Por Gabriel Rodríguez.

Recordamos a uno de los caudillos más emblemáticos y contradictorios a 184 años del asesinato del Tigre de Los Llanos.

En el año 1835 el hombre en cuestión no gobierna pero domina casi todo. Su figura renegrida pareciera querer ser el certificado de que todo va a ir convergiendo en la naciente república. Mora en la odiada Buenos Aires y viste de poncho y mirada firme. ¿Qué le queda de su accionar pasado que cubre todo con un manto de servil obediencia? Su nombre y armamento escondido: sables, lanzas, veintiséis piezas de artillería con abundante munición, dieciséis mil caballos paciendo en la Quebrada de Huaco (menos su Moro, en poder de Estanislao López). Todo enterrado bajo las tierras que vieron su paso en La Rioja y sus zonas de influencia.
En el año 1835 el Otro Hombre tampoco gobierna. Rosas está, vanidoso, en una campaña al desierto del indio, recorriendo, mirando de reojo el estado de convulsión violenta en que se halla Buenos Aires. Gozando la barbarie que le juega a favor en el tiempo de la historia. Esperando el llamado desesperado de los buenos ciudadanos, agobiados por el terror hecho cotidiano en la ciudad que hospeda al riojano.
El general Viamonte renuncia al inútil intento de gobernar una administración intrigada, complotada a la distancia. Se busca reemplazante pero nadie da el paso adelante. Al fin se coloca al frente del gobierno al doctor Maza, el amigo de Rosas, su maestro y mentor.
Pero el malestar crece a pasos de gigante, y todos los caminos conducen a la omnipotencia. Una y otra vez se comisionan ante Rosas hombres que le suplican su retorno al control. El caudillo se niega, y lo hace otra vez, y otra vez; quiere algo más que poder sobre la ley. Exige ser él la ley. Quizá no para usarla sino para mostrarla como un chicote amenazador.
Finalmente aceptan todo. Y él acepta hacer el favor de gobernar la convulsa provincia de Buenos Aires.
En medio de la capitulación general, esos años en que los federales de la metrópoli han perdido influencia en los gobiernos mediterráneos, ya sin unitarios en la escena política desde hace cinco años, le ha nacido un conflicto al mapa norteño. Las provincias de Salta, Tucumán, y Santiago del Estero, se cruzan desavenencias que pueden hacer estallar la guerra. Rosas hace funcionar otra maquinaria por fuera de Buenos Aires. Se relaciona con López, que a su mano planta a los Reinafé en el poder en Córdoba. Conferencian. El plenipotenciario estanciero bonaerense le pide al caudillo Quiroga que viaje al lugar del conflicto. Embellece la empresa con alabanzas para los oídos del riojano, oculta su intención: que solo él puede arreglar el embrollo; que su figura bastaría para poner coto a los descarriados; que es una misión para la buena historia de la Nación.
Facundo duda, cavila, finalmente parte a su destino. Su ego lo lleva a la muerte, lo que fue su alimento desde siempre será su cicuta.
El 18 de diciembre de 1835 sale de Buenos Aires. Al subir a su transporte habla a la ciudad caprichosa que en el fondo siempre vilipendió: si salgo bien, dice, agitando la mano, te volveré a ver, y si no ¡adiós para siempre! Su matador Santos Pérez, Rosas y López, los Reinafé y su entorno, todos saben que ha visto Buenos Aires por última vez.

El General, el Doctor, y el Asesino

He cruzado provincias para poner las cosas en su sitio. Han pasado kilómetros de tierra frente a mi vista y he llegado donde se levantaba la incertidumbre; donde el tranquilo transcurrir de los acontecimientos ha cambiado por la desconfianza y el resentimiento. Mi palabra bastó para corregir el desvío del deber de esta nación de proclamarse como tal. Y volviendo sobre el polvo pisado me quieren convencer que he de morir luego de tal ventura acontecida. No puedo creer que enemigos me acechen después de mi faena. Mi voz traspasará sus oídos y tocará fondo en su razón; conmigo volverán victoriosos hacia el destino de grandeza de esta nación. Llevan espadas que levantarán, no frente a mí, sino frente a quienes se desvíen del camino de la unidad nacional.

El sonido de las armas de fuego me despierta de mis pensamientos, veo morir a mis acompañantes y a mis guías, a los avisadores de mi final. Debo interrogar qué está sucediendo, y así lo hago: “¿Qué significa esto? ¿Quién manda esta partida?”.

 Ni mi última súplica hará efecto. He de morir fiel a la fidelidad y a la hombría que esta otorga. Recorrí caminos de angustia y pesadumbre, llamé a su sensatez a lo largo de las distancias, tan largas como las que separan a los habitantes del antiguo virreinato. Mi amigo insensato me lleva a su muerte que es la mía y la de otros tantos.

Mantiene vivo su despotismo hasta el final y con éste me manda callar, no sin antes cargar unos fusiles en respeto a mi sumisión histórica, a mi fidelidad estoica.

En el punto harto indicado de antemano ocurre lo previsto: la batalla última se desata y concluye en un santiamén. Todos caerán muertos con el General, antes que él mismo lo haga cuestionando: “¿Qué significa esto? ¿Quién manda esta partida?”

Él ha cruzado estas tierras que cree suyas. Lleva ese aire de conquistador indomable, de verdugo inquebrantable, no imagina que la hora del resarcimiento ha llegado. Años de derramar sangre por placer propio e injustificable; por creerlo mejor para el futuro de sus dominios, llanuras desiertas de gauchos y llenas de terror. Nacido estoy para ajusticiarlo en nombre de los atemorizados por su espada y su figura renegrida.

El plan es simple y solo queda cumplirlo: unos cuantos hombres y una emboscada. Fuego cruzado acallando todo lo que hable en torno suyo, y si es necesario la espada he de desenvainar y con ella clavar las heridas de toda la patria puestas en su pecho.

Abro fuego sobre la galera y silencio a todos sus habitantes; también escucho las últimas palabras del salvaje de Los Llanos, al tiempo que impacto en su ojo: “¿Qué significa esto? ¿Quién manda esta partida?”.

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Gabriel Rodríguez

Gabriel Rodríguez

Profesión

Gabriel Rodríguez nació en Lomas de Zamora en 1974. Estudió historia en el Joaquín V. González y Ciencias de la Comunicación en la UBA. Publicó un poemario y el libro de historias y microcuentos “Buenos Aires, ciudad de Luces y sombras”. Se desempeñó como educador popular y colaboró en diversos medios alternativos.

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