Por Cristian Carrasco.

No estoy acostumbrado a escribir nada (artículos, cuentos, poemas) sobre la base del pedido de un editor. De hecho, no me gusta que me digan acerca de qué tengo que escribir. Esa actitud me acompaña desde hace mucho tiempo y a veces no ayuda.

Recuerdo haber leído, hace varios años, un reportaje a Marcelo Birmajer, uno de los “intelectuales” o “artistas” de Cambiemos, donde declaraba que, a la hora de encarar un nuevo libro, prefería que el editor le indicara de qué tenía que tratarse, porque eso le evitaba la molestia de buscar un tema. Decidí en ese momento que Birmajer es un mercenario y un imbécil y que nunca leería un libro suyo.

Para empeorar mi síndrome de la página en blanco, nunca entendí la idea del carnaval. No me gusta la aglomeración de gente ni soy demasiado fanático de la risa. Crecí pensando que ser inteligente es ser triste (lo opuesto a “ignorance is bliss”, famoso refrán que cita Cypher en Matrix) y yo quería ser inteligente, por lo que me especialicé en producir y proyectar tristeza.

Con esa doble limitación, me dediqué a buscar un tema.

En un principio pensé: “Muy fácil: carnaval, enanos, payasos, el tonto del pueblo es rey, Macri, el tullido del pueblo es rey, Michetti, los tontos son las voz autorizada, Susana Giménez, Marley”. Pero después se me ocurrió documentarme. Y de nuevo pensé: “Muy fácil: Bajtín, carnavalización”.

Pero dentro de las características de la carnavalización hay muy pocas cosas que pueda utilizar en el sentido que quiero darles (la dualidad del mundo, dividido en un mundo común, cotidiano por un lado, y otro extraño y no oficial por el otro; los cultos cómicos ancestrales que convertían a las divinidades en objetos de burla o blasfemia; los sosías paródicos de los héroes consagrados por la tradición)… y desviar a tus fuentes de su sentido original para hacerlas decir lo que vos querés que digan a fin de apoyar tus propias ideas no es lo más intelectualmente honesto que pueda hacerse.

Por ejemplo, Bajtín dice que:

            “El carnaval es la segunda vida del pueblo, basada en el principio de la risa. Es su vida festiva […] Para que lo sea hace falta un elemento más, proveniente del mundo del espíritu y de las ideas. Su sanción debe emanar no del mundo de los medios y condiciones indispensables, sino del mundo de los objetivos superiores de la existencia humana, es decir, el mundo de los ideales. Sin esto, no existe clima de fiesta […] La fiesta se convertía en esta circunstancia en la forma que adoptaba la segunda vida del pueblo, que temporalmente penetraba en el reino utópico de la universalidad, de la libertad, de la igualdad y de la abundancia”.

Pero Argentina bajo el signo macrista se parece mucho menos al carnaval que a la fiesta oficial, que Bajtín presenta como su opuesto:

            “La fiesta oficial, incluso a pesar suyo a veces, tendía a consagrar la estabilidad, la inmutabilidad y la perennidad de las reglas que regían el mundo: jerarquías, valores, normas y tabúes religiosos, políticos y morales corrientes. La fiesta era el triunfo de la verdad prefabricada, victoriosa, dominante, que asumía la apariencia de una verdad eterna, inmutable y perentoria”.

La derecha, como ideología político-económica, se asegura de que todo siga tal como está, es decir, de que quienes tienen más continúen teniéndolo a costa de quienes tienen menos, y para eso refuerza el orden establecido a través de la acción de las fuerzas de seguridad… que por algo se llaman fuerzas del orden y no fuerzas de la justicia.

Por eso utilicé las comillas al principio del artículo para escribir “intelectuales” y “artistas”, porque no creo que existan intelectuales ni artistas de derecha. La derecha tiene ideólogos y propagandistas, tiene personas que pergeñan sus movimientos y golpes de efecto vacíos para la gilada, y tiene personas alfabetizadas o con un cierto dominio del pincel o de un instrumento, para que los ayuden a insertar en el espacio simbólico de una sociedad la idea de que el estado de cosas que se presentan aquí y ahora (el famoso e infame status quo) es no sólo deseable sino eterno e inamovible. Fukuyama y su fin de la historia, por ejemplo. En el ámbito nacional actual, debería hablar de Alejandro Rozitchner, pero el tiempo que tardé en escribir su nombre es mucho mayor al tiempo que amerita ser desperdiciado en él.

Un intelectual es, para mí, alguien que cuestiona de dónde venimos y piensa en cómo ir hacia un lugar mejor. Un artista es alguien que cuestiona la realidad ya sea desnudándola, mostrando lo que hay debajo de lo que se percibe a simple vista, el universo cognoscible, el sentido común; o es alguien que imagina futuros que, por lo general, llevan al absurdo tendencias nocivas del presente para vislumbrar las consecuencias de seguir tomando malas decisiones, desde ¿Sueñan las ovejas… de Phillip K. Dick hasta Ministerio de Barreiro y Solano López, desde El Lórax de Dr. Seuss hasta Terminator. Malas decisiones como, por ejemplo, votar a la derecha neoliberal.

¿Esa gente que ha tomado malas decisiones, entiende? ¿Esa gente quiere entender? ¿Vale la pena escribir para ellos, para despertarlos?

En el caso de algunos, sí. En otros, no.

Las personas que votaron al actual gobierno se dividen en tres clases: hijos de puta, imbéciles o ignorantes. Y por ignorantes me refiero a personas carentes de conocimiento, información o perspectiva. Dentro de ese universo total, sólo podemos intentar hacer algo con el último grupo: hablarles, darles nuestro punto de vista, ya sea desde la argumentación o desde la literatura, ya que con sólo con haber leído a lo largo de tu vida dos libros de historia, filosofía o sociología, o dos novelas de ciencia-ficción futurista o cyberpunk que valgan la pena, cualquiera podría entender las consecuencias de votar a un empresario neoliberal de derecha.

Les hablamos y escribimos para ellos porque es probable que entiendan. Y si no entienden, es nuestro error por haberlos ubicado en una categoría equivocada.

Pero, retomando el tema de la nota, lo único que vivimos hoy en día que puede estar extraído directamente del carnaval es el mundo al revés:

            “Se caracteriza principalmente por la lógica original de las cosas ‘al revés’ y ‘contradictorias’, de las permutaciones constantes de lo alto y lo bajo (la ‘rueda’) del frente y el revés, y por las diversas formas de parodias, inversiones, degradaciones, profanaciones, coronamientos y derrocamientos bufonescos. La segunda vida, el segundo mundo de la cultura popular se construye en cierto modo como parodia de la vida ordinaria, como un ‘mundo al revés’”.

Crear un reino del revés es también una característica de los gobiernos de derecha, como bien lo atestigua la canción de María Elena Walsh. Las formas carnavalizadas parodian desde afuera, negando su referente y convirtiéndose así en su negativo. En la Edad Media parodiaban el culto religioso,  de la misma forma que el gobierno de Cambiemos es una parodia de la democracia y sus dirigentes se vanaglorian de ser externos a la política. El mundo del revés es una creación que necesita un modelo al que denigrar, no es independiente, no tiene mérito propio, por eso mira todo el tiempo al pasado para invertir sus valores.

Pensándolo bien, si la Edad Media fue teocéntrica y el mundo estaba centrado en dios, el carnaval, como su revés, debería ser el mundo del diablo, quien libera al pueblo de las reglas y las prohibiciones divinas; por lo tanto, el diablo es librepensador y, por supuesto, cultor del libre cambio y el libre mercado.

En el fondo, se me dificulta escribir sobre estos temas porque no tengo casi nada en claro. Sé que no soy de derecha, que no estoy a favor del capitalismo y que el neoliberalismo es una tremenda y absoluta porquería. Pero todo el resto es una gran zona gris con algunos límites internos. Podría ser peronista, pero el peronismo se caracteriza por altos niveles de corrupción política y sindical. Podría ser de izquierda, pero la izquierda parece centrarse sólo en pintar consignas de una palabra, seguidas del monosílabo “ya” y signos de exclamación. Podría ser anarquista, pero soy un misántropo convencido y creo que dejar a la humanidad librada a su propio arbitrio es garantía de caos y de la tiranía del más fuerte… no sé bien que diferencia hay respecto a la tiranía del más rico, pero me imagino que debe haber alguna… no sé.

En definitiva, la democracia es la última mentira para validar a nuestros reyezuelos. Macri es un reyezuelo, nunca tuvo al vida de un ser humano normal, es parte del uno por ciento de los que tienen todo. De hecho, ese uno por ciento, más allá de cualquier teoría de conspiración, está relacionada familiarmente: se puede jugar a siete grados de separación entre los ricos, poderosos y políticos de cualquier lugar del mundo, y nos sobran grados. El feudalismo nunca se fue, está más vigente que nunca. Y no creo que los reyes participaran del carnaval ni dejaran que sus caballeros o consejeros lo hicieran. No necesitaban inventarse un mundo mejor porque ya vivían en el mejor de los mundos posibles para su época y lugar. El carnaval era un engaño de los campesinos, juegos de inversión que les daban la momentánea impresión de participar de una vida mejor; junto con los clérigos, que tenían la posibilidad de ceder a la lascivia y las obscenidades sin que nadie pudiera reprochárselos porque en el carnaval todo estaba permitido.

Para terminar, ¿saco algo en claro del símil que intenté generar? De todas las posibilidades de inversiones y burlas, en qué lugar quedaría hoy el poder si lo carnavalizamos. ¿Qué sería Macri? ¿El diablo? ¿El tonto del pueblo? ¿Un títere asesino y amoral como Punch, personaje inicial del gignol medieval?

Creo que es todas esas cosas juntas: un títere diabólico haciéndose pasar por el tonto del pueblo.

Probablemente, como lo dice Leopoldo Marechal en Adán Buenosayres, la literatura no deba relacionarse con la política porque, al tocar un tema bajo, se degrada. Tal vez sólo deba escribir sobre temas filosóficos y artísticos, que propenden a lo sublime. Tal vez mi próxima nota no sea la crónica de un fracaso y una renuncia, ni una serie de opiniones políticas que se disfrazan barnizándose con algún interés cultural.

Ah, sí… y Macri Gato.

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Cristian Carrasco.

Cristian Carrasco.

Colaborador.

Escritor y estudiante de Letras. Nació en 1978 en Villa Regina, Río Negro. Vive en Neuquén Capital. Fue miembro del grupo poético Celebriedades y participó en el proyecto Almacén Literario (www.almacenliterario.com).

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