Por Gabriel Rodríguez.

El 5 de junio de 1878 llegaba al mundo el revolucionario que estuvo siempre cerca de donde latía el corazón de la mexicanidad más miserable.

Nada es verídico cuando hablamos de Francisco Pancho Villa. Todo es verdad cuando hablamos de Francisco Pancho Villa. Esta contradicción con ínfulas de silogismo, que bien puede aplicarse a muchísimas figuras de la historia de nuestro continente, tiene tal vez el mismo peso en sus dos extremos. Pero eso no invalida lo que el mexicano de Durango logró construir para el sentir de la mayoría de sus compatriotas y otros tantos y otras tantas de nuestra América: empatía, identificación, digámoslo al final, solidaridad de clase.
Que nació en la localidad de Durango el 5 de junio de 1878 es cierto; que se llamó, hasta que él quiso, José Doroteo Arango Arámbula, también. Y lo más importante -para entender mucho de su popularidad posterior- que tuvo una infancia rodeada del típico ambiente mexicano de aquellos años: es decir, de postergaciones, de vidas austeras, de relaciones casi de servidumbre entre terratenientes y campesinos, también.
Su estrella iba a crecer con la misma intensidad y velocidad con que los peones agrarios de cada región del país se irían sumando a la causa revolucionaria que encarnó. Esa que Francisco Madero pensó en los escritorios de la política, pero que Zapata y Villa hicieron carne en los cuerpos empobrecidos de las multitudes.
Sus detractores lo suelen reconocer como bandido, como un hombre brutal que saqueaba poblaciones y abusaba mujeres. Probablemente haya sido su bandolerismo (real por cierto) el inicial desahogo a sus penurias de hijo de peón pobre. La forma irresoluta en que se logró rebalsar el rencor acumulado. Sus biógrafos aseguran que jamás Doroteo Arango hostigó a los pobres, sino solo a los grandes hacendados de largo aliento en la vida mexicana. Por el contrario buena parte de su leyenda popular se incrementa por su carácter generoso de líder campechano con los humildes, de desolador de los acaudalados terratenientes. Crece con su gusto por sentarse en los fogones a compartir charlas con sus hombres, compartir partes de lo quitado en los asaltos de su hueste a los señoríos. Todos ingredientes, pistas, indicios de que Pancho Villa estuvo siempre cerca de donde latía el corazón de la mexicanidad más miserable. Casi un año estuvo el ejército norteamericano metido en el territorio de México, buscándolo por el asalto que le hiciera a su ciudad de Columbus en el oeste yanqui. Casi un año intentado cazarlo, revolviendo los pastos áridos, prometiendo recompensas por su cabeza, con los ojos abiertos o cerrados, daba igual. Nunca lo encontraron. Porque nadie lo quiso entregar, simple y esclarecedor.
Por supuesto que cuando se construyen las leyendas se hacen con agregados que van moldeando situaciones enigmáticas pero aceptables, inventando marcas indelebles que la posteridad leerá con asombro y admiración. No es un hecho comprobado que José Doroteo se haya cambiado el nombre para hacer pervivir el de un antiguo compañero y amigo bandolero fallecido (una idea muy generalizada). El mismo Villa ha sabido jugar con otra insinuación, dando una explicación ligada a un intento de recuperar un linaje oculto pero verdadero de su pasado familiar. También es borroso aquel episodio en la hacienda donde pasó sus primeros años de juventud, en el que para evitar la violación de una hermana menor asesinó al patrón, y huyó al monte sumándose al pillaje en la banda del “original” Francisco Villa.
Más cercana a la realidad sin discusión será su participación determinante en el proceso revolucionario que se inicia en 1910. Es el ímpetu de El Centauro del norte, su avanzada irrefrenable hacia todas las regiones norteñas, lo que determina el clima imperante en la revolución de Madero. Son sus conquistas avasallantes, con miles de hombres en ristra, el calor que arde en el termómetro del porfiarato (Porfirio Díaz, presidente de las elites, huirá a los Estados Unidos para nunca regresar). La Revolución Mexicana tuvo en Francisco Madero a su cabeza política; en Emiliano Zapata al aliado consciente y valiente, instruido, y decidido a acompañar el camino; pero fue Pancho Villa el que aportó el alma de la revuelta nacional, aquella ira que le creciera en su juventud primera. Fue la chispa que él mismo aportó para que desbordara la rabia en cada mexicano pobre que veía su paso, su forma de ser, su simpleza de clase idéntica a la de ellos.
La revolución mexicana fue un sueño hecho realidad, su principal acto, la reforma agraria que repartiría tierras, así lo sella para la historia. El mundo siempre observará y mantendrá latente lo que esos hombres y mujeres hicieron acontecer (quizá solo un poco eclipsada por lo que harán otros hombres y mujeres siete años más tarde, en otra tierra de explotadores y explotados).
El final asesinato de Francisco Pancho Villa en una emboscada cuando iba a Parral a una celebración, el 20 de julio de 1923, a manos de un grupo de mercenarios pagados por su antiguo enemigo Álvaro Obregón, no va a barrer con su leyenda que nacerá fuerte, inmortal, apuntalada día a día y corrido tras corrido por quienes fueron beneficiados por su accionar: sus mexicanos pobres, los eternos miserables, todos los que se lanzaban a la carga al grito de “¡Viva Villa!”. No algo de Madero, o de la Revolución, ellos solo gritaban “¡Viva Villa!”.

Gabriel Rodríguez

Gabriel Rodríguez

Colaborador

Gabriel Rodríguez nació en Lomas de Zamora en 1974. Estudió historia en el Joaquín V. González y Ciencias de la Comunicación en la UBA. Publicó un poemario y el libro de historias y microcuentos “Buenos Aires, ciudad de Luces y sombras”. Se desempeñó como educador popular y colaboró en diversos medios alternativos.

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