Por Gabriel Rodríguez.

Un 23 de julio de 1935 es asesinado en el senado de la Nación el senador Enzo Bordabehere, en pleno debate sobre el pacto Roca-Runciman.

Imaginar que el destino de un hombre está sellado con un lustro de antelación a los hechos concretos de su historia, es muy novelesco y un fiel reflejo de la pasión que por los procesos fatalmente encadenados tienen los historiadores. Resulta exagerado pensar que el senador demócrata progresista Enzo Bordabehere liquidó su suerte cuando en el crack del 29 se hizo añicos el sueño de la economía mundializada, “privatizada”, y autosuficiente, preciado legado de la visión Smithiana, continuada por los neoclásicos, y empaquetada con moño para regalo por Tayloristas y Fordistas. De la noche a la mañana la eficiente división internacional del trabajo mutó en un nuevo reordenamiento: los que quedaron inmersos en la crisis, los que quedaron en la ruina, y los que quedaron peor.

Es un mágico beneficio histórico que la Argentina no haya recalado en el último de los grupos. Si bien nuestro modelo agroexportador de cabecera recibió el impacto con creces (la caída de los precios internacionales de los artículos primarios exportables fue notable) hay sobradas muestras e indicios de que los acuerdos unilaterales–perdón quise decir bilaterales—entre el gobierno de Justo y la corona británicas se excedieron en concesiones, otras concesiones, y algunas otras concesiones más. Todas por parte de los de acá, obvio. Esto por las dudas de que los socios ingleses de nuestra oligarquía reinante hicieran efectivo al ciento por ciento (porque en vigencia entró) su sistema de preferencia imperial firmado en Ottawa en 1932, el cual priorizaba para la adquisición de productos primarios a los países miembros de la Commonwealth.

Las políticas a seguir para el salvaguardo de los intereses particulares de la aristocracia criolla encabezada por los dueños de la Sociedad Rural Argentina, no fueron otras que las viejas recetas decimonónicas (de fines del siglo XlX principalmente) de sumisión acomodaticia ante los reyes del orden global, y acatamiento absoluto a las ofertas leoninas del Imperio. Todo en un contexto de marcado desinterés por la suerte de un sector agropecuario tradicionalmente aliado y miembro clasista: los “criadores”, verdaderos hombres de campo, ganaderos por excelencia y auténticos productores de la supuesta tradición agraria nacional.

El acuerdo denominado Roca-Runciman (vicepresidente argentino y representante inglés) garantizaba que el Reino Unido no impondría restricciones a la llegada de carne enfriada–luego de su paso por los frigoríficos– procedente de Argentina, pero el 85% de las licencias de importación serían repartidas por el gobierno inglés y el 15% restante por el gobierno argentino. Además Roca hijo suscribió otras obligaciones argentinas que iban desde mantener libres de derecho de importación al carbón y otros productos de la corona y la asignación del 100% de las ganancias comerciales a la compra de manufactura inglesa, hasta el tratamiento especial para el capital británico en la Argentina.

No solo que finalmente no se hizo efectiva la no restricción a la carne argentina, quedando así la posición de privilegio de los hacendados “invernadores” (intermediarios entre los “criadores” y los frigoríficos) sostenida por finos hilos a la buena voluntad de los trusts frigoríficos ingleses, sino que además el 15% que el gobierno nacional debía repartir equitativamente fue dominado por los “invernadotes” propulsores del acuerdo, que nunca entregaron ni un kilo de carne en beneficio del comercio de los “criadores”.

Esta ignominiosa situación de entrega nacional que a su vez conllevaba beneficios para pocos y privaciones para muchos, fue la que estalló en las investigaciones y denuncias del senador Lisandro de la Torre. Entre 1934 y 1936 el debate denominado “de las carnes” centró toda la atención política de la época; las permanentes e incisivas exposiciones de De la Torre en el recinto legislativo, sus ataques a la gestión de Federico Pinedo como Ministro de Hacienda, no inauguraron la lucha por llevar las acciones gubernamentales por los caminos del interés nacional y el respeto por los designios de la Constitución; Hipólito Irigoyen, Leandro Além, Alfredo Palacios, ya venían sosteniendo esa batalla. Lo que quedó grabado como una afrenta en la historia de nuestro país es la manifestación del patoterismo de clase, hijo del clientelismo político, que si antes se mostraba en las calles, en los actos cívicos y en los comités, ahora hacía su entrada triunfal al mismísimo Senado de la Nación. Aunque cabría decir en el propio seno de la Nación.

Los disparos que acabaron con la vida del senador electo por Santa Fe Enzo Bordabehere estaban dirigidos a su correligionario y amigo personal Lisandro de la Torre: el ferviente interpelador de la gestión oficialista. Cuando avanzaba en dirección a Federico Pinedo para retarlo a duelo (el duelo se hizo efectivo con posterioridad, sin lesiones para ninguno) es empujado por el secretario de Agricultura Luís Duhau; trastabilla y va a caer, pero Bordabehere lo sostiene y evita su derrumbe. No así el propio al recibir el balazo de Ramón Valdés Cora, guardaespaldas del justista Antonio Santamarina, quien presidía ¿casualmente? la sesión por ausencia de Roca hijo.

Si como se dijo al principio parece excesivo ver el destino de un hombre resuelto con años de anterioridad, la historia de la pelea por la hegemonía política y económica en nuestro país lleva a intuir como predestinado todo el juego de acción y reacción que empezó en la crisis del 29 y terminó con uno de los más memorables asesinatos en la política de la Argentina.

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Gabriel Rodriguez

Gabriel Rodriguez

Profesión

Gabriel Rodríguez nació en Lomas de Zamora en 1974. Estudió historia en el Joaquín V. González y Ciencias de la Comunicación en la UBA. Publicó un poemario y el libro de historias y microcuentos “Buenos Aires, ciudad de Luces y sombras”. Se desempeñó como educador popular y colaboró en diversos medios alternativos.

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