Por Cristian Fernando Carrasco.

Entrega #5

Balder se puso tan pesado que nos contagió su paranoia y nos fuimos. Hubo un conato de pedido de dinero, pero ni le pusimos demasiado énfasis ni Caronte nos llevó el apunte, así que salimos de ahí con las manos vacías pero al menos con el estómago lleno. Mientras caminábamos por el jardín del frente, nos llamaron la atención altos ladridos que se proyectaban desde uno de los patios traseros. Rodeamos la casa para meternos entre los gigantescos árboles que enmarcaban un valle interno. Ahí roía un montículo de huesos un lobo de cinco cabezas, cada una de las cuales gruñía y babeaba acompañando cada mordisco.

-Parece Fenris, pero Fenris tiene una sola cabeza.

-Parece Cerbero, pero Cerbero es un perro.

-A mí no me miren, en mi infierno no hay animales.

Nos escabullimos en silencio, reconcentrados, pensando en los métodos y los pasos a seguir para averiguar qué estaba pasando, sintiéndonos por adelantado detectives en la pista de un caso crucial.

*

¿Por dónde empezar?

Había varios dioses que podían echar una mirada en el continuo espacio-tiempo y averiguar qué estaba pasando, pero la mayoría eran poco agradables y llevaban sus dones como una carga que intentaban perder, dejar por ahí tirada, alivianar de cualquier forma. Para obturar sus visiones solían consumir drogas, pero no al estilo recreacional de Balder sino con una constancia y en un volumen mucho más agresivos. Sabíamos que Heimdal, Jano, y dioses de otras latitudes como Toth, compartían neuropsiquiátrico, después de haber pasado de manera inútil y más bien impenitente por varias clínicas de rehabilitación. De hecho, se trataba del mismo gran hospital, que ocupaba toda una cuadra, en el que nuestros padres compartían el ala geriátrica.

Visitar a los videntes no era recomendable: los médicos, enfermeros, celadores, sabían que había algo raro con ellos aunque no pudieran ponerlo en palabras. La mayoría de nosotros hacía un esfuerzo consciente por no resaltar, mezclarnos con la humanidad, imitar sus costumbres, fingir interesarnos en las cosas que les preocupaban, pero una vez desatado su inconsciente por las drogas, los adivinos y vaticinadores solían acceder a su divinidad de formas atemorizantes, señalando de antemano desastres meteorológicos o la muerte de algún ser querido, relatando con lujo de detalles crímenes o secretos vergonzosos de las personas encomendadas a su cuidado. Por ende, ir a visitarlos era sumergirse y participar en el aura de miedo instintivo que los rodeaba, ese sentimiento que es origen y sostén de la religión. Era, de hecho, tener un gusto fugaz de lo que era ser dioses con plenos derechos.

Por eso no los visitábamos mucho: era peligroso para nosotros. Podría llegar a ser tan adictivo como cualquier droga de la que ellos abusaran.

*

El neuropsiquiátrico era un edificio enorme, separado del resto del hospital por patios, portones y hasta un lago artificial con su pasarela y todo. Debimos anunciarnos y desfilar ante la mirada de médicos y enfermeros. Ya me estaba hartando el escrutinio de tantos mortales, sus barreras y pedidos de identificación. Tal vez era el influjo de ese aura de la que hablé antes, pero tenía ganas de borrarlos de la existencia, reducirlos a pedazos de carne chamuscada, enloquecerlos para que se despedazaran unos a otros: reeditar los clásicos.

Estábamos llegando al edificio, charlando un poco nerviosos, cuando pasamos por un campo de irrealidad. Cada uno vio a los otros dos desvanecerse en el aire por franjas, parecíamos la cáscara de una naranja pelada suspendida en el aire, o esos dibujos en los que Escher, bueno… dibuja una cabeza humana como si fuera una naranja pelada suspendida en el aire. Me sentí desaparecer de la realidad, en un vacío sin conciencia y sin recuerdo, y sólo pude darme cuenta cuando regresé.

Habían pasado siglos desde la última vez que sentí tanto miedo. Fue algo peor que la muerte que experimentan los humanos porque, en casi todas las versiones, conservan su personalidad, su memoria, o al menos su capacidad de gozar o sufrir; pero, por lo que sentí, del otro lado, para mí, no había nada.

Nada.

*

Despertamos del desmayo en el área de observación del hospital. Un enfermero con la cara tapada por un barbijo cantaba:

I’m so tired of playing, playing with this bow and arrow

Era chiquitito, casi un enano. Hacía los bips y loops de trip-hop con su boca: acompañaba las palabras con pequeñas explosiones de aire que, dependiendo de la apertura de los labios y la fuerza del aire, producían distintos sonidos. Éramos los únicos pacientes en la sala, rodeados de muchas camas vacías. El enfermero iba de un lado al otro con bandejas de mental, armaba bollitos de algodón, empaquetaba trozos de gasa. A pesar de habernos visto despertar, nos ignoraba activamente.

Nos dirigimos miradas rápidas, furtivas, sin pronunciar palabra. El silencio de la gran sala vacía, sentíamos, debía ser preservado. Nos sentamos en las camas también en silencio, esperando que el enfermero se acercara para controlarnos y dejarnos ir, pero seguía dándonos la espalda y cantando. No tenía auriculares, no estaba repitiendo música a medida que la escuchaba: cantaba de memoria, de forma lenta, pausada, climática. Nos pusimos de pie y comenzamos a escabullimos detrás de él como personajes de un dibujo animado, caminando encorvados y en puntas de pié.

-Chau tontines -creímos oír, mezclado con el chirrido de la puerta vaivén sin aceitar.

*

A base de preguntarle a cualquiera que se nos cruzara, llegamos al ala geriátrica, donde pasaban sus días nuestros padres. Nos sorprendió, aunque era lógico, encontrar ahí no sólo a J’h’v’, Zeus y Odín sino también a Urano, mi abuelo. Drenados de poder, reducidos a simples ancianos con milenios sobre sus huesos quebradizos, caminaban dentro de la sombra de un enorme árbol que ejercía como centro del patio de recreo, mientras el abuelo vegetaba, o dormía con los ojos abiertos, desplomado sobre su silla de ruedas. Las otras tres, que pertenecían a nuestros padres, estaban estacionadas al lado del tronco del gran árbol.

-Ydgrasil… -musitó Balder, fascinado y con una tuca recién prendida en la comisura.

-Lo que queda de él -dijo Odín. Un brillo triste iluminaba su único ojo.

*

 

Cristian Carrasco

Cristian Carrasco

Colaborador

Escritor y estudiante de Letras. Nació en 1978 en Villa Regina, Río Negro. Vive en Neuquén Capital. Fue miembro del grupo poético Celebriedades y participó en el proyecto Almacén Literario (www.almacenliterario.com).

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