Por Oscar Campana.

Reflexión leída en la jornada de la memoria en homenaje y celebración por los mártires riojanos. 19 de mayo de 2019, Nuestra Señora de la Merced, Ciudad de Buenos Aires.

I. Resuenan aún los ecos de la enorme y emotiva celebración del 27 de abril pasado en el Parque de la Ciudad de la capital riojana. Ese día tuvo lugar la beatificación de Enrique Angelelli, Wenceslao Pedernera, Carlos de Dios Murias y Gabriel Longeville, ya conocidos
por todos como “los mártires riojanos”.

La alegría popular; la fiesta extendida desde los días anteriores en las “carpas” instaladas en la Plaza 25 de Mayo de La Rioja y que pasando por el acto central de la beatificación se dirigió hacia Sañogasta, Punta de los Llanos y Chamical, sitios martiriales; la permanente romería de peregrinas y peregrinos que se reconocían con la mirada; el reencuentro de tantas y tantos que compartían la bendita complicidad de la memoria…

La complicidad de la memoria, como la forma de contrarrestar el “conjuro del silencio” que hace ya tantos años denunciara el padre obispo Jorge Novak. 

Mucho se habló en esos días del arduo y trabajoso camino que llevó de los asesinatos de julio y agosto de 1976, perpetrados por el terrorismo de Estado, hasta este momento de extraño júbilo por el asentimiento institucional a una convicción, la del martirio, de la que
muchos fueron testigos desde el primer momento.

Pero lo acontecido el pasado 27 de abril no puede ser el fin de un camino, que deje a nuestros mártires en una estampita y en el calendario litúrgico. No puede ser tampoco, como suele advertir Marcelo Colombo, la pasteurización y el alindamiento de la figura de Enrique Angelelli.

II. En la figura de Angelelli se agolpan y concentran muchas de las cuestiones que la Iglesia en Argentina debe aún abordar, en algunos casos constituyendo una lista de pendientes de muy larga data.

– La primera de ellas, evidente y significativa, es la renovación pastoral nacida del Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965), releída en la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968) y adaptada para nuestro país en el Documento
de San Miguel (1969). De aquella renovación Angelelli fue una figura paradigmática a partir de la pastoral de conjunto desarrollada en la diócesis de La Rioja entre 1968 y 1976, como así también por su activa participación en la Conferencia Episcopal Argentina de entonces, en las comisiones y equipos que impulsaban las reformas conciliares. Es esa pastoral, no otra cosa, la que fue martirizada (“mártires de los decretos conciliares” los llamó el cardenal Angelo Becciu en la misa de beatificación). Y el reconocimiento “oficial” de su martirio debiera llevarnos, como Iglesia, a recuperar sus intuiciones, su estilo, sus apuestas, sus concreciones. Sino estaríamos leyendo sólo una parte del mensaje que dicho reconocimiento propone.

Si además desglosáramos todas las dimensiones y todos los actores que Angelelli puso en juego en aquella pastoral de conjunto, su sola mención definiría incluso una agenda para los tiempos que corren…

– Una segunda cuestión, no menor, es el de la connivencia del episcopado de entonces con el poder militar de la dictadura. ¿Cómo celebrar hoy la aceptación oficial de la Iglesia de nuestros mártires sin recordar la complicidad de las autoridades eclesiásticas de entonces?

Resulta absolutamente imposible historiar a Angelelli sin recalar una y otra vez en este punto. ¿Cuándo y cómo la Iglesia católica en Argentina, en sus instancias de conducción, hará un público y claro reconocimiento de aquella complicidad, sin medias tintas, dándole
la palabra a tantos cristianos y no cristianos que fueron capaces de señalar desde el primer momento el lugar estratégico que la cúpula episcopal de entonces tuvo en la existencia y el desarrollo de la última dictadura? La espera ha sido larga, muy larga. Por eso, esponder
cabalmente a esta pregunta es acuciante. Más aún cuando hoy asistimos a proyectos académicos en nuestro ámbito teológico que pretenden abordar el estudio del período 1966-1983 sin apelar, salvo excepciones, a las personas idóneas que podrían dar cuenta de un conocimiento de dicha etapa.

Nuestros mártires, nuestros hermanos asesinados entre tantos miles de víctimas de la última dictadura, no nos dejan ser complacientes. La traición, el abandono, la negación y el olvido de la cúpula episcopal de entonces, tampoco.

– Otra cuestión es la de la relación Iglesia-Estado, que podría desplegarse, al menos en el plano institucional, en dos grandes temas pendientes: el de la existencia del obispado militar, por un lado, y en la del “sostenimiento” del Estado a parte del clero, por el otro. En las dos cuestiones sigue reverberando la cuestión anterior, habida cuenta del rol –criminal y nunca reconocido por la Iglesia– que el entonces vicariato castrense tuvo durante la última dictadura militar, y habida cuenta, también, de que toda la legislación que regula aquel sostenimiento del clero procede de dicha dictadura.

Sin dudas, muchas otras cuestiones, que deben sumarse a esta lista, podrían plantearse desde la beatificación de los mártires riojanos.

III. Al preguntarse por el legado de los mártires, dice Jon Sobrino, quien conoció el martirio en lo que él llamó su “familia”: “Legado es lo que tenemos que poner a producir, no sea que escuchemos el reproche de Jesús, en la parábola de los talentos. […] Para poner a producir hoy el legado de los mártires, hay que reconocer en qué mundo lo recibimos.” Y concluye citando a su hermano mártir Ignacio Ellacuría: “[…] ‘sólo manteniendo el recuerdo de los mártires, como cosa real, tendremos esperanza para cambiar este mundo’” (“El legado de los mártires de cara al futuro”: Revista Latinoamericana de Teología 94, 2015, 10). Los mártires, como “cosa real”…

El reconocimiento del martirio y la beatificación de Angelelli y sus compañeros mártires no puede constituir un punto de llegada, sino más bien una evangélica provocación a la conciencia cristiana para seguir andando en los difíciles tiempos que corren.

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Oscar Campana

Oscar Campana

Teólogo y rector del Profesorado Don Bosco de Buenos Aires

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