Por Cristian Fernando Carrasco.

Entrega #11

El hambre era una sensación nueva y, por más que nos divirtiera experimentar esos estados corporales humanos extremos, después de un par de días perdió toda la gracia. Mucha hambre duele. No sólo duele el estómago, también la cabeza, los músculos, las articulaciones. Todo se hace lento, pesado, arduo. El vacío interior de los órganos se complementa con una especie de opresión exterior constante, como si el peso de la atmósfera se incrementara. Lo sentíamos de forma absolutamente patente porque, al ser los cuerpos físicos algo nuevo para nosotros, podíamos ser más conscientes de sus cambios y reacciones. Esa novedad hacía que todo fuera interesante por un tiempo y generaba una mínima satisfacción por cada nuevo descubrimiento. Nos pasaba con las privaciones también: vivir sin luz ni gas se sentía como vacaciones al aire libre puertas adentro, nos faltaba encender una fogata en medio del living para que fuera un campamento bajo techo. Todo lo nuevo se disfruta un poco, por terrible que sea. Incluso el primer dolor de muelas es una aventura hasta el momento en que decís “Basta, ya está, ya sé qué se siente, que me saquen este maldito hueco cariado de una vez”. Con el hambre sucedió lo mismo: llegó el momento en que lo único que queríamos era un plato de comida.

Y decidimos hacer lo necesario para conseguirlo.

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¿Qué trabajo podría ser bueno para nosotros?
La idea obvia era poner un bar. Algo con nombre de dios. “Poseidón” u otro que sonara igual de bien.

La siguiente, un consultorio de ayuda psicológica o espiritual. Podíamos colocar sobre el arco de la puerta un cartel de madera tallada con un mensaje trascendental. Cualquier cosa menos “Conócete a ti mismo”, para no pagar regalías.

Dealers, tal vez. Pero no: las plantas, las bebidas, los humos psicoactivos eran para nosotros un sacramento, no un negocio.

Monotributistas. Trabajar por cuenta propia, vender nuestros dones por un precio. Iluminación: doscientos cincuenta mangos. Quedar libre de pecados: quinientos. Embriaguez con cierto contacto fugaz con la divinidad: ciento cincuenta. Embriaguez con total comunión con la divinidad: trescientos. Fue el plan que se nos presentó como el más viable, pero no pudimos ponernos de acuerdo respecto a los precios y todo se diluyó. Ponerle precio a lo divino siempre es complicado, si te lo tomás con el mínimo de seriedad que corresponde.

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Deliberamos un poco y nos decidimos por tomar el camino fácil: averiguar si conseguiríamos un trabajo antes de salir a buscarlo. Parece complejo, paradójico, pero no lo es.

Peleando con Apolo un día, hace muchos años, me explicó cómo funcionaba la adivinación. Al menos para él, y no tengo sospechas de que para los demás funcionase de forma distinta:

– Yo no hago que las cosas pasen -dijo- , solamente veo lo que ya pasó. Pero como para mí el futuro no existe, todo es pasado, vos hacés algo y yo lo veo como si lo hubieras hecho ayer; vos vas a hacer algo y yo también lo veo como si lo hubieras hecho ayer. Y eso no afecta tu libertad. No es que vos estás condenado a hacer algo porque yo lo veo, es al revés: yo estoy condenado a verlo porque vos, por tu propia voluntad, lo hiciste o lo vas a hacer.

¿Pero entonces por qué esa ambigüedad tramposa en los vaticinios? ¿Por qué la necesidad de despistar a los suplicantes?

Yo creo que Apolo estaba convencido de que si un ser humano conocía el futuro su reacción inmediata sería intentar cambiarlo y, si tenía éxito, si el oráculo era desmentido por lo hechos, todo el sistema caería y sobrevendría el fin de la creación.

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Balder se hacía el tonto cada vez que hablábamos de adivinación, predicciones, oráculos, así que cortamos por lo sano y fuimos directo a la fuente: invocamos a las Moiras.

– Hubo un fallo en la invocación, esas son las Nornas –dijo Balder cuando las vio aparecer en el living.

– Emmhhh… yo no veo nada –acotó Jesús. Claro, en su religión la predestinación es algo que se prefiere no tener en cuenta, ni siquiera verlo. No pregunten cómo se sabe que va a haber una segunda venida si nada está predestinado o cómo un dios omnisciente puede no conocer el futuro, porque la máquina empieza a chirriar y los engranajes de metal caen ardiendo como la lluvia de Gomorra.

– Nornas, Moiras, Parcas…

– Quién puede decir ya la diferencia…

– Es una cuestión de semántica…

– O meramente idiomática… – decían las tres por turnos con una coordinación perfecta. Las suyas no parecían tres voces sincronizadas sino una misma voz que iba pasando de cuerpo y tomando las características que más cuadraba a cada uno, volviéndose más grave o aguda, más profunda o chillona, según el cuerpo de la mujer. Una voz líquida que se amoldaba al recipiente que la contenía.

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Cristian Carrasco

Cristian Carrasco

Colaborador

Escritor y estudiante de Letras. Nació en 1978 en Villa Regina, Río Negro. Vive en Neuquén Capital. Fue miembro del grupo poético Celebriedades y participó en el proyecto Almacén Literario (www.almacenliterario.com).
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