Por Paulo Roddel.

El poeta que amaba la palabra fraternidad.

Siempre es bueno volver a la poesía de Paul Éluard. Adentrarse descalzos en el cálido océano lírico de sus palabras, sus inmortales poemas escritos al fragor del amor y la guerra.

Nacido en un hogar de clase media en Saint-Denis, suburbio parisino, el 14 de diciembre de 1895, Eugène Émile Paul Grindel (tal su verdadero nombre), aparece tal vez, como el más y el menos surrealista de todos aquellos que abordaron aquella carabela llamada Surrealismo, que rendía tributo a Lautremont, Apollinaire y Freud, entre muchos otros. Éluard fundó, y militó como pocos en tal aventura estético-literaria, firmando el famoso Manifeste Surrealiste en 1924, participando en todo el amplio espectro poético, artístico, lúdico y onírico de esa vanguardia, acordando primero y peleándose después con el  mismo auto-impuesto capitán del barco, el impredecible André Bretón.

Tres aspectos se destacan en la obra literaria de Éluard; una primera y corta etapa Dadaísta, aún con la influencia de Tristán Tzara y Guillaume Apollinaire, en la cual tal vez su mejor logro de ésta época sea el poemario Le devoir et l´inquiétude (1917), etapa que sería complementada por un par de obras más. El período por el cual es más conocido: el Surrealista. Aquí Éluard brilló como pocos en la vanguardia nacida en la París de los años locos de la década de los 20´s, ése período de derroche y delirio, en el que nadie podría saber que se trataba de una ficción de la felicidad, y que lo peor aún estaba por venir. De éste período resulta necesario recorrer las páginas de obras como Mourir de  ne pas mourir (1924), Capitale de la douleur (1926), L´amour la poésie (1929), La vie immédiate (1932) o La rose publique (1934). Éluard era poeta más allá de cualquier vanguardia, para decirlo de otro modo: el Surrealismo acabó quedándole chico. Mientras para Bretón la poesía y la vida estaban sí o sí al servicio del Surrealismo y subordinado a éste, para Éluard, era exactamente al revés; surrealismo sí, y con todas las de la ley, pero la poesía es y será mucho más grande que cualquier estética que la quiera limitar; esto era alta herejía para Bretón.

Y al final el Comunismo, ideología política que influyó decisivamente en su obra, vida y pensamiento. Luego vinieron las mezclas; aquello de “El Surrealismo al Servicio de la Revolución”, mezclar Surrealismo con Comunismo y experimentos parecidos, que no resultaron del todo convincentes, y mucho menos eficientes.

Desafiliado al Surrealismo a fines de los ´30s, se dedicó por completo a la Resistencia francesa contra el horror del régimen nazi, y al compromiso con la ideología Comunista; algunas de sus obras de éste período son Poésie et vérité (1942), Au rendez-vous allemand (1945), Poésie interrompue (1946), Poèmes politiques (1948) o Une leçon de morale (1949). Resistió clandestino en ésa París ocupada por los las huestes de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, no pudo pelear por cuestiones de salud en la Primera. Pero además, cabe mencionar el sencillo estilo de Éluard. Por algo es considerado el surrealista  más humano, más fraternal, el poeta surrealista del amor si hubo uno: “Yo canto la alegría de cantarte, y la alegría de tenerte o no tenerte, el candor de esperarte, la ingenuidad de conocerte, tú que suprimes el olvido, la espera y la ignorancia, que suprimes la ausencia, que me das al mundo, canto para cantar, te amo para cantar, ese misterio donde tu amor me crea y me libera…”. Hasta el dolor duele menos si de él nos habla Éluard; su poesía reclama, cuestiona, mitiga. Se casó en 1917 con Elena Ivánovna Diákonova, conocida para la posteridad como Gala, con quien tuvo una hija llamada Cécile. Más adelante se casó dos veces más con dos mujeres no menos importantes en su vida: Nusch Éluard en 1934, y Dominique Laure, en 1951. Gala, posteriormente, fue la esposa y musa inspiradora del delirante Salvador Dalí. Retratado en obras de Pablo Picasso o el propio Dalí, otra interesante anécdota de Éluard, fue su gran amistad con la poeta uruguaya Susana Soca, a la que el poeta francés le habría prometido visitarla en Montevideo.

Desde las catacumbas de la ciudad luz, con las botas del nazismo resonando sobre su cabeza, peleó a papel y pluma contra lo peor de la raza humana.

Pasadas ya varias décadas desde que una angina de pecho se lo llevara definitivamente al hogar de las musas (ningún mejor lugar para un poeta), el eco de sus más inolvidables poemas aún tañen en la memoria; “…y el amor está en el mundo para olvidar al mundo…”, reza uno de sus más célebres versos, “… y en virtud de una palabra, vuelve a comenzar mi vida, nací para conocerte y nombrarte, Libertad”.

Paul Éluard falleció el 18 de noviembre de 1952, pero su obra de está allí, viva en cada verso, en cada palabra, para pensar, buscar, y no rendirse jamás.

Paulo Roddel

Paulo Roddel

Profesión

Nació en Montevideo, Uruguay, el 13/10/77. Publicó poesía y cuentos en revistas y antologías de escritores. Editó publicaciones de rock y cuatro libros de poesía Trapos (2004), Palidezco (2010), Ama/zonas (2014) y El ceño del sueño (2016). Participa en ciclos literarios. Colabora como periodista cultural en varios medios digitales y en papel. Es docente de inglés, librero, y cursó la Licenciatura de Historia en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República (Uruguay).

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