Por Virginia Janza.

El femicidio es el punto cúlmine de la violencia contra la mujer. Recién en 2012 pudimos obtener lo que se llama la Ley de Femicidio por la que, por primera vez en nuestro país, este tipo de casos fueron considerados como una figura penal independiente, y no un agravante a un homicidio común. Entre otras cuestiones, la ley propone cadena perpetua “al hombre que matare a una mujer o a una persona que se autoperciba con identidad de género femenino y mediare violencia de género”.

Después de la muerte de Wanda Taddei en 2010, las repercusiones fueron diversas. Si bien, por un lado, mediáticamente comenzó a visibilizarse la necesidad de tomar cartas en el tema de la matanza indiscriminada y casi sin relevamiento estadístico de la mujer[1]; por otro, apareció “el efecto Wanda Taddei”, lo que hizo que un montón de asesinos optaran por “darles candela” a sus mujeres ―porque siempre, después de todo, es un tema de propiedad―. En los dos años anteriores a la muerte de Taddei, apenas hay registrados nueve casos similares de violencia. Después de que el incineramiento ocurriera, ciento treinta y dos mujeres fueron quemadas por hombres en la Argentina.

Antes y después de Wanda hubo impunidad por parte de la justicia. Todavía hay Alejandros Zerdas que caminan por las calles libres y que frecuentan a sus hijxs como un padre divorciado más, y hasta se lxs llevan de vacaciones.

El observatorio de femicidios de la ONG La Casa del Encuentro –el único intento serio hasta el momento de generar una estadística confiable y certera que dé cuenta de cuántas mujeres mueren por año, por mes, por día, por horas en nuestro país– lleva el nombre de Adriana, en homenaje a Adriana Zambrano, y a todas las anónimas que, como ella, murieron asesinadas por Alejandros Zerdas, Eduardos Vazquez, y tantos otros.

Desde entonces es notable cómo no solo la nefasta cobertura mediática sino la misma justicia han tapado los casos con un velo lleno de clichés machistas y pobreza intelectual, que dejan a cada una de las mujeres, a las víctimas y las que aún permanecemos vivas, sumidas en la ignominia, el desconcierto y la desazón. Eso sin contar a los compañeros que nos acompañan en la lucha contra el patriarcado y lxs miles de niñxs ―sí, miles― que se quedaron sin madres.

“Se ha avanzado mucho en materia legislativa. Tenemos la ley 26485 (de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres, sancionada en 2009), tenemos el agravante por violencia de género, la reparación económica para hijas e hijos, la pérdida de la responsabilidad parental del femicida. Pero indudablemente aún es insuficiente porque nos está dando un promedio de una mujer asesinada cada 32 horas en nuestro país”, explicó Ada Rico, titular de La Casa del Encuentro, en una entrevista con diario Perfil.

Hace pocos días nomás, los implicados en el caso de Lucía Perez por “abuso sexual con acceso carnal agravado en concurso ideal con femicidio como partícipes necesarios” fueron absueltos, y recibieron condenas apenas por venta de estupefacientes a menores de edad. Lo mismo aquel que los encubría, quedó libre y cloqueando a los medios su inocencia.

Adriana Marisel “Lili” Zambrano y Wanda Taddei ahora tendrían la edad que yo tengo. Lucía no, Lucía tendría dieciocho años. Pero no hay edad para morir golpeada, quemada, drogada, violada. No hay un momento para eso, al menos a mí no me entra en la cabeza. No me entra que las víctimas tengan siempre que ser las sojuzgadas, las ignoradas, las descalificadas.

Una mujer muere cada treinta horas, treinta y una, treinta y dos. Qué importa. Una mujer fue asesinada por su marido, por su padre, por su amante, por un desconocido. Una mujer fue incinerada, tatuada en la espalda, molida a golpes, quemada por cigarrillos, apuñalada más de cien veces, violada hasta morir, hasta después de muerta. Una mujer. Una sola.

¿Cómo podemos seguir de brazos cruzados leyendo los siniestros diarios, las mentiras y justificativos de una sociedad que encubre asesinos? ¿Cómo podemos seguir disfrutando de la vida, de la libertad, de los pocos derechos que conseguimos si hay femicidas en cada pueblo, en cada barrio, en cada hecho que queda impune?

Todavía no me entra en la cabeza. Seré tonta, loca, histérica, puta, falopera, pero no me entra. Una mujer desde que escribo esto ha sido asesinada. Tal vez en su hogar, por alguien en quien confiaba, por alguien a quien amaba. Una mujer. Una sola.

[1] Por citar un ejemplo de injusticia, en el 2008, al asesino de Adriana Zambrano apenas se lo condenó a cinco años de prisión y no se le quitó la potestad sobre su hija.

 

Virginia Janza

Virginia Janza

Colaboradora

Profesora y Licenciada en Letras de la Universidad de Buenos Aires. Escritora y Editora. Profesora de la Universidad de Palermo en la Facultad de Diseño y Comunicación y de la Escuela Superior de Comercio “Carlos Pellegrini”. Hace diez años que coordina talleres de lectura y escritura, acompañando al autor en todo el proceso creativo hasta la publicación. Realiza performances, combinando lectura poética y representación teatral; organiza lecturas y eventos literarios.

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