Por Gabriel Rodríguez.

“Hasta ahora para que los pobres dejen de ser pobres, no se ha inventado otro más que este sistema: que los ricos dejen de ser ricos.”. Esto le dijo al mundo el padre Carlos Mugica. Un sacerdote que murió joven, asesinado por los sicarios de la Alianza Argentina Anticomunista, órgano paramilitar creado y dirigido por José López Rega, ministro de Bienestar Social del último gobierno del General Perón.

El 11 de mayo de 1974, cuando salía de dar una homilía en la iglesia de San Francisco Solano, en el barrio de Villa Luro, fue acribillado a balazos por orden del Brujo (apodo muy popular de López Rega). Su hermano menor Alejandro confesaría en entrevistas posteriores que Carlos Mugica sabía que lo iban a matar, y que le había anunciado que pese a que le iban a echar la culpa a la organización clandestina Montoneros, “a mi me mata López Rega”.

Alejandro tuvo la primera intención de enviar varias cartas a los distintos medios gráficos para advertir lo anunciado por el cura villero, pero el miedo pudo más y las mismas nunca fueron a sus destinos previstos.

¿Por qué asesinaron al padre Mugica, un párroco que solo cumplía misiones de evangelización en uno de los barrios más pobres de la Capital? Para hallar la respuesta es necesario poner en primer plano dos acontecimientos centrales, que van a dar origen a otras acciones muy comprometidas con una etapa de alta efervescencia política y social. El primero es el Concilio Vaticano II, un intento de renovación de la iglesia Católica que en la Argentina puso el eje en la expresión “La Iglesia de los Pobres”. “Creo que la misión de la Iglesia es evangelizar a los pobres e interpelar a los ricos”, empezó a declarar Carlos Mugica a quienes quisieran escucharlo. Lo cual era todo un cambio de paradigma dentro de las nociones de la curia. Con la perturbadora idea subyacente de “… la iglesia también tiene que evangelizar a los ricos, entendiendo por evangelizar a los ricos, ayudarlos a dejar de serlo. Lo cual no significa que tire todo por la ventana sino que ponga todos sus bienes al servicio de la comunidad:”.

El otro hecho determinante será la creación de un Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, al cual Mugica adscribió sin dudarlo. Este espacio llamado a operar en Latinoamérica y todo el conjunto de la periferia mundial, tenía un postulado que hasta allí no había irrumpido con fuerza: la interrelación entre religión y política, o más bien entre formas de evangelización y construciones políticas ideológicas, un hacer de la religión no solo con su objetivo de la sanación espiritual de la población más desprotegida, sino con una mirada más acorde a los tiempos del Mayo Francés, de la resistencia americana a la guerra de Vietnam, y de los movimientos descolonizadores tercermundistas. Ya se trataba de un acto de mejorar en concreto la situación social de los más pobres, su vida misma. Y esto a partir de la creación de unos lazos firmes de solidaridad entre los sacerdotes y los habitantes de la villas, entre esos habitantes mismos, la transmisión constante de una ideología que ponía la propia lucha por las reivindicaciones sociales en el centro del discurso. “Debo actuar desde el pueblo y con el pueblo (…) de todas maneras no me cabe la menor duda de que los pueblos son los verdaderos artífices de su destno, y aunque yo personalmente crea que el sistema menos alejado de la moral y del Evangelio es el socialismo, se me ocurre que en la Argentina tenemos que hacer nuestra revolución, nuestro socialismo, que no necesariamente debe adaptarse a modelos prestablecidos. Además, estoy seguro de que ese proceso pasa, aquí, por el peronismo.”.

Era impensado que la derecha más dura, con sus sectores militares y civiles que avanzaban en el dominio de la institucionalidad, pudiera soportar las reiteradas declaraciones y visiones del mundo, y de la región latinoamericana en particular, que iba esbozando el padre Carlos Mugica. Su constante labor en perseguir la justicia social, a costa de sancionar el bienestar de los estamentos más acomodados, sumado esto a las permanentes alusiones que si bien no justificaban la violencia guerrillera tampoco la condenaban con dureza ( “…existe la violencia del sistema, el desorden establecido. Frente a este desorden establecido yo, cristiano, tomo conciencia de que algo hay que hacer y me encuentro entre dos alternativas igualmente válidas: la de la no violencia en la línea de Luther King o la de la violencia en la línea del Che Guevara; hablando en cristiano la violencia en la línea de Camilo Torres. Y pienso que las dos opciones son legítimas. Es erróneo tratar de ideologizar el Evangelio. Decir, por ejemplo, como he oído: Cristo es un guerrillero. Él, personalmente, no fue violento, sólo en algunos casos concretos cuando echó, por ejemplo, a los mercaderes del templo a latigazos. Es decir que Cristo fue solamente muy violento contra los ricos y los fariseos.”), todo esto fue generando el odio que acabó con su vida.

La corta vida de Carlos Mugica, tenía 43 años al ser asesinado, es la historia sublime de un transformador que primero se transformó a sí mismo: heredero de una familia acomodada y oligárquica, antiperonista en sus primeros años, laico estudiante de derecho, para luego entregarse en cuerpo y alma al cuidado y educación de los pobres de la villa. Ser su amigo, su guía espiritual, su compañero en el reclamo de una vida digna, su Padre Nuestro.

Carlos Mugica, el cura que vino con otra cruz, una que era llave y no cerrojo.

1 Comentario

  1. Jose Luis

    Descripción muy buena del pensamiento de Carlos Mujica. Hay una frase de él que lo define. “Estoy dispuesto a morir por mis ideas, pero no a matar por ellas…”

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Gabriel Rodriguez

Gabriel Rodriguez

Profesión

Gabriel Rodríguez nació en Lomas de Zamora en 1974. Estudió historia en el Joaquín V. González y Ciencias de la Comunicación en la UBA. Publicó un poemario y el libro de historias y microcuentos “Buenos Aires, ciudad de Luces y sombras”. Se desempeñó como educador popular y colaboró en diversos medios alternativos.

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