías y escándalo, la libertad de pensamiento y acción que proclamaban los beatniks, le dieron un perfil único e irrepetible a esta vanguardia. Los propios hippies tomaron a ésta generación como referente, y el mismo Ginsberg leyó poesía en Woodstock ´69.

Antes del escritor, Kerouac supo ser un buen jugador de fútbol americano, incluso ganó una beca para jugar por la Universidad de Columbia, pero una lesión y discusiones con su entrenador le hicieron ver que ése no era su camino. Enrolado luego en la marina mercante (1942/1943), viajó mucho, y mientras tanto, escribía. Recorrió continentes y se enriqueció de lugares, culturas, gentes, aromas, sonidos, que luego utilizó en su escritura. La filosofía de Kerouac era la de experimentar con todos los sentidos;  para él, todo lugar revestía mística y belleza, decadencia y delirio, tal cual la obra que comenzaría a engendrar no mucho tiempo más tarde, cuando en el segundo lustro de los 40 se instaló definitivamente en New York, trabajando en innumerables empleos (empleado en garajes, guardafrenos en la Southern Pacific Railroad de San Francisco y hasta periodista deportivo), se casó tres veces, tuvo una hija, y todavía le quedó tiempo para que junto a los que después serían los beatniks, compartir en los bares, entre whisky y whisky la New Vision de una América empantanada en su propia sombra.

Dentro de un sistema social conformista, rígido, conservador, la prosa de Kerouac es una brisa refrescante de libertad, un manual de cómo no hacer lo que hay que hacer. Es literatura políticamente incorrecta.

Pero el joven escritor comenzó una desenfrenada obsesión por las drogas, el alcohol y el sexo, además del jazz. La literatura de Kerouac, refleja los deseos, la esperanza, pero también la desilusión y el desconcierto de la generación norteamericana post Segunda Guerra Mundial. Dentro de un sistema social conformista, rígido, conservador, la prosa de Kerouac es una brisa refrescante de libertad, un manual de cómo no hacer lo que hay que hacer. Es literatura políticamente incorrecta. La llamada kickwriting que utilizó Kerouac, tenía como regla justamente no tener reglas; era cruda, visceral, sincera, y por supuesto, autobiográfica. Es fácil reconocer a los beatniks, en sus obras, todos participan de los viajes, las fiestas, los happenings, los días de sexo y drogas que Kerouac describe en sus libros, dándoles otro nombre a cada uno; toda ésa legendaria generación desfila por las páginas de cada una de sus obras. Su novela más famosa, “On the road”, es sin dudas la road-novel más impresionante e influyente que se haya escrito hasta hoy y ha sido inspiración para otros autores en la escritura de relatos de viajes; un alocado y psicodélico itinerario a través de los Estados Unidos llegando hasta México. “The subterraneans” (1958) es una suerte descripción de la propia Generación Beatnik, “The Dharma Bums” (1958), un viaje en pos de escalar una montaña, pero también un travesía espiritual por medio del budismo (difundió como pocos en Occidente la filosofía Zen), “Big Sur” (1962), con su descarnada honestidad, su vacío existencial, que sólo puede conjurar por medio de muchísimo alcohol, o “Vanity of Duluoz” (1968), que describe a un joven Kerouac en sus años donde forjó la experiencia que luego retrataría en sus libros. Otras obras como “The town and the city” (1950), “Doctor sax” (1959), “Tristessa” (1960), “Desolation angels” (1965), o la póstuma “Visions of Cody” (1972), aumentan y enriquecen una bibliografía imprescindible, así como también su poesía como en “México City Blues” (1959), (entre otros libros de poemas que publicó), de una belleza simple, sin artificios, concreta en el mensaje; era él mismo en cada verso, en cada espacio en blanco.

Su muerte vino a investir un halo de santidad y misticismo tanto a él como a toda su obra, que ha influido a escritores, músicos y creadores en todas las disciplinas artísticas hasta éstos días. Jack Kerouac fue el cronista de toda una generación norteamericana desencantada; casi a su pesar, fue quien realmente tomó apuntes de la locura y la transformó en poesía.

Paulo Roddel

Paulo Roddel

Colaborador

Nació en Montevideo, Uruguay, el 13/10/77. Publicó poesía y cuentos en revistas y antologías de escritores. Editó publicaciones de rock y cuatro libros de poesía Trapos (2004), Palidezco (2010), Ama/zonas (2014) y El ceño del sueño (2016). Participa en ciclos literarios. Colabora como periodista cultural en varios medios digitales y en papel. Es docente de inglés, librero, y cursó la Licenciatura de Historia en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República (Uruguay).

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