Por Pablo Campos.

Rodolfo Guzmán fue militante marxista, vivió en CUBA los años 63 y 64 y conoció al Che. Militó junto a John William Cooke, desarrolló algunas experiencias desalentadoras en el trotskismo y siempre tuvo claro no adherir al Partido Comunista. Luego de varias frustraciones con la política y con la muerte del Che en Bolivia dejó la militancia. Cuarenta años después escribe su primer libro donde se anima a preguntarle a Marx: ¿Qué pasó con el socialismo?

LAMAS MEDULA: ¿Cómo fue tu recorrido de esa incipiente militancia hasta llegar a vivir en plena Revolución Cubana?

ROBERTO GUZMAN: Ingresé a la Facultad de Ingeniería el último año del gobierno peronista, en 1955. Asistí a la experiencia de la caída de Perón y viví el gran dinamismo político de la Argentina de aquella época. Afloraron en la Faculta todas las posiciones desde la extrema izquierda a la extrema derecha.  Mi primera claridad fue la intuición de evitar al Partido Comunista, porque el fanatismo, el dogmatismo y la cerrazón mental que veía en los camaradas del Partido Comunista me eran intolerables Aclaro que muchos de ellos eran compañeros cercanos de estudio. También en aquella época existía un socialismo más revolucionario y militante. El trotskismo ofrecía un sinnúmero de alternativas, entre otras la versión más cercana al peronismo de Abelardo Ramos. Silvio Frondizi había desarrollado un grupo de izquierda bastante interesante llamado Praxis. Yo, sin poder encontrar un cauce claro, fui viviendo experiencia con todos ellos.

En 1961 sucede la invasión en la Bahía de los Cochinos, la llamada Playa Girón, por parte de EEUU. Esto me produjo una indignación muy intensa. Leí en el diario que en las embajadas cubanas había gente de toda Latinoamérica ofreciéndose como voluntarios para enfrentar la invasión. Me presenté en la embajada de Cuba en Argentina, recuerdo que en la Avda. Santa Fe, y llegué a hablar con el embajador.  La información sobre los voluntarios era falsa, pero el embajador me invito a volver a conversar con él cuando me recibiera de Ingeniero. Y me lo tome como un proyecto de vida, recibirme e irme a trabajar a Cuba.

LM: Una vez recibido viajaste a Cuba en 1962. ¿Cómo fue esa experiencia de trabajar dentro de un proceso revolucionario?

RG: La experiencia humana y revolucionaria fue algo extraordinario. Trabajé primero en un área de automatización que no prosperó y luego en la construcción de una central eléctrica.  En el ínterin de un trabajo al otro fui como voluntario a recoger café a la Sierra Maestra. Al margen de mi ocupación profesional, me maravilló la experiencia  de participar en el proceso de construcción del socialismo en una sociedad que acababa de vivir la revolución.

La revolución no es solo un cambio de la política y la economía del país. Es una transformación muy profunda que penetra en todos los poros de la vida cotidiana. Modifica la vida familiar,  la perspectiva ideológica desde la cual miras tanto al mundo como a tu proyecto personal.

Le cambia la vida a todo el mundo, te moviliza intensamente. La experiencia revolucionaria que viví ha sido maravillosa. Algo que quiero destacar es que yo trabajaba en el Ministerio de Industria, y el ministro era el Che Guevara. Por mi tarea profesional no tenía trato directo con él, salvo una sola ocasión en los dos años. Pero los fines de semana, cuando hacíamos trabajo voluntario, el Che Guevara estaba con nosotros cortando caña con el machete. Yo estaba a quince metros de él. Éramos dos compañeros cortando caña.  Era algo muy simbólico de un cambio muy profundo en esa sociedad.

LM: Estuviste viviendo dos años y medio, ¿por qué volviste?

RG: No volví porque me sintiera mal, al contrario, me hubiera quedado con gusto. Pero sentí que un revolucionario tiene que estar haciendo la revolución en su país, no de turista en una experiencia tan hermosa. Por otra parte, en mi trabajo no rendía lo suficiente, al menos para mi criterio, y no encontraba un cauce ocupacional que me hiciera sentir que el sueldo que recibía era compensado con mi aporte profesional.

Es muy difícil en una sociedad muy atrasada industrialmente, con gente sin experiencia, con formación educativa deficiente, muy desordenada, llevar adelante la revolución industrial. Allí entendí lo difícil que es construir el socialismo en un país atrasado. Porque la gracia del socialismo es que el país sea muy rico y que el desafío sea estructurar un sistema de distribución más justo de una riqueza que ya exista. En Cuba primero había que generarla, y es muy complejo recorrer ese camino para un país atrasado.

Por eso en el libro digo que el socialismo es más bien una solución para una sociedad capitalista avanzada, por eso Marx esperaba la revolución en países desarrollados como Alemania, Francia EEUU e Inglaterra. En lugar de eso vimos la revolución en países subdesarrollados. En donde es tal el caos económico y social que al ordenar el trabajo y la producción termina apareciendo la tentación autoritaria. Y uno se dice qué lástima que hubo estalinismo en Rusia, pero quizá el propio atraso no permitió una manera más organiza, más ordenada de hacer las cosas y no por esto estoy justificando el estalinismo.

LM: Entrando a tu libro ¿Qué paso con el socialismo, Marx? Se ve cómo intentás comprender y analizar qué pasó con las experiencias socialistas. Bajar aquella utopía a la realidad.

RG: Yo creo que gran parte de mi búsqueda en el libro fue salirme de las frases hechas, los dogmas los caminos prefabricados a los que somos tan proclives los marxistas y muchas otras teorías políticas. Verdaderamente si algo quise hacer  y me pareció que era positivo fue replantear las dudas sobre convicciones dogmáticas que tuve y que acepté como la gran parte del rebaño. Ahora viejo y a esta altura del partido me pregunto por qué no tuve un poco más de sentido común y de autocrítica, por qué no vi la realidad  con la mente abierta y sin acudir a los filtros de los dogmas de donde uno se metió y luego queda encadenado a no poder salir de ellos.

LM: ¿Cómo fue tu regreso a Buenos Aires?

RM: Antes de volver tuve una larga charla con el Che Guevara, mi jefe en el Ministerio de Industria pero mi gran referente revolucionario. Dentro del Ministerio se organizaban torneos de ajedrez donde solía participar, y también el Che Guevara. En estos campeonatos tuve la posibilidad de salirme del ámbito de trabajo y tener otro tipo de relación y de confianza.

Cuando le comenté que me volvía a la Argentina, me invito a verlo y tuvimos una charla de muchas horas, a la noche, analizando cual era mi posición, y a donde iba la Argentina.  Conversamos sobre las opciones que había en Argentina para seguir la militancia. Le aclaré que solo estaba seguro que la revolución no pasaba por el Partido Comunista y que seguramente me integraría en alguna línea del trotskismo o del peronismo. Sabía que en Cuba tenía mucho peso el Partido Comunista y que el trotskismo estaba prohibido. Igual le dije lo anterior y no le pareció mal.

Acordamos quedar con algún tipo de contacto. No me dijo una palabra de sus planes Ahora sospecho que yo hubiera terminado con él en Bolivia. No tengo ningún dato concreto para afirmarlo, es solo una suposición. Íbamos a estar comunicados pero en un momento dado el Che desapareció, primero apareció en África y después termino en Bolivia. Cuando se rumoreaba su presencia en Bolivia supuse que quizá había llegado el momento recibir su llamado, pero tal cosa no se produjo. Y un día me encontré con la notica de su muerte.

Mientras tanto habíamos quedado que yo buscaba mi camino en Argentina. Lo busqué pero no me fue muy bien.  Estuve trabajando con John William Cooke. Conocí a su mujer en Cuba, Alicia Eguren, con la que sentí mucha afinidad y mantuve mucho diálogo político. Armamos un pequeño grupo de resistencia en Tigre, en la zona de los astilleros, que no prosperaron y finalmente él se fue del país.

Tuve alguna relación con Ortega Peña pero fue efímera. Me metí en alguna variante del trotskismo, y al cabo de un tiempo hui despavorido. Y eso que yo tengo mucho afecto y respeto intelectual por Trotsky a quien he leído mucho. Dentro de la Revolución Rusa me parece que representa la línea verdaderamente socialista y revolucionaria.

Toda mi experiencia posterior en Argentina fue nefasta, porque fui dando tumbos de un grupo a otro. Metiéndome en problemas porque eran épocas de dictaduras. Donde te jugabas la libertad y hasta la vida. Un día escuché por la radio que el Che estaba muerto en Bolivia, y en ese momento se me termino la cuerda y abandoné toda actividad militante.

No abandone las ideas. Creo que el socialismo es lo mejor alternativa para la sociedad, pero el camino al socialismo es una gran incógnita.

LM: Volviendo al libro, vos te sentís y te reafirmás marxista, pero sin embargo plasmás varias críticas al Marxismo.

RG: Creo que los marxistas, los socialistas, hemos construido un mito con la clase obrera, algo que pudo estar vigente en la época de Marx pero no ahora. Actualmente la clase obrera está desapareciendo debido a la evolución tecnológica. El marxismo quedo como 150 años atrasado, tal como está expuesto ahora no tiene vigencia.

Es importantísimo leerlo, un revolucionario no puede dejar de hacerlo, pero tenemos que ser capaces de dar respuestas actuales a los problemas actuales.

Marx, es una gran herramienta revolucionaria. Pero el marxismo clásico no responde a los problemas políticos estratégicos del presente. Y como veo que hay gente que lo sigue recitando como si fuera una verdad absoluta, un mensaje divino que no se puede tocar, es que sentí la necesidad de escribir este libro. Digamos que es una suerte de provocación.

 

1 Comentario

  1. Martha

    Por eso la izquierda no tiene chances en Argentina, tal vez. Por lo que dice el autor de este libro: no hay una flexibilización del marxismo, una adaptación al contexto histórico actual.
    Me parece muy interesante el planteo. Hay que leer el libro.

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Pablo Campos

Pablo Campos

Colaborador

(1977, Buenos Aires) Tiene publicado La sangre en el ojo, Ediciones Lamás Médula (2014). Participo en las antología recopilada por Hayde Breslav, Taller la mente humeante (1998); la antología digital El grito de mujer Buenos Aires 2016, editado por Biblioteca de las grandes naciones (2016); Poemas de la resistencia, por Clara Beter Ediciones y con el apoyo del Ministerio de Cultura (2016).

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