Por Roberto Liñares (Para La Carnicería)

“No hay rosas sin urquizas” Fel y Pepiña

Así como Macedonio Fernández ataba cosas a las plantas de su jardín y cuando la gente le preguntaba qué era eso él contestaba: “es una máquina de hacer preguntas”, en el jardín de mi humilde cerebro tengo, junto a mis innumerables rosas, una máquina de hacer una sola pregunta: ¿Cuál será la más auténtica y bella rosa? Es más, cuando me siento a meditar, la sola fuerza que tengo que hacer para ello, produce un fenómeno en mí: la pregunta se singulariza en parte y le crece una erre mayúscula. Se convierte entonces en: ¿Cuál es el auténtico y bello Rosas? Y no sólo se apellida, sino que se nombra: ¿Cuál es el auténtico y bello Juan Manuel de Rosas?

Trato de limpiar las primeras puras impurezas de este puré. Le saco el “bello” a la pregunta, así pierde la aureola olorosa con que la historiografía y la historieta triunfante suelen perfumar la cabeza de los educandos. En consecuencia queda la pregunta final y fanal: ¿Cuál es el auténtico Juan Manuel de Rosas?

¿Rosas Poeta?:

Iglesia San Francisco de la ciudad de Santa Fe, donde está la tumba de Estanislao López, quien fuera gobernador de esa provincia y su caudillo emblemático. Allí se lee:

¡Descansa del empíreo en las mansiones,

en el seno de Dios, hombre querido!

La libertad te debe sus blasones

y los tiranos su postrer gemido,

Rosas, el compañero de tu gloria,

consagra esta inscripción a tu memoria.”

El autor es Don Juan Manuel de Rosas: En opinión de Guillermo Enrique Hudson (de origen inglés, por lo tanto,  sus opiniones son inobjetables) Rosas amaba la poesía, al punto de perdonar a un condenado por un terrible crimen, al escuchar una balada que escribió dicho recluso y entregó a su carcelero como regalo. ¿La ternura de Rosas, habrá sido tallada por la poesía?  ¿O aún su bárbaro impulso pero su confuso reconocimiento recurrió a la poesía por encargo? (aquí entonación sarmientina…)

Rosas anti poeta:

José Luis Busaniche, en su libro “Rosas visto por sus contemporáneos”, recoge un testimonio, donde se relata que mientras estaba con un visitante en sus tierras, habiendo advertido con su astuta percepción y a la lejanía, a un ladrón de su ganado, monta en su corcel -no, cuando sale la luna, sino en pleno día-  da alcance al ladrón, lo castiga severamente para que no lo haga más y después le da trabajo para que no vuelva a la vida de delincuente, con lo que deviene en un fiel seguidor suyo. Esto no parece, para nuestros finos gustos, un producto poético, ni por los procedimientos, salvo que consideremos hard poetry a los meros estados subjetivos como el relatado, del cual Rosas tenía de a ramos, valga la redundancia.

Rosas, objeto de la poesía:

Quizás entre los casos menos conocidos entre nosotros, sobre la toma de Rosas como objeto de la poesía, se encuentre el del poeta inglés John Masefield (1878-1967) de quien se publicó en 1918, su extenso poema “Rosas”. Sería seria fatiga la extensión sobre este vate y su opus argentino, todo envuelto en vaporosas nubes de efluvios victorianos y románticos, pero todo en este poema expele algo fabuloso (porque está lleno de fábulas), pletórico de bizarría (porque es bizarro). Compuesto por siete cantos, en los cuales no falta el drama de Camila y el curita, todo sazonado para que unitarios y federales de cabotaje, y viajeros civilizados se solacen con la historia de un ser exótico, sangriento, principista y de honor, caballero fiel de códigos siniestros.

Vaya un ejemplo. Tal como algunos evangelios apócrifos que pintan un niño Jesús vengativo y feroz, alejado del canon de bondad, este ilustre gringo de entrada nos pinta a Juan Manuelito:

“Canto 1…

“…2 Este niño, hijo único de los Rosas, no era como los demás niños de su edad; su cuerpo parecía encerrar algo salvaje que mordiese las sangrientas barras de una prisión en su furia. Tenía los ojos violentos que brillaban ceñudos; aun siendo niño los hombres lo temían.

  1. En cierta ocasión, cuando el viejo señor Rosas se encontraba en una feria de campaña, hablando con sus amigos y con el niño al lado, un viejo llamó al pequeño, acarició sus cabellos y, al observar la salvaje acechanza de su mirada, le dijo: “Vete a jugar” y, al irse, lloró amargamente a la vista de todos.
  2. Y al preguntarle el señor Rosas por qué lloraba, respondió: – Porque veo asomarse sobre la cabeza de ese niño un signo de perversidad que irrumpirá sobre él cuando sea mayor. Hay una tacha roja, una mancha de sangre, un demonio a su lado; veo su futuro. Por eso lloré.”

En la veracidad del relato del romance de la Camila y el Cura Ladislao Gutiérrez (en la obra de Masefield llamado Lorenzo (“Laurence” en el original) no me detengo. Sólo corroboré que no mezcló en el asunto al Cura Lorenzo Massa, fundador del Club Atlético San Lorenzo de Almagro. Lo mataba.

 

Exaltado por este jardín de senderos que se bifurcan, aparecían Rosas por todos lados y yo urgido en el teclear, no advierto que mi esposa, mi otra encarnación, (una vez que escurra, me avisa) me avisaba que los fideos ya estaban en la mesa.

 

Machista en recuperación, recordé las palabras de Amado Nervo: “El proverbio persa dijo: “no hieras a la mujer ni con el pétalo de una rosa”. Yo te digo: “no la hieras ni con el pensamiento”. Joven o vieja, fea o bella, frívola o austera, mala o buena, la mujer sabe siempre el secreto de Dios”.

 

Por lo tanto pensé en terminar de deshojar el secreto del Gobernador Rosas en la próxima entrega de esta tan federal revista. Nos vemos.

Roberto Liñares

Roberto Liñares

Colaborador

(1955, Buenos Aires) Poeta. Sus obras han sido publicadas en distintas revistas, y formado parte de numerosas antologías. Ha recibido varios premios (Biblioteca Belisario Roldán, Departamento de Extensión Universitaria de la Facultad de Derecho, Club Banco Provincia, Central de los Trabajadores Argentinos, Secretaría de Cultura de la Asociación Bancaria, etc.). Participa en distintos recitales y “performances”.

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