Por Zuleika Esnal.

“Te vayas a donde te vayas las cosas se van con vos”.
Silvina Giaganti.

Y bueno, yo me fui a Rosario.
En el medio de la ruta, un mensaje.
Nuestra amiga Majo nos avisaba que habían condenado a un año de prisión en suspenso a Mariana Gómez por besar a su compañera.
“Frena el auto y dame un beso” le dije a Marina Glezer.
Con esa intensidad tan suya frenó de golpe. Un micro nos rozó. Lo vi venirse encima.
No te digo que se me pasó toda mi vida por delante pero miré el cielo.
Esa primera foto se replicó en minutos. Cientos de mujeres besando a otras mujeres.
Otra vez el cielo.
El micro.
Las cuentas pendientes.
Las palabras que dije, las que no.
Me acordé de Juan. Nos despedimos como el orto. Cuando llegue lo voy a llamar y le voy a decir cosas bonitas. Te quiero. Gracias por todo. Y otro te quiero por las dudas. No va a entender un carajo.
África. No fui nunca la concha de la lora.
Bah, sí. Marruecos, mil veces cuando vivía en España pero no cuenta porque jirafas no vi.
Y sin jirafas no es África.
O cebras, que es un animal que también me gusta mucho. Cuando era chiquita me daban tristeza. Estaba convencida de que eran caballos, pero presos, por eso el traje a rayas.
Yo quería despintarlas. Llevarlas con la mamá, esas cosas.
Tomamos mucho mate.
Llegamos cagadas de hambre.
Calles de tierra.
Personas con las caras desencajadas de vernos deambular con la ventanilla baja.
Un hombre se acercó cuando hice señas.
¿No sabes donde puedo comprar comida?
Chicas esto es zona roja. Roja, roja. Ni comida ni nada. Sigan de largo.
Llegamos al CERPJ (Centro especializado en responsabilidad penal juvenil)
“Los chicos las están esperando desde temprano. No saben la alegría”.
Los guardias retienen tu documento.
El aire cambia.
Las paredes se te vienen encima.
“Igual que el micro”, pensé.
Las rejas.
Los ruidos.
Los pasillos.
Mi propia respiración entre cortada.
Llegamos a la sala donde iríamos a pasar las siguientes ocho horas.
Los chicos fueron llegando de a poco, seis grupos diferentes.
La excusa es un taller audiovisual. Se filma, se actúa, se improvisa.
Todos sabían de memoria “El Polaquito”, la película que protagonizó Marina. Yo creo que porque los nombra. Les da lo que nadie les dio nunca: entidad.
Nos disfrazamos, comimos papitas con jugo y gaseosa y un budín.
Cuando conté que escribo me sorprendió un montón encontrarme con que muchísimos de ellos también.
“Ah, señora. Yo escribo mucho mucho. En mi celda. Me gusta el silencio, yo sólito. Por ahí se escucha un grillito, a lo lejos. O el ruido de algún alfajorcito que se abre. Y yo me siento libre. Hay rejas, pero no”.
Nosotras contamos nuestras vidas y ellos de a poco, primero con vergüenza mirando para abajo y más tarde a los ojos, nos fueron contando pedazos de las suyas.
“Nosotros queríamos tener. Qué se yo. Que mi mamá esté contenta. Que tenga un plato en la mesa. Y sí. Se roba. Cuando no hay comida, la panza te hace ruido. Y a tu familia también. Entonces robas, te agarran y te meten acá adentro. Nosotros no somos la causa. Somos la consecuencia”.
En lugar de decir “ficción” decían “falso testimonio”.
Nicolás me miró fijo.
Apenas entró dejó clarísimo que es chorro.
“Robo calificado, cinco veces. Mi viejo está preso hace no sé cuántos años.
Nos miraba de arriba abajo. Fue el único que nunca bajó la vista.
“Salgo de fierro, yo”.
Cuando le dije que era hermoso y que tenía los ojos como miel pero más lindos, dejó de hablar de fierros y motos robadas y empezó a cantar.
Cerraba los ojitos y se le hinchaba la vena del cuello mientras rapeaba sobre el encierro y su mamá.
“Se llama Celeste, es hermosa mi vieja”.
Santi saltó de la silla cuando le permitieron ir a su celda a buscar lo que escribe para mostrárnoslo.
Trajo un cuaderno enorme.
Quedaba poco tiempo porque nos habíamos entretenido mirando un vídeo que filmaron en el marco de este taller cuando vino a Buenos Aires.
Se lo ve cantando.
Hablando de perdonar, y perdonarse.
“A veces no le encuentro mucho sentido. Igual sigo cantando”.
Le agarré la mano.
“No llores que te pones fea”.
Y nos reímos los dos.
Abrí el cuaderno. Le pedí que mostrara uno que le gustara mucho.
Señaló uno que dice que a los quince cambió su vida. Algo feo.
Feo. Feo. Feo.
“Murió mi hermana. La prendieron fuego. Lee vos que hablas más lindo”.
“Ahora me encuentro en este laberinto sin salida. Una lágrima más y perdón por volver a equivocarme. Una lágrima más y gracias por perdonarme. Una lágrima más de angustia y de rencores. Una lágrima más, que desahoga”.
Cuando terminamos con el último grupo eran ocho y media de la noche.
Me soné los dedos.
Estiré el cuello.
Pensé en la botella hermosa de whisky que nos esperaba en el hotel.
Apareció una mujer.
“Chicas, uno de los pibes no pudo venir. Estaba a resguardo porque hizo lío y quiere saber si se quieren acercar a saludarlo”.
Atravesamos el lugar.
Nos fuimos metiendo más adentro.
Guardias abriendo y cerrando celdas con un ruido que te raspaba los huesos te juro.
El afiche donde aparecemos con Marina pegado por todas las paredes.
Llegamos al sector.
Cerraron la celda detrás nuestro. Dos guardias se quedaron.
No hubiera hecho falta.
Yo vi el amor con el que nos estaban mirando.
Yo sentí el abrazo.
Yo escuché el gracias al oído.
El “no te olvides de mí”.
“Llámala a mi mamá”.
Me acerqué a Víctor.
Ya estaba encerrado.
Atravesamos los dos el hierro frío con los brazos.
Él, con un acto reflejo que me partió el corazón.
Yo, con la torpeza que te da la libertad.
Me acomodé como pude.
Pegamos frente con frente.
“Un abrazo tras las rejas, qué lindo Zuleika!”
Y me acarició la espalda.
Recordé las cebras de mi niñez y cómo le explicaba a todo el mundo que son caballitos tristes, que extrañan a su mamá y que hay que cuidarlos mucho”.
Cuarenta años después, yo sigo pensando igual.
“Nos vemos afuera compañero”.
Si Dios quiere, dijo.
Va a querer, Víctor. Si existe, va a querer.

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Zuleika Esnal

Zuleika Esnal

Actriz y escritora

Buenos Aires, Argentina, 1976. Actriz, dramaturga y escritora.

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