Por Jorge Giles.

El pasado 16 de junio 300 ex presas políticas de la cárcel de devoto se reunieron por primera vez en el hotel Bauen.

Son 300 mujeres las que hoy vendrán marchando bajo la lluvia desde el fondo de la historia y del país. Ningún titular de diario las registrará. Son 300 ex presas políticas de la dictadura que vienen a exigir que no demuelan la vieja cárcel de Devoto donde estuvieron confinadas.
Son 300 mujeres que en ese lugar sombrío de dolor y castigo, custodiaron sueños y revoluciones de amor y poesía cuando la patria era sometida por el terrorismo de estado. Allí donde los dictadores las encadenaron, ellas convirtieron en cuna su presidio. Y allí cantaron las canciones de Cafrune, Lito Nebbia, Spinetta, la Negra Sosa, Serrat, Víctor Jara, Violeta Parra, Miguel Cantilo y Los Beatles y bailaron a escondidas un chamamé y una zamba.

“Viento dile a la lluvia que quiero volar y volar”, aún se escucha cantar por los barrotes de Devoto en algunas noches.
Son 300 ex presas políticas que subvirtieron el cielo, la tierra y los mares inaugurando un tiempo de mujeres que arrancó allá lejos con la Juana Azurduy, pasó por Evita y llegó a nuestros días hecho movimiento.

Vienen a Buenos Aires en medio de la lluvia y los cierres de listas electorales y un gobierno que concentra su poder de odio y racismo, de odio y antifeminismo, de odio y xenofobia, de odio y espionajes, de odio y represión salvaje, de odio y Santiago y Nahuel y disparen contra los feriantes y que no quede en pie cartonero alguno, de odio y hombres y mujeres sobreviviendo en las calles con el hambre a cuesta.

Son 300 mujeres que lucharon y luchan contra los mismos odios de esos poderosos que son los mismos de siempre.
Son 300 ex presas políticas a las que los represores les vomitaron en la cara que no saldrían vivas de ese infierno o saldrían locas y mutiladas por dentro y por afuera, humilladas, torturadas, manoseadas, violadas, enviudadas, olvidadas.

Ellas fueron las que hicieron posible los juicios de lesa humanidad, sentando en el banquillo de los acusados a los genocidas y sus cómplices necesarios. Démosles las gracias por tanta humanidad. Si otros no lo hacen, tengamos el pudor nosotros de ser agradecidos.
Ellas fueron las que se reconstruyeron como mejor pudieron y entonces fueron madres y abuelas, trabajadoras a destajo, médicas, abogadas, arquitectas, escritoras, psicólogas, artesanas de su propio destino. Poetas, todas. Su única venganza fue intentar ser felices. Y no siempre pudieron.

Llueve sobre Buenos Aires, como si hiciera falta tanta lluvia para aliviar el fuego de esta memoria que atraviesa nuestra historia gracias a ellas y a las Madres y a las Abuelas y a los ex presos políticos de la dictadura y a la nueva militancia que se incorporó con Néstor y Cristina.

Que nadie olvide de ellas y que les regalen flores y canciones y las acompañen de pie cuando las vean marchar tan libres y valientes como siempre fueron. Que se las pueda honrar en vida es una forma de ser un poquitín mejores como sociedad.

No hay derecho a olvidarlas como en otros tiempos se olvidó a la Juana Azurduy, la Generala de la Patria, la que luchó por la Independencia a la par de Belgrano y Martín Miguel de Güemes y de su compañero Manuel Padilla y que mendigó abandonada en las calles sus últimos años de vida y a Micaela Bastidas, compañera de Túpac Amaru y Bartolina Sisa, compañera de Túpac Katari en el Alto Perú, guerreras de la Independencia y muertas en la horca del invasor colonialista.

No hay derecho a olvidar a Manuela Gandarillas, aquella heroína ciega que encabezó la lucha de 300 mujeres peleando hasta dejar su vida en la batalla contra las tropas realistas.

No hay derecho a olvidar a la Madre de la Patria, nombrada así por el General Belgrano, María Remedios del Valle, muerta en plena miseria en las callecitas de Buenos Aires y a Manuela Sáenz, la libertadora del Libertador Simón Bolívar, como él la llamó.
No hay derecho a olvidar a Eva Perón, apedreada por su condición de mujer, peronista y revolucionaria y ultrajada hasta en su lecho de muerte.

Ni olvido ni perdón, sólo memoria y amor.

No hay derecho a olvidar a las mujeres masacradas en Trelew y que pintaron LOMJE con su sangre en su martirio y a Norma Arrostito, Alicia Eguren, Claudia Falcone, Ana María Villarreal de Santucho y Azucena Villaflor, Mary Ponce y Esther Careaga y las monjas solidarias de la Iglesia Santa Cruz y las pibas de la Noche de los Lápices y todas las mujeres desaparecidas y asesinadas por la última dictadura.

Son 300 mujeres las que veremos en estos días. Ellas son el eco de todas esas mujeres que amaron y lucharon con la misma pasión; fueron sus compañeras.

La patria que hay que recuperar en Octubre tendrá el perfume de estas mujeres y ese fuego y ese llanto mordido en la mesa de tortura y esa risa que despierta todos los gorriones y esa ternura y esa constancia y esas convicciones.

Si no hay memoria, no hay patria. Aprendamos de ellas. Siempre estamos a tiempo.

Que así sea.

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