Por Pablo Caramelo.

El título juega con el nombre de tres películas del director Andrei Tarkovsky, simplemente para invitar a una ociosa y lateral consideración sobre su obra, segúnel sentido de algunos actos lujosos o porque sí que realizan algunos personajes quienes, más allá de la posición descentrada de sus roles y de habitar una frontera indecisa entre mesianismo y ética privada, pretenden, sin embargo, salvar al orbe.

El título juega con el nombre de tres películas del director Andrei Tarkovsky, simplemente para invitar a una ociosa y lateral consideración sobre su obra, segúnel sentido de algunos actos lujosos o porque sí que realizan algunos personajes quienes, más allá de la posición descentrada de sus roles y de habitar una frontera indecisa entre mesianismo y ética privada, pretenden, sin embargo, salvar al orbe.

¿Cómo parece darse el proceso de significación en la obra de Andrei Tarkovsky? En principio, determinando la necesidad de volver a pensar al mundo bajo una nueva condición, la condición catastrófica. El mundo es el segundo término de una metáfora incompleta cuyo primer término se ha perdido, declaraba el conocido poema de Juarroz.  Entonces, la postulación de la condición catastrófica es un diagnóstico que contiene la persuasión de aceptar que se ha vaciado el otro término con el que asociábamos el mundo. Antes de apresurarnos a reasignar la trajinada palabra hombre a ese originario y siempre novedoso vaciamiento, continuemos un poco más con el cataclismo al que convida hospitalariamente Tarkovsky.

La condición catastrófica parece unida al pensar como acción dramática (pensar es una acción como preguntar o suplicar) en tanto extrema o sobreabunda en ruina para despejar el terreno en épocas de vaciamiento.  Pero, como también lo propone Juarroz, es un vaciamiento que tal vez tenga la apariencia de una fuga o de un borramiento. El terreno, la Zona, parece necesitar condiciones terminalesde ausencia para convertirse en un espacio de preparación. Es una higiene que, por épocas, se autoinflige la metáfora para recuperar reticencia, o para decirlo en términos barthesianos, inexpresar lo expresable.

La condición catastrófica, por una parte, evita la agonía y el derroche. Es una condición de emergencia, perentoria, austera. En épocas de realidad aumentada es una técnica de realidad disminuida. Por otra y casi en su implicación opuesta, es un reclamo de derecho dionisíaco, contra la luz reformista de un mundo que meramente continúa. La condición catastrófica recuerda que no hay ninguna necesidad de que el mundo, aún en su mejor versión histórica, continúe. Por eso, quizás, esos filmes necesitan postular una especie de mensajeros bufonescos, porqué el peso de lo expresable es tanto urgente como irrisorio, es ya y es lo de siempre.

Estos emisarios ejecutan algunos actos lujosos en su sequedad singular: actos nimios, casi anónimos, para reasignar el término ausente.  Me refiero a mantener la vela encendida a lo largo de la piscina vacía y arruinada de Nostalgia, o regar el árbol en El Sacrificio, o arrojar el trapo con la tuerca en la punta, en Stalker (la Zona).Actos rituales, un poco irónicos o de status bajo, pero con secreta vocación redentora.Lo primero que debemos decir al respecto es que se debe acelerar la percepción ruinosa para elevar la catástrofe a condición de pensamiento y, naturalmente, de acción. Dice Pascal que en el mundo hay la suficiente cantidad de luz para el que la quiera percibir o de oscuridad, para el que tiene la disposición contraria. Los seres de los que hablo no aceptarían ese pragmatismo clasificador conforme a la naturaleza melancólica de las disposiciones individuales. El mundo perdió su término de comparación o quizás, como también plantea el poema, la metáfora estuvo siempre trunca. Nuestros personajes viven suspendidos en lo imperioso de esa certidumbre.Por eso, les cuesta dialogar con nuestra existencia de excusas y coartadas transcurriendo en su modalidad ahistórica, es decir, feliz, de red social entretejida con sobre determinaciones expresivas. Nuestros seres perfeccionarían con destrucción el blanco virtual que late compulsivamente para que confesemos, segundo a segundo, qué estamos pensando.

Nitemas a la mar, ni esperes puerto

       Lope de Vega

Pensar, para Tarkovsky, supone la condición catastrófica: se ejerce en una zona de vigilancia criminal, e implica un método furtivo y primitivo que ingresa en esa vastedad alambrada, donde ha caído algo de otro mundo y ha dejado todo devastado e irradiante. En esa extensión arrasada, idéntica a sí misma, pensar es arrojar un trapo con un peso atado a la punta siguiendo misteriosas intuiciones que asignan valor al itinerario. Pensar es asignar valor en condiciones catastróficas de insignificancia opresiva. En esas condiciones, pensar nunca es qué pensar, sino cómo hacerlo.

En esa tarea, hay que custodiar a los significantes (y naturalmente al proceso al que están destinados: la significación), mientras menos prestigiosos mejor, parece sugerirnos: regaderas o trapos o velas, casi las mismas armas que, en mayor o menor medida, a todos se nos revelaron alguna vez, a ciertas horas, quizás anegados en lo profundo de la historia familiar en un país, donde aprendíamos, tal vez, a mantener un latido más allá de cualquier demolición oscurantista,  a cultivar, al cabo de los años,  cierta estrella articuladora,  entre los puertos del favor rompida,/ y entre las esperanzas quebrantada.

Una película de Tarkovsky se parece a esa eternidad intermitente que titilaba en las siestas de otra edad, en el instante de saber que nacíamos, sin remedio, en un mundo vaciable. Lo que empezaba a partir de entonces era irrisorio y ritual, despreciable y obligatorio.

Si no fuera por las versiones más dolorosas de eso que empezaba, diría que, en el fondo, era, sin credo sustentador, puro fulgor empecinado.

Zona de nostalgia por el sacrificio del mundo: Tarkovsky y la condición catastrófica

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Pablo Caramelo

Pablo Caramelo

Colaborador.

Nació en Junín, Provincia de Buenos Aires. Es poeta, actor, dramaturgo y director teatral. En 2014 publicó los poemarios Buenos Aires planea una revolución justa y Falso feudo. Sus textos formaron parte de las antologías Diva de mierda (España) y La metáfora incompleta –homenaje a Roberto Juarroz-, entre otras.  En 2018 editó Notas frente a una puerta desvanecida, obra que recibió una mención especial del jurado en el concurso internacional de poesía Raúl González Tuñón.

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