Por Daniel Martucci.

(Bonus Track 2010)

Estábamos estampando a un imbécil contra el mapa de argentina cuando llegó la señorita y nos puso a prueba. A uno se le saltó el ojo de la cara y andaba a gatas entre los bancos en su busca mientras unos compañeros lo pateaban. Nosotros tratábamos de inventar La Quiaca pero nos salía Trelew. Yo me corté con el machete y manché la hoja con sangre cuando pasó la señorita buscando a los que se copiaban mal las formulas. Vio que yo trataba de limpiar la mancha con la lengua. Me acarició la nuca y, como hablando con Sarmiento murmuró: pobre, no presta atención, es desprolijo, pero es tan inteligente. ¡Qué lástima! Puse cara de ángel caído y pensé: de los pobres es el reino de los suelos.

La señorita nos miró y no supimos qué decirle no supimos qué callar. Se nos antojaba agua la boca y no dejábamos de amorarle. Los que habían llegado crispados escapábamos a la condena por la enferma promesa de adorarle. Fue entonces que la señorita se sustrajo y con un piélago nos arrancó el alma por la boca.

En otro atentado un compañero le miraba la bombacha con el espejito cuando la señorita, así de sopetón desenfundó en ingles. Arrancaron las máquinas y un sopor violento invadió la estancia. Parecía que nos hundíamos en el riachuelo. Lo recuerdo como si fuera mañana o el año que viene. Un recuerdo borroso porque los terrores primigenios que me asaltan por las noches no me permiten pensar con claridad y sufro de esas torturas.

Estábamos tergiversando el Martín Fierro cuando la señorita se plantó de guampas y nos miró así. Nosotros empezamos a entonar las tablas aristotélicas con la tonadita de la cantata para unos niños muertos. La señorita de inmediato se mostró culta y nos perdonó la vida pero viendo que la lección degeneraba hacia la marcha, golpeó con estruendo de cañones el manual contra el escritorio y nos cortó en seco. Fue un estruendo como de fusilamientos, de cuerpos chocando contra las puertas del cuartel.

Audaces en la esgrima de la lengua nos concentrábamos en la sintaxis mientras la sinarquía distribuía terratenientes legua por legua. Después no se habló de reforma agraria, no se encontraba en el manual de operaciones. Algunos compañeros hablan con la boca rota. Caerán otros muertos en el teatro.Luces de otro mundo. Había una nave de exploración llamada beta-ypsilon, era la única salida posible y aun no estaba preparada. La entrada, como salida no se había inventado y algunos flotábamos en el espacio-tiempo imaginario para ver si se dejaban de escuchar los arañazos de terror que venían desde el fondo de los tiempos pero no, no.

Cuando la señorita nos llamó al frente, pesábamos como incrustaciones de lodo. El rostro del compañero cruzado ante la fantasmagoría, la costra del ridículo. En el fondo se espierta un actor de tragedias que la grecia escupió desde siglos atrás y en un giro cómico y letal nos salva de la constitución, de la perdición de la verborragia.

Zafamos como por encanto y la señorita nos confundió con otro que había muerto aplastado por un friso en algún levantamiento de esclavos. ¿Dórico o jónico? preguntó taimada. Corintio- contestó otro compañero que al punto feneció. Zafamos por un pelo después de atravesar largos mares con nombre de novela y gracias a la lectura de los clásicos la autoridad nos largó en banda muy cerca de donde nos reuníamos sin que nadie supiera del secreto que se escondía en nuestras locas, juveniles azoteas.

La señorita hizo unos tildes en la lista con el lápiz rojo en los ojos. Íbamos a repasar todas las materias. En el recreo largo hubo varios caídos. La biología no se agotaba en el desarrollo de las células.

La señorita nos nombra uno por uno y cuando volvemos a casa nuestros padres nos ven como a una amenaza, no nos dícen nada de los guardapolvos rotos o los útiles desaparecidos o las notas. Parecía que nos veían el destino.
Un día la señorita nos llevó al museo. Tenía un escote del paleolítico superior y arrojaba miradas aquí y allá por las secciones que con sus maravillas nos oprimían el alma.

estábamos con un tubo plástico metido hasta el hambre de aire, figuritas en nuestro deseo de muerte, sensores electrodomésticos incrustados en el animal. ¿Serán binomios cuadrados que se asoman a la escena del melodrama amniótico? Entonces llega la señorita y levanta todos los trabajos así sean garrapatas sobre la independencia o fracasos tectónicos. Casi todos bajamos la vista y ella es como si aspirara caléndulas que con su pudor la enfebrecen.

El último día la señorita entró desarreglada, enseguida notamos que después de abusar de ella la habían abandonado.

Nosotros nos comportábamos como animales, teníamos la conducta de especies que la ciencia no se atrevía a catalogar, arbóreos de rapiña. la señorita movía las manos tratando de transmitirnos un sentimiento de caranchos que no podíamos tragar.

Y, sí, miramos los relojes por ver si la condena terminaba, si había una última hora, si éramos efímeros. Ella señalaba hacia arriba, miramos a los que giraban a contrapelo de los cielos, eran héroes que no querían estampita, compañeros elevados en combate.
Ya nada podía hacerlos desaparecer.

Los grabábamos en piedra sin haber aprendido nada, sin saber nada. No había monumentos que visitar.

En algo estábamos cuando la señorita se partió.

Share This