Por Roberto Liñares.

Sueño que leo: Como reza la sacrosanta obra del muy británico Darwin ‘El origen de las especies (1859), con numerosos ejemplos extraídos de la observación de la naturaleza, todas las especies de seres vivos han evolucionado con el tiempo a partir de un antepasado común mediante un proceso denominado selección natural. Entonces, el ser humano no “desciende del mono”, sino que humanos y chimpancés descienden de un ancestro común. La selección natural es generadora de adaptación biológica, y la teoría evolutiva darwiniana también elimina la noción de progreso”.

Más por motivos que sólo permanecen celosamente estancados en el cacumen humano, inmediatamente (es decir, hace algunos días para el que ahora lea) me levanté inquieto por la señera figura de Carlos Darwin (Charlie o Carlitos), destacado y digno súbdito de la Reina Victoria, inquieto viajero, que vino a informar al Reino Unido (triunfaremos) de los recursos y hallazgos de nuestra tierra argentífera y que sobre todo engalanó la ciencia con la divulgadísima teoría de la evolución de las especies, que tanto esparcimiento proporciona a cuanto erudito hubiera o hubiese nacido en la República Argentina, que como dijera Julio A. Roca (¡Hijo…!), entonces Vicepresidente argentino e integrante de una delegación asistente en una reunión en London City (1933), “…por su interdependencia recíproca, es, desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico”.

Me pregunté, ¿Qué puedo hacer yo, pútrido residuo del re baño y de la re cocina mercosureña, para sumarme al coro de los devotos de Carlitos Darwin?

Me puse en marcha a través de una idea que fue madurando, alimentándose en los amaneceres de Villa Santa Rita. Me tomé el 34 y bajé en Honorio Pueyrredón. Caminé una cuadra por Honorio hasta la calle Batalla de Pari. Y por Batalla de Pari hasta Warnes y allí asistí al nacimiento de la calle Darwin. Y me dije: “Voy a estudiar la evolución de la calle Darwin, para que el mundo sepa y glorifique debidamente al super científico de la rubia Albión”.

Fue cruzar Warnes y, ya situado en la esquina del nacimiento, empezaron las iluminaciones científicas que me irían alejando paula y tina mente, de la ignorancia sudaca con la que trans piraba.

Voy a estudiar la evolución de la calle Darwin, para que el mundo sepa y glorifique debidamente al super científico de la rubia Albión”.

Para principiar, noté que Darwin no nació con un dígito sino, por comprobación fehaciente, con dos, y a los cien metros, ya tenía tres, con lo que iba evolucionando. Pero, vaya paradoja, el sentido de la circulación iba hacia los orígenes, en vez de proyectarse hacia el infinito en perspectiva de fuga. No iba a ser la primera contradicción con la que chocaría, si no esquivaba en mi tránsito. A poco de andar dos víctimas del denominado “darwinismo social”, recostados en la pared, me pedían que habilitara moneda para un vinito. Raramente eran de dos épocas evolutivas distintas, porque uno era locuaz y me llamaba “hermanito” y el otro tenía barba y no hablaba, cerrando los ojos como única actitud moral y etílica.

Crucé una calle. Muñecas. Ejemplos de mutación adolescente que caminaban por el sol, alejándose de la escolástica. Aparecieron tintes azules y amarillos que no provenían de la boca humana  que correspondería al argentino medio, sino de este descubrimiento de la Atlántida y sus atlantes y atlantas. Misteriosos seres que se desplazaban en banda, dejando riquísimos testimonios de su incipiente cultura. Advertí los primeros vestigios de la autodenominada “Banda de Darwin” que poblara esa tierra desaparecida, quizá por hundimiento tectónico. Raras inscripciones hallé en las porosas paredes: Ruso; Omar; Uru (posible alusión a unos alegres y bellos pájaros que atraviesas los anchos ríos); Negro (¿coloración étnica?); Beto; Marcelo; Pope (¿autoridad sacerdotal?); Rulo; Nina, Lela (estas dos últimas, posibles especie de hembras); Bolita (¿primeras formas de evolución?); C. Díaz; Palito (¿quizás conocimientos sobre el encendido del fuego?); Gastón; Milonga (es factible la referencia a las primeras danzas tribales); Chino G.; T. Campeone; Chupete (costumbres y/o rituales de succión); Culebra (ancestros convertidos en deidades). Con los pocos datos que posía, en medio de la sorpresa y el asombro, anotaba todo para un posterior informe a la Facultad Alterada de Ciencias Inexactas y al Instituto de Patafísica Dr. Alfredo Jarry. Insistían obsesivamente en las tinturas azules y amarillas, quizá producto de machacar los vegetales del lugar, aunque solo encontré ejemplares de puerros.

Aparecieron tintes azules y amarillos que no provenían de la boca humana  que correspondería al argentino medio, sino de este descubrimiento de la Atlántida y sus atlantes y atlantas.

A un costado de mi camino, hallé restos óseos de un ejemplar que rotulé con un nombre científico: “León Kolbowsky”, el cual, por su posición, se encontraba en un estadio lúdico, que denominé: “el juego de pelota”.

Luego avancé hasta atravesar Corrientes y el paisaje iba cambiando polifacéticamente. Gran sorpresa una inscripción mural que lacónicamente decía: “664-6”. ¿Habré ubicado el antecedente bíblico de la evolución del hombre hacia la bestia satánica? Mi cuaderno de notas, ante tanta información, debía ser administrado juiciosamente. Darwin era un reservorio de sorpresas y de monjas enjauladas.

Felinescamente feliz comencé a encontrar antecedentes felinos. En una tosca inscripción se leía: “Macri Gato”. Apareció Darwin con cuatro dígitos, prueba de haberse completado la evolución y adaptación a la altura. Así las cosas, se descubre a mi vista, datado en el 1200 A.C. según Darwin, un león enjaulado que mirando al porvenir, parecía lamentarse de no evolucionar hacia el homo sapiens. Estaba encerrado entre rejas (como muchos detritus humanos), detenido en su normal evolución, duro (quizás fruto de una glaciación). Yo estaba extasiado (ver “Alice in Wonderland”).

¿Habré ubicado el antecedente bíblico de la evolución del hombre hacia la bestia satánica?

Apenas encontré fuerzas para seguir cuando al contrario de lo que yo esperaba, un puente, no entre el mono y el hombre, detenía la evolución de Darwin. Darwin parecía desaparecer bajo ese puente. No era darwinianamente lógico. Encontré una escritura que decía: “Una especie de familia, estreno 14 de septiembre” (no pude descifrar el año). Conocían la estructura familiar. Eso me alentó. Atravesé una planicie y reapareció Darwin como de la nada. Esto ya no era para nada científico.

Sin embargo, fue un consuelo porque antes de recorrer cien metros más encontré indicios de que en ese lugar habría sido habitado por un rapsoda (poeta) cuyo nombre era Tito Colom (sé que debiera estudiar una posible relación con Cristóbal Colón el navegante post-vikingo). Pude comprobar para mi alegría que el poeta en cuestión desde manuscritos jeroglíficos como “Argentino hasta la viga”, “La Bola Épica”, “Casta Vulgata” había tenido una evolución positiva, que era digna de los antecedentes de Darwin y lo prestigiaba.

Comenzaba a cansarme y comenzaba a entender que Darwin tendría una inexplicable evolución sinuosa para la ciencia. Se angostaba y se llenaba de vegetación pero aparecían tres signos evolutivos: un camino de hierro, propio de otra civilización, torres gemelas que manifiestan claramente a lo que puede llegar el hombre y un lugar de posible habitación transitoria donde se podía intentar la reproducción de la especie. Evidentemente me faltaban datos para anudar todos mis descubrimientos.

Y otra vez una “desviación” de Darwin. Empero, al cruzar el camino de hierro pude encontrar la solución. Volvió Darwin a hacerse presente. Pueblos deben haber luchado. Dos especies de carteles (fungirían como tales), parecían evidenciar un conflicto. El que estaba más arriba hacía referencia a Darwin y otro maltrecho y con conatos de destrucción, dejaba ver la palabra “Gorriti”. En pocas palabras, conflictos que retrasan la evolución normal.

Evidentemente me faltaban datos para anudar todos mis descubrimientos.

A un costado del férreo camino encontré un templo y entré. Otra sorpresa: en el interior de la construcción sagrada encontré muchas urnas que contenían, entre otras cosas, canela molida; jengibre… Esto al menos probó, con mucho gusto para mí, la evolución de las especias.

Pero esta ruta de las especias y de mi querido Darwin no tenía una cósmica evolución eterna. La contradicción final es que tenía un  final. Se avecinaba. Estaba a la vista. Se perdía en honduras que no pasarán las huellas humanas de quien esto escribe. De repente, una pared infranqueable. El estudioso y poeta Javier Medina, una vez había profetizado que “Cualquier falopa, con todos me va a reunir, para beber el vino de la prosperidad, para ser un hombre más”. Pero para mí ya no había ni sedantes, ni prosperidad británica, ni científica, ni positivista ni culta, que me hiciera parte integrante del Imperio Británico. Apenas flotaba en mi mente el aroma palermitano de bodegas de mi infancia y el vino oscuro (¿dark wine?) y la oscura victoria (¿dark win?) de la impotencia y la tormenta cultural que es comprobar que la confusión es clara. Que mis hallazgos y  mis hartazgos contribuyan a la cuarta categoría imposible.

A la espera de la recepción favorable de Ciencias Inexactas y del Instituto Jarry, aprovecho la oportunidad para saludar a todos con las muestras de mi mayor consideración científica y deseando que vayan evolucionando favorablemente de sus dolencias. ¡Dios salve a la Reina!

Roberto Liñares

Roberto Liñares

Colaborador

(1955, Buenos Aires) Poeta. Sus obras han sido publicadas en distintas revistas, y formado parte de numerosas antologías. Ha recibido varios premios (Biblioteca Belisario Roldán, Departamento de Extensión Universitaria de la Facultad de Derecho, Club Banco Provincia, Central de los Trabajadores Argentinos, Secretaría de Cultura de la Asociación Bancaria, etc.). Participa en distintos recitales y “performances”.

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