Por Gabriel Rodríguez.

En 1821 —un siglo antes de que el mundo se partiera en dos—, rusos y norteamericanos tuvieron su primer round; omnipresentes y omnipotentes en su labor civilizadora. Aunque no era ni tan universal ni tan trascendente para la humanidad, visto en perspectiva puede ser otro el análisis.

La cuestión fue asunto de límites, de territorialidad. Pero, y esto sí más relevante, de capacidad de imponer lógicas de dominación, futuros rasgos de patrón hegemónico que se empezaban a desarrollar. Lógicas que de “racionalmente decantadas” no tenían nada. Exceptuando el fervoroso convencimiento de su mentor y principal expositor, James Monroe, el Pather Familias del futuro intervencionismo yanqui en América Latina.

¿De quién es Alaska? Para los rusos, que en 1821 ya reclamaban y se anexaban tal territorio a través de una prohibición de acercarse los barcos extranjeros a menos de 100 millas, no había duda alguna. El estado norteamericano desestimó esa postura, y John Quincy Adams, su secretario de Estado, sentenció “adoptaremos claramente el principio de que el continente americano ya no está sujeto a nuevos asentamientos coloniales”.

Pero si se trata de rastrear el génesis de ese estado genocida, intruso y avasallante, hay, paralelamente al mencionado conflicto con el Zar, un hito que recorre el continente y hace sonreír a la joven nación de 1776: España ya no controla sus colonias en el nuevo mundo, los levantamientos independentistas inauguran un nuevo escenario donde las ambiciones norteamericanas, ocultas aún, ponen su norte y su rumbo.

La ola de reacción postnapoleónica en la Europa de la Santa Alianza, amenaza seriamente con incluir en su marco de intervención restituidora de derechos divinos, todas las antiguas posesiones españolas en América. Cosa que desagrada y preocupa tanto a George Canning, secretario de relaciones exteriores británico, como a Richard Rush, ministro norteamericano residente en Londres. Inglaterra y los Estados Unidos saben que deben velar por sus intereses comerciales y político-económicos en la región ahora libre y soberana.

Jefferson, Madison, Adams, y el propio Monroe saben que es menester informarle al nuevo sistema de ordenamiento europeo que su país considera que el nuevo mundo ha avanzado en conquistar su libertad, y que, habiéndolo logrado por sus propios medios y sin mediar intromisión de los EEUU en aras de ningún contendiente, esperan no ver nuevamente las miradas del viejo mundo en esta región libertada. A tal efecto fue dirigido un contundente mensaje al Congreso, redactado por Monroe y revisado por Adams, cuyos lineamientos esenciales constituyen la partida de nacimiento del expansionismo norteamericano en la región. “… Los derechos y los intereses de los Estados Unidos, el hecho de que los continentes americanos, por las condiciones de libertad e independencia que han logrado y mantenido, no deben ser considerados, en adelante, como sujetos de colonización futura por parte de cualquiera potencia europea (…) En las guerras de las potencias europeas, en los asuntos que solo a ellas conciernen, nunca hemos intervenido, ni corresponde a nuestra política obrar de ese modo. Solo cuando nuestros derechos son violados o amenazados seriamente, resentimos los agravios o nos preparamos para defendernos. Necesariamente, nos sentimos de inmediato más vinculados a los movimientos que tienen lugar en este hemisferio, y ello por causas que resultan claras para todo observador instruido e imparcial. El sistema político de las potencias aliadas es esencialmente distinto a este respecto del que rige en América (…) Debemos considerar todo intento que éstas emprendan para extender sus sistemas a cualquier parte de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad. No hemos interferido, ni lo haremos, en las colonias o posesiones de ninguna de las potencias europeas. Pero respecto de los gobiernos que han declarado y mantenido su independencia, y la cual hemos reconocido con base en grandes consideraciones y lo justo de sus principios, no podríamos ver la intervención de alguna potencia europea que tendiera a oprimirlos o controlarlos de cualquier otra manera su destino, sino como la manifestación de una disposición poco amistosa hacia los Estados Unidos”.

Si bien es cierto que la magnitud de la declaración era muy superior a las reales intenciones de intervenir Europa en Latinoamérica, no iba a caer en saco roto tamaña declamación de principios; no se equivocaban en su enfado y malestar el canciller austríaco y el ministro del exterior de Rusia “Declaración indecente”, “más profundo desprecio”; buenos eufemismos para lo que avanzando en el siglo diecinueve y más allá hacia el veinte, se instalaría definitivamente como la “Doctrina Monroe”. El certificado de nacimiento del imperialismo norteamericano, la fuente de legitimidad interior para un desenfrenado expansionismo exterior.

Para 1845, con la vista en las tierras de Texas y Oregón, y ante las posibles intenciones inglesas sobre la California mexicana, el presidente James Polk echa mano al manuscrito de Monroe para indicar, una vez más, que EEUU no aceptará terceros en la región; de igual manera los franceses lo vieron pesar como una sombra amenazante durante la guerra de Secesión, al tratar de imponer al Duque Maximiliano como emperador de México.

Ya en 1860, Grant le reconfiguró su sentido al manifestar la prohibición de que cualquier potencia europea pudiera ceder territorio en América, en beneficio de otra nación de aquel continente. El presidente Hayes siguió incrementando su peso simbólico: todo canal interoceánico debería estar bajo control americano. Sin embargo, será a fines del siglo cuando este manifiesto rector de la política exterior yanqui, dé el gran salto en su alcance y significación real: en 1902 los estados británico y alemán iniciaron un bloqueo contra Venezuela para presionar a este gobierno a que resarciera, por ciertos daños, a unos conciudadanos europeos. Un movimiento de protesta se inició en los Estado Unidos; el mismo llevó a Theodore Roosevelt a enunciar en 1905 “una actuación crónica errónea o la impotencia que se convierte en pérdida general de los vínculos de la sociedad civilizada por parte de un país del hemisferio occidental podría requerir que los Estados Unidos ejercieran un poder policíaco internacional”. Esto, que se conoce como el Corolario Roosevelt, muestra a las claras que aquel mensaje al Congreso que tan poco poder de veto había parecido tener por entonces, se había convertido casi en un Dogma Nacional, guía del accionar del departamento de asuntos exteriores norteamericano, y consigna propagandística siempre lista para recibir el fervor patriótico que justifique cualquier encumbramiento hegemónico del país del norte.

Lo que sigue es historia conocida. Nicaragua, Haití, República Dominicana, Cuba, El Salvador, Honduras, México, Chile, Colombia, Guatemala. Es decir invasiones, vejámenes, asesinatos, quita y pon de regímenes políticos y de gobiernos, padrinazgos ocultos, impugnaciones desde la Agencia, imperialismo, pseudocolonialismo.

La vieja y nunca cansada Doctrina Monroe.  

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Gabriel Rodríguez

Gabriel Rodríguez

Profesión

Gabriel Rodríguez nació en Lomas de Zamora en 1974. Estudió historia en el Joaquín V. González y Ciencias de la Comunicación en la UBA. Publicó un poemario y el libro de historias y microcuentos “Buenos Aires, ciudad de Luces y sombras”. Se desempeñó como educador popular y colaboró en diversos medios alternativos.

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