Por Pablo Caramelo.

Una trama ágil con personajes bien delineados.

Es la respuesta de un funcionario cultural de CABA para explicar (con módico fervor) por qué eligió cierta novela, según su opinión, entre lo mejor del año 2018.  La descripción parece el lema del plan de gestión cultural. La trama debe ser ágil, no arrastrar líneas narrativas complejas, no contener contradicciones ni tensiones irresueltas, ni derivaciones.

Los personajes deben ser pocos y bien reconocibles, con sus bordes delineados, a lo sumo como piezas de rompecabezas destinadas a encajar una con otra. La totalidad ya la percibimos: una bola de cristal que encierra un paisaje urbano emotivo con el pico nevado del Obelisco, y debajo hombres jóvenes, siempre jóvenes que gestionan sentimientos y dibujan con tiza palabras de Borges que Borges nunca escribió, aunque luego se ofrezcan disculpas en nombre de aquella ligereza, o mejor, en nombre de alguno de los tantos procedimientos estéticos contemporáneos herederos del consumo irónico. Está desactivado cualquier lugar de la ofensa. Nada nos ofende: esa es una debilidad buscada, y de la que participamos todos los que desarrollamos alguna actividad artística en CABA. La debilidad es asumir que estamos en una trama ágil y debemos funcionar como personajes bien delineados: los objetivos artísticos deben llevar algún guiño de concesión a las nuevas tecnologías (de sesgo) de la época. En cualquier caso, una cita bien atribuida pertenece a ese Occidente cuyo Iluminismo fracasó. Punto. Citar mal, a lo sumo provoca un emoji de disgusto. Hacer actos de política cultural con palabras que se lleva el viento o deslíe el agua de este lluvioso verano. Ahogado más, ahogado menos, esta ciudad es emergente.

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17 de enero del 2019, año del Chancho, 16.45 hs. Por Pueyrredón desde Viamonte hacia Tucumán, entre dos empleados del Gobierno, uno sobre sus piernas, otro en sillas de ruedas, viene llegando Horacio Larreta. De andar parejo los tres, casi coreográficos, ninguno se adelanta. Tan vecino e inclusivo se me apareció el cuadro urbano, que me dieron ganas de andar con ellos un rato y preguntarles si seguiría lloviendo, o si seguirían impidiendo sitios para que no ingresen los que fracasamos. Pero se me escurrió, o fue un holograma, o algún encuentro inminente de los que a diario y amablemente se frustran en la capital del teatro de lengua hispana.

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Acaso algo del estilo en la gestión cultural del PRO nos venga bien. Nos mantiene opositores en un nivel aceptable. Esta gestión nos permite exorcizar nuestra mala conciencia, recibe nuestras susceptibilidades de manera atlética. Desde el inicio desorientado respecto a la designación de los funcionarios culturales hasta llegar este momento que muchos juzgan auspicioso, la gestión se ha movido con una no querida astucia que le ha venido bien a nuestra modalidad.  Un adversario simpático, un poco torpe, banal, vacío de lineamientos y tensiones, halagador de esa totalidad llamada Minoría, diestro en privilegiar la pancarta del saneamiento financiero y promover una fachada de diseño contemporáneo. Una trama ágil con personajes bien delineados.

Es curioso como la conciencia de los funcionarios que programan teatro oficial para el Gobierno de CABA proponen, por ejemplo, que una conferencia performática sobre los mapuches incluye contradicción, o promueve heterogeneidad. Ese movimiento al que nuestros mejores colegas adhieren, es parte de que se haya debilitado los órganos de la ofensa. Nuestros intelectuales, mórbidos, auto halagándose, son devorados por el dispositivo cultural bulímico de la gestión.

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Curiosamente, en coincidencia con el abandono del lugar de la ofensa, la comunidad encadena distintas reivindicaciones contra las distintas clases de violencia, injusticias e inequidades. Salvo rara excepciones, esa turbulencia social no resuena casi nunca expresivamente en el teatro, que es del que quiero hablar. Quienes atravesamos distintas condiciones de trabajo teatral en CABA, desde las clases, los ensayos, los escenarios, las charlas e intercambios a nivel semiacadémico, coincidimos en una mayoría, tal vez sin antecedentes en el período democrático, en oponernos a la gestión cultural que desde hace más de una década comanda el gobierno elegido.  Es decir que nuestro sector representa virtualmente una mirada u opinión crítica al desarrollo de la gestión de política cultural en el ámbito teatral.

De algún modo, transcurrimos en una paradoja que nos extorsiona: nos oponemos con fervor a la línea y a la mayoría de las decisiones políticas en el ámbito teatral, pero la irritación, la bronca, el desagrado, la desazón, pierden potencia en el desarrollo de nuestra actividad. Es notable que nuestro caudal expresivo no transporte nada (NADA) de ese malestar.

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Corrijamos la presunción. La gestión desarrolla alguna astucia. Los nombres que dirigen el teatro Cervantes, el FIBA o el Instituto de Teatro, son señuelos que resultan eficaces. Rápidamente la opinión siente que la gestión política es macabra pero esos funcionarios, al no pertenecer al linaje político del PRO, son la pata artística que resiste la indiferencia, y modera la perspectiva eventista que carcome cualquier iniciativa que no incluya un rápido negocio. Tengo la sensación de que, a pesar de mejorar fachadas y reciclar con intermitencia la programación, el comportamiento de política cultural ratifica cierto statu quo de inequidades, oportunidades repartidas entre las sombras, saneamientos impostados.

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Para acaso confirmar que, en nuestra estirpe tanguera, veinte años es nada:

1) ARTEI, la asociación que nuclea a los teatros independientes, lleva veinte años de existencia partisana.

2) 20 años también tiene PROTEATRO, el programa de estímulo a la actividad teatral no oficial para la ciudad.

3) 20 años de Ministros de Cultura en la ciudad, en términos de nombres, serían: Darío Lopérfido, Teresa de Anchorena, Jorge Telerman, Gustavo López, Silvia Fajre, Hernán Lombardi, Darío o su Sombra (como en “Los Persas” de Esquilo), Ángel Mahler, Quique Avogadro…, un próximo sobrenombre amigable.

4) El PRO gobierna la Ciudad, sin interrupciones, desde hace casi 12 años.

Si se intentara pensar el ámbito teatral porteño en términos de “kirchnerización / deskirchnerización”, para abonar la descripción de que en este país existió una “batalla cultural”, ¿veríamos algo significativo, algún “cambio de paradigma”, como se decía cuando éramos chicos? ¿nuevos conceptos, palabras en uso y en desuso? ¿cambios expresivos en la actuación, en las temáticas, en los estilos de las puestas? ¿en las condiciones de trabajo? ¿etcéteras?

 

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Quién sabe si Propuesta Republicana no está quedando en la historia como la gestión de política cultural que -sin muchas ideas, pero con entusiasmo- mejor halaga cierta esencia reactiva y diletante del célebre sistema teatral porteño. Nunca hubo tanto rechazo a una gestión política de parte de la comunidad teatral. Nunca nos dimos tantos besos entre artistas, críticos y funcionarios. Buenos Aires, desde su fundación, sabe excusar lo irrespirable.

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Los productores teatrales: son como asistentes de los funcionarios del Castillo. Mueven expedientes de esperanza que a la estructura política no les importa, pero cuya falta de importancia no debemos subestimar. Hay que entrar en el sistema de veneración tácita. El dios de las oportunidades ha cambiado de aspecto: ahora está espolvoreado sobre nuestros desvelos, como si las cenizas de Kive Staiff flotaran aleatorias en las redes sociales y en el aire de los halls.

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La divulgación dice: el público es consumidor. Formación de nuevos públicos es formación de nuevos consumidores.

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La escena alternativa podría proponer mudarse en su totalidad al Interior del país o a Montevideo, por decir algo, sustraerse a los apremios que nos sugiere la época para auto sustentarnos, es decir: adeudarnos entre nosotros, alterar los porcentajes entre sala y elenco que indica la ley para los espectáculos alternativos, destinar el 50 por ciento de la producción a financiar la visibilidad y la prensa, poner el precio de las entradas más caras…para que nuestro proyecto humano y artístico subsista.

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Gordo, largá la pizza. Atronadora voz desde un taxi detenido en el semáforo de Córdoba y Libertad. Me siento aludido: un trauma infantil de los que fuimos deportistas.¿Ya vos quién te dio vela en este entierro?,dijo el Espectro. Sin heredero heroico a quién pedir venganza, empezó a putear, descomedido.

 

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La Asociación de Actores no logra participar activamente en el padecimiento de sus afiliados vinculados a la actividad teatral. Tal vez no coincida este problema con el origen de esta gestión de gobierno. Pero debería aspirar a que,por ejemplo, en los teatros oficiales se forme un cuerpo colegiado de lectores de proyectos menos sospechado de homogeneidad y poder tener un integrante propio en la decisión de la programación. No sólo para repartir más las oportunidades sino para complejizar la trama, que los personajes aparezcan con otras vertientes, con sus contradicciones. Porque si no, la multiplicidad que tanto promovemos en nuestra escena, es pura declaración estilística.  La trama debería perder agilidad para ganar en polifonía cuya mejor significación es equidad.

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Cultura seria versus cultura del entretenimiento: no estamos hablando de ese derby que se jugaba en la vieja Modernidad. No nos dejemos chantajear con que no toleramos la glamorosa hibridación y mezcla de lenguajes, ni la famosa liquidez que una vez por día, nos anega.  Liquidez no es transparencia.

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Aunque toleremos que se cite mal, poesía hecha por todos no es festivalización.  Eventismo no es poesía hecha por todos.  No somos emprendedores, nuestros espectadores no son consumidores. Entre la platea y el escenario armamos un espacio deslizante donde mantener nuestro vínculo en estado de pregunta, tentativo, a veces impotente. Porque junto a los espectadores tejemos (pero sobre todo destejemos), el lenguaje de la ardua trama comunitaria. No necesitamos gestores ni coacheo para esa experiencia.

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Ya lo sabemos: la medicina alternativa nos invita a golpeamos el pecho en el punto donde reside la glándula del timo, para enfatizar el Yo y procurarnos disfrute, y así fortalecer nuestro sistema inmune. Seguramente cerca, desactivada de la actual trama orgánica, está la glándula de la ofensa. Preguntémonos para que servía antes de que se atrofie del todo o nos la terminen por extirpar.

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Pablo Caramelo

Pablo Caramelo

Colaborador.

Nació en Junín, Provincia de Buenos Aires. Es poeta, actor, dramaturgo y director teatral. En 2014 publicó los poemarios Buenos Aires planea una revolución justa y Falso feudo. Sus textos formaron parte de las antologías Diva de mierda (España) y La metáfora incompleta –homenaje a Roberto Juarroz-, entre otras.  En 2018 editó Notas frente a una puerta desvanecida, obra que recibió una mención especial del jurado en el concurso internacional de poesía Raúl González Tuñón.

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