Por Cristian Fernando Carrasco .

 

Silvia Mellado es una de las escritoras más interesantes del panorama poético neuquino. Sus textos escapan a la lírica y la metaliteratura para centrarse en la expresión precisa de momentos únicos que, aunque parezca una contradicción, pueden repetirse de vida en vida.

LM: Muchos de tus poemas utilizan la primera persona del plural, inclusiva, el “nosotros”, como forma de hacer extensivo el mensaje a otros que pueden pensar, creer, sufrir las mismas cosas. ¿Es adrede? ¿Buscás distanciarte de la autorreferencialidad?

SM: No pienso deliberadamente acerca de ‘quién habla’ en el poema o de ‘qué habla’. Tampoco creo que usar ‘yo’ sea necesariamente autorreferencial o dé espesor  ‘individual’. Creo más bien en esas zonas de la ficción en la poesía o la poesía como ficción. En lo que escribo hay algo como ‘personajes’ (las madres, los padres) que, como vos decís, comparten ‘mis’ espacios pero no son necesariamente espacios reales, en el sentido buscar realismo, sino espacios que podemos reconocer como comunitarios. A mí me queda más cómodo el ‘nosotras/os’, creo en la ficción de la poesía. “La prosa poética ya fue / la novela lírica con evocaciones de infancia / ya fue ya fue ya fue / la poesía que se las da de narrativa / también ya fue salvo cuando cuenta”, dice Kamenszain. Y te acordás de los versos “Fuera, de todo quiero narrar / un adentro”, de macky…

LM: Respecto a lo social, identifico en tus textos imágenes que refieren a la mugre, la sociedad, como símbolo de relaciones sociales y familiares empobrecidas y degradadas, los piojos y las liendres como símbolo también, pero de esas cosas de las que nadie habla aunque todos experimentan. ¿Así es nuestra sociedad para vos, una masa de males sabidos y callados por todos?

SM: Tratando de pensar mis textos a partir de esta pregunta creo que roña, mugre, mocos son imágenes degradadas en el sentido de que hay un punto de vista de alguien que les está poniendo un signo negativo. Quien habla en el poema toma eso y marca distancia. Hay en los poemas piojos, pulgas porque ‘alguien’ ha sancionado algo sobre ellas. El poema se apropia de esa sanción y resignifica, devuelve el golpe. Tal vez, más que calladas y ocultas, esas cuestiones ‘mugrientas’ forman parte también de los prejuicios y los binarismos aplastantes que ejercemos: ‘el pobre pero limpia’ que heredamos y en ese ‘pero’ va toda la carga aplastante.

LM: En cuanto al uso de la palabra, ¿qué relación hay entre tu actividad académica y tu actividad poética? ¿La teoría y la crítica afectan a la hora de escribir o son dos esferas separadas?

SM: Nos son esferas separadas. Creo que sí se afectan. A veces, van de la mano. Al fin y al cabo salen las dos por la misma boca. No me queda cómodo ese divorcio entre poeta y ‘profesor’ (entendido un poco como actividad académica) del que hablaba Yves Bonnefoy en esa conferencia titulada “Poesía y universidad” en los ochenta -cuando el poeta, dice, deja de pensar y sentir con las mismas imágenes de la gente. Por otro lado, no creo que sea cierto que las poetas no sepan de ‘teoría’ y no la conozcan o lean o no hagan, en algún sentido, crítica de otras obras (o de las propias: Denise Levertov, por ejemplo). Las/los poetas que admiro profundamente son lectoras voraces de poesía y de teoría y, en esas charlas, he anotado y me han llevado a leer y discutir textos que no necesariamente había ‘oído’ en las aulas universitarias. Hace unos meses escuché a Gabby de Cicco (en un potentísimo encuentro que armó Eugenia Straccali) y resumió, a partir de su recorrido, la ‘historia’ de la poesía argentina de los ochenta para acá con una claridad impresionante.  Y a veces ¿100 páginas de filosofía no se condensan en dos versos? Y cierta crítica y teoría, ¿no tiene la potencia de una obra literaria?

LM: Sos una persona que busca publicar, sos reticente o simplemente aprovechás las oportunidades cuando se presentan?

SM: Mi primer libro forma parte de una colección de la editorial de la UNLP  a partir de una convocatoria. La edición del segundo, la pagué con mi primer salario como ayudante en la UNCo (una cuestión de la superstición) y no pasó ni por referato ni nada; cuando pagás, publicás y listo. Moneda nacional, impreso sobre papeles de perfil del petróleo, es artesanal; lo hice con una impresora común y lo más importante es el electrocardiograma de la extracción que se lee detrás. La publicación de Pantano Seco fue un ofrecimiento de Bertuzzi. Las antologías son otra historia, a algunas suelo decir que sí y a otras suelo decir que no. De todos modos, estoy apostando más a la oralidad –a decir los poemas, no a leerlos, lo que podríamos denominar ‘recitado’– entonces me siento satisfecha si quedo ahí, en lo dicho. Desde ya que he ido a muchos encuentros sin ‘libro que respalde mi oralidad’ y no me genera ningún conflicto.

LM: Las tres imágenes que más dominan tus textos son lo seco, lo húmedo y lo inflamable. ¿Qué significa y a qué remite cada una de ellas para vos?

SM: Lo seco, si lo decís por pantano seco, fue el modo que encontré para nombrar el pueblo en el que nací que deriva de una voz mapuche chapazla (según lo que indagué hasta ahora) y que se suele traducir como pantano muerto o muerto en el pantano, y otras lucubraciones que me han hecho pensar en lo yermo que conlleva; no por infértil y su valor supuestamente ‘improductivo’, sino por el color. Pienso que Zapala es ese marrón claro para mí y que convoca variados y contrapuestos sentimientos.

Lo húmedo, tal vez aparece en relación con los fluidos, y acá entra por supuesto el deseo y el cuerpo erótico y, también, eso mensurable, medible, contable, capitalizable devenido –y esto lo digo de la mano de Octavio paz– en sangre invisible para una sociedad ajena al mundo que habitamos. Mientras lo seco se condena y se pone en el lugar de lo que resta y queda fuera, por aparentemente inservible, lo húmedo, lo acuático, parece ser lo más valorado; y explotado en el caso de los cuerpos de mujeres y niñxs. Desde ya que ‘agua’ ofrece más vida que ‘tierra yerma’, pero estoy hablando de lugares simbólicos. A mí, el lugar que me ha dado más, más poesía, es eso que para el común de la gente es lo no medible, marrón seco; marrón claro, el pueblo que –dicen, lo dicen porque no saben—‘no tiene nada’.

Cristian Fernando Carrasco

Cristian Fernando Carrasco

Colaboradora

Escritor y estudiante de Letras. Nació en 1978 en Villa Regina, Río Negro. Vive en Neuquén Capital. Fue miembro del grupo poético Celebriedades y participó en el proyecto Almacén Literario (www.almacenliterario.com).

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